Última actualización: 21/08/2017, 12:44
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Cultura y ocio

“El regreso es siempre una forma de muerte”

Juan Gómez Bárcena, escritor

Esther Peñas / Madrid- 21/04/2017

Tiene un modo de escribir tan fluido y exacto (si es que se puede hablar de exactitud literaria) que interpela al lector con la caricia del artesano. Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) es una apuesta segura siempre. Cuenta lo que inquieta (el asunto de la identidad, del tiempo y su ciclo, del tiempo como modo esférico sin brecha alguna, lo que no se cuenta y queda en suspenso...) y el modo en que relata seduce (acaricia, prodigio). La última novela ‘Kanada’ (Sexto Piso) nos propone la historia de un superviviente del Holocausto nazi.

 

No es muy común la segunda persona para narrar, convoca más al lector, pero imprime cierta distancia respecto de quien cuenta. ¿Por qué la preferiste a la primera?

 

Escoger la segunda persona no fue una decisión consciente, sino un hallazgo fortuito durante el proceso de escritura. Los capítulos iniciales estaban originalmente escritos en primera persona, pero me preocupaba que la voz sonara un poco falsa. La primera persona siempre implica un yo y una voluntad de contar una historia, y mi protagonista –un ser humano traumado tras su paso por Auschwitz- no tiene muy claro quién es en realidad, y mucho menos puede tener interés en contarnos nada. El uso de la segunda persona resulta mucho más natural para mi personaje: un monólogo desquiciado en el que en todo momento no hace más que interpelarse a sí mismo.

 

La ausencia de nombres propios, la confusión en el empleo de los tiempos verbales del protagonista, la yuxtaposición de lo ocurrido con el presente… estos elementos remiten, de nuevo en tu obra, a un tiempo cíclico, envolvente, del que es imposible escapar, que tanto te interesa. ¿Por qué este asunto es tan recurrente en ti?

 

Es cierto que es una constante en toda mi obra, y resulta tentador –y al mismo tiempo muy difícil- explicar por qué ciertos temas nos obsesionan. Podría aproximar una respuesta apresurada y probablemente simplificadora: me interesan esos temas porque en ellos se fusionan mis tres pasiones: la Historia, la Literatura y la Filosofía. 

 

El protagonista guarda en su morral un par de zapatos, una cuña de queso, cigarrillos, una muda limpia, un trozo de cuerda, una pastilla de jabón y un encendedor. ¿Qué guardaría Gómez Bárcena en un zurrón de supervivencia?

 

Supongo que mi respuesta es tópica, pero también muy sincera: papel y bolígrafo. Mucho mejor que un libro para leer, necesitaría un soporte en el que escribir. La escritura ha sido siempre una constante en mi vida, supongo que porque me permite construir nuevos sentidos allá donde sólo veo azar o caos.

 

En el caso de los prisioneros de los campos de exterminio, ¿es peor el regreso que la muerte?

 

No lo creo. Pero el regreso es siempre una forma de muerte: la muerte de cierta inocencia, de cierta manera ingenua y tranquilizadora de ver el mundo. Sobrevivir a Auschwitz se parece un poco a internarse en la oreja amputada con la que se abre “Terciopelo azul” de David Lynch: una vez hemos mirado dentro, ya nunca podremos contemplar el mundo que nos rodea como un lugar seguro.

 

Regresan, como decía Walter Benjamin con ‘la pobreza de la experiencia’, más pobres en expresión comunicable. ¿El silencio es un refugio?

El silencio puede ser un refugio, pero creo que en mi personaje es una penitencia. Decide someterse a un ayuno progresivo -ayuno de comida, de bebida, de formas de ocio, de palabras- buscando purgar su culpa.

 

¿Nada puede comenzar de nuevo?


Nada puede comenzar de nuevo porque nada termina. Creo que cualquiera que conozca a fondo la Historia no encontrará muchas diferencias a lo largo de las latitudes y los siglos: sólo cambios de acentos e intensidades.

 

Hay una cierta épica en el fracaso (me refiero a Schneider) pero de este tipo de personajes se suele olvidar hasta la justicia poética. ¿Qué te fascinan de ellos?

