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Cultura y ocio

“No hay ninguna teoría que demuestre una causa biológica de los malestares psíquicos”

Carlos Ledesma, psicoanalista

Esther Peñas / Madrid- 19/05/2017

En la mayoría de los países desarrollados ya no existen los manicomios. Por tanto, cualquier espacio es susceptible de convertirse en uno. Por tanto, cualquiera es susceptible de ser etiquetado como enfermo. Aunque esté sano (suponiendo que existan categorías puras). El psiquiatra Piero Cipriano (1968) relata en ‘El manicomio químico’ (Enclave de Libros) sus experiencias con la psiquiatría química, un territorio en el que los psicofármacos se prescriben con la ligereza con la que uno toma gominolas y se diagnostica a ritmo de fábrica (febrilmente). Carlos Ledesma, psicoanalista, psicólogo y filósofo, autor de la introducción al texto, nos explica algunas cuestiones del libro.

 

¿Qué quiere decir que alguien, como hace Cipriano, se considere un “psiquiatra recalcitrante”?


En el libro, lo que hace Cipriano es contar su experiencia como psiquiatra y relatar cómo los propios psiquiatras caen en la trampa de las farmacéuticas, adoptando sus postulados de ética dudosa. Cipriano defiende que hay que escuchar a los pacientes en lugar de drogarlos. A eso se refiere.

 

¿Por qué nos drogan (dígase medican, si procede) por defecto? ¿Por qué de un tiempo a esta parte estados anímicos inherentes al ser humano (tristeza, melancolía, etc.) tratan de ‘curarse’ con fármacos?

Todo el fenómeno farmacológico de la medicina dedicada a la neurología explotó –o empezó a explotar- a final de la Segunda Guerra Mundial, aunque ya se había experimentaba a partir de XIX. A día de hoy sigue habiendo un gran desconocimiento sobre el sufrimiento psíquico del sujeto, no se sabe por qué pasamos de un estado depresivo a uno eufórico, por qué un sujeto tiene miedo a salir a la calle, por qué un sujeto tiene pensamientos o ideas delirantes… no hay ninguna teoría que demuestre una causa biológica de los malestares psíquicos. Sí se encuentran alteraciones en el cerebro, pero no se puede determinar la causa de esos síntomas, ni la consecuencia. A partir de la Segunda Guerra Mundial se comienza a investigar de manera masiva sobre medicamentos para episodios graves, como psicosis o esquizofrenia, y se emplean sobre todo en la industria militar, para los soldados y los combatientes. Poco a poco se extiende a la población en general. De hecho, hoy se suministran fármacos como el ‘Ritalín’, para los niños.

 

Fármacos que son anfetaminas…


Exacto. Fármacos para niños que supuestamente tienen trastornos de atención e hiperactividad. Un niño puede pasar por un periodo de distracción muy grande, y hay cientos de motivos por los cuales un niño no presta atención a lo que tiene al lado. Pero hoy, automáticamente el psicólogo, o el pediatra, o el profesor, diagnostican ‘déficit de atención’. Lo mismo ocurre si ese niño es muy tímido, pasando por alto que hay muchos grados de cualquier síntoma, y que la timidez es indispensable.

 

¿Por qué es indispensable?

Porque sin algo de timidez, seríamos sujetos que avasalla. Pero si un niño es tímido, no participa en los juegos, es un tanto retraído, se le califica de antisocial y lo diagnostican, automáticamente. Te pongo el ejemplo de los niños porque es el más interesante de pensar. Los padres muchas veces buscan las causas de por qué no estudia, por qué no aprueba, etc., en vez de pensar qué está sucediendo en la familia. Es más fácil que el médico le diga a la familia que el hijo no es bueno con las matemáticas porque tiene un déficit de atención, nos quedamos más tranquilos. Hay una complicidad, más o menos inconsciente de culpar al sujeto. De esto también habla el libro de Cipriano, porque sucede lo mismo en los adultos. La familia culpa de un modo u otro al que delira, es una manera de excluirlo. En el libro, Cipriano no se detiene en las cuestiones familiares, porque lo que refleja es su experiencia dentro de las instituciones, pero sí insinúa algunas cuestiones de las que te estoy hablando. Para él, con lo que estoy totalmente de acuerdo, es bueno pensar que una persona que manifiesta un problema psíquico o anímico lo que manifiesta es un síntoma, no una enfermedad. Pensándolo de ese modo, uno escucha el síntoma del paciente. Imagina una adolescente, aunque este ejemplo también se da en chicos, que pasa por un periodo en el que no come. Rápidamente la diagnostican de anorexia o bulimia y la medican con antidepresivos o ansiolíticos. Pero se puede pesar que el rechazo a la comida es un síntoma, un emergente de otra problemática que se pone en la comida. Un problema neurológico. Hay investigaciones que buscan el gen de la anorexia. Tal vez lo encuentren, pero dudo de que se pueda demostrar que genéticamente haya algo que determine una problemática psíquica.

 

Por favor, explíqueme qué es un emergente…


Digamos que un síntoma, aunque es algo más complejo.

 

Resulta sospechoso que se medique con los mismos principios activos síntomas dispares…


Hay fundamentalmente cuatro tipos de fármacos psíquicos, no muchos más, y un montón de variantes: ansiolíticos, antidepresivos, antipsicóticos y anticonvulsivos. Después están las marcas. Imagínate a un adulto que ha perdido a un ser querido, y que sufre tristeza, depresión, etc.; otra persona, con una historia y cultura diferente, que  haya perdido el empleo y que presente esos mismos síntomas, y a un tercero que, por los motivos que sean, ha tenido que marcharse del país, y que presenta el mismo cuadro sintomático. Apatía, tristeza, melancolía. La psiquiatría las medica con los mismos fármacos, pero no todas las tristezas son iguales y ni todas las tristezas requieren un mismo periodo de duelo.

 

¿Podríamos decir que el exceso de prescripción farmacológica tiene que ver con el capitalismo?

Sin duda, sobre todo con la presión de las industrias farmacológicas. Piensa en la moda (porque hay modas incluso en los diagnósticos) de comer sin gluten. Es cierto que hay quienes tienen una intolerancia física al gluten, pero es que hay quienes sin tener esa intolerancia comen productos sin gluten. Hay toda una industria alimenticia detrás. Por un lado, la parte mercantil del asunto, vender cosas, para lo que se usa la publicidad. Por otro, el que los sujetos necesitamos un punto de identidad. Alguien que se apropia de una etiqueta (soy celíaco, soy bipolar, etc.) adquiere una identidad. Desde la antigüedad, todo lo que tenga que ver con una alteración psíquica genera rechazo, porque nos compromete. Si tienes un familiar con problemas psíquicos, la industria farmacológica está encantada porque vende sus fármacos, aquí tienes un componente mercantil, y, además, se permite a los sujetos resolver rápidamente el problema adquiriendo, además,  una identidad. Por supuesto que el problema no se resuelve. Pero lo parece. Para una madre es más fácil acatar lo que dice el psiquiatra de que su hijo es hiperactivo, darlo una pastilla pensando que lo va a curar, en vez de ella preocuparse en analizar qué está pasando en nuestra relación familiar. Las enfermedades anímicas, son de alguna manera como la física cuántica, no se puede buscar una causa última de por qué una partícula se mueve hacia un sitio o hacia otro, hay múltiples causas que, a su vez, se determinan las unas a las otras. En nuestra sociedad lo que siempre se busca es la causa de. Pero la causa de se resuelve (en falso) con un diagnóstico.

 

Pensando es esa búsqueda de identidad que mencionaba antes, ¿es posible pensar que el sujeto tiene parte de responsabilidad en este exceso farmacológico?


En algunos casos, es el mismo paciente sin saber el que se diagnostica. Acude primero al médico de cabecera para explicarle su supuesta depresión, simplemente porque está apático o encuentra dificultad para hacer las cosas cotidianas. El médico le devuelve el diagnóstico: “usted lo que tiene es que está deprimido”. El médico le confirma, y le deriva al psiquiatra, que le medica. En este caso el mismo sujeto el que va buscando su identidad. Hay quien se escuda en un diagnóstico para evitar el compromiso, esa es parte más peliaguda del asunto, lo que se llama en medicina “el beneficio secundario de la enfermedad”. En todo malestar en algún punto hay un beneficio; si estoy deprimida y no me levanto no tengo que enfrentarme a una serie de cosas, familiares, sociales, sentimentales… Desde hace unos quince años, la fibromialgia es un diagnóstico cada vez más común. Seguro que conoces a alguien que ‘la tiene’. Está muy de moda, lo digo con todo respeto. Se trata de dolores físicos en lo que no se explica la causa somática, pero la persona tiene el dolor, le duele, no miente. Menos mal que hay fármacos para la fibromialgia. Curiosamente, los mismos que para la depresión y la ansiedad, ansiolíticos y antidepresivos, además de relajantes musculares. Pero pone en el prospecto que son específicos para fibromialgia. Con este diagnóstico, el sujeto deja de atender sus responsabilidades, el médico corrobora, el laboratorio vende y el paciente obtiene ese beneficio secundario, a pesar de que va en detrimento de su propia vida. En el sujeto, claro, esto se produce de manera inconsciente.

 

¿Por qué impera la terapia conductista y apenas, sobre todo en la Seguridad Social, se promueven otras terapia, como la dinámica?


Lo que se hizo a partir del siglo XIX, siendo Freud el principal ejemplo pero no el único, es recuperar la tradición de la Grecia clásica de prestar atención a la palabra. Fíjate: ‘pharmakon’, en griego, puede significar tanto lo que enferma como lo que cura. Para nosotros, un fármaco es sólo aquello que cura. Olvidamos que lo que más nos enferma es la palabra. Si a un niño pequeño le dicen que no tiene aptitudes para hacer deporte, el niño lo escucha y la madre lo consiente, a ese niño lo están condenando. Después hará un trabajo para despegarse de esa frase, pero la hará