Me fascina el azar, que es en definitiva el que hace que olvidemos a unos genios y encumbremos incluso más de lo que merecen a otros. Johannes Schneider es el astrónomo más brillante de su época, pero parte de la premisa de que la Tierra está en el centro del Universo: por lo tanto, todas sus geniales investigaciones están condenadas al absurdo. En cierto modo me recuerda a todo el ejército de científicos contratados por el nazismo para sostener su desquiciada visión del mundo.

 

Cuándo, en qué casos, “el fracaso de un teólogo vale más que el triunfo de todos los científicos de la tierra”?

Esta frase pretende recoger la advertencia de Horkheimer y Adorno de que la ciencia no es ni buena ni mala –pues carece de fines propios- sino que sólo es un medio. Algunos filántropos se han servido de la ciencia para lograr fines positivos para la Humanidad, y ciertos dictadores, como Hitler o Stalin, han empleado la ciencia para destruir pueblos o razas.

 

El protagonista es una mezcla de Gregorio Samsa, Bartleby y un anacoreta posmoderno. ¿Qué tiene él de Juan?

Más cosas de las que me gustaría reconocer. La culpa y el sacrificio son conceptos  que tengo muy grabados en mi personalidad. También disfruto mucho de la soledad y el aislamiento, algo casi prohibido en esta sociedad donde la autorrealización parece medirse en la cantidad de personas que conocemos y en el número de experiencias excitantes que publicamos cada día en las redes.

 

Aunque no eres Papa, ¿qué separa la frontera entre el dogma y la herejía?

Creo que lo extremos se tocan, y por lo tanto el dogma llevado a su versión más radical es siempre una forma de herejía. Sucede lo mismo con los conceptos del Bien y del Mal: los nazis no eran seres diabólicos sedientos de sangre, tal y como muchas veces aparecen retratados en la ficción, sino seres humanos que estaban muy convencidos –demasiado convencidos- de conocer el Bien absoluto y los caminos necesarios para alcanzarlo.

 

En los conflictos como el que reflejas (los totalitarismo y sus ejecuciones masivas, más o menos encubiertas), ¿hay inocentes?

 

Me gusta mucho tu pregunta porque, como todas las preguntas cruciales, admite dos contestaciones contradictorias. Una primera respuesta sería: no, la inocencia es imposible; quien no expresa clara y rotundamente su rechazo a un sistema enfermo está contribuyendo a sostener ese sistema, y por tanto es cómplice de sus crímenes. Y una segunda respuesta, a mi juicio más interesante: lo más peligroso de los totalitarismos es que en ellos es muy difícil, de hecho, encontrar verdaderos culpables. La responsabilidad está tan diluida y tan compartimentada en un sistema burocrático e impersonal que podemos escoger vernos como simples trabajadores, por más que nuestro “trabajo” consista, precisamente, en hacer posible un genocidio.

 

¿De qué depende que “un deseo satisfecho pueda ser a su manera un infierno”?


Decía Santa Teresa de Jesús –y Truman Capote se haría eco de sus palabras en el título de uno de sus últimos libros- que “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no tienen respuesta”. El deseo actúa como un horizonte que nos permite avanzar, pero creo que los deseos completamente satisfechos pueden resultar en algún sentido siniestros, tal y como vemos en “Solaris” de Stanislaw Lem.

 

Más de cincuenta años después de la inmundicia moral que sirve de contexto a tu novela, ¿crees que la narración histórica se ha edulcorado? ¿No hay algo obsceno, perverso, en cómo se conserva –museos, campos de concentración, etc.- la memoria?


Sí. Creo que existe una tendencia a presentar a las víctimas como seres angelicales, inmaculados y perfectos; como un colectivo perfectamente cohesionado y filantrópico que se defiende con unánime voluntad contra la opresión. Hoy sabemos que esta visión es un mito: los campos de concentración no sólo lograban destruir físicamente a sus víctimas, sino a menudo destruirlas moralmente, en el sentido de que para sobrevivir estaban obligados a competir entre sí por unos recursos escasos. Por desgracia, en ocasiones el Holocausto es recordado de una manera tan edulcorada que los propios supervivientes no se reconocen. Y ésta es, a mi juicio, la mayor de las perversiones de la memoria histórica: construir un retrato en nombre de las víctimas que no hablen de cómo éstas efectivamente eran, sino de cómo nos habría gustado que fueran.

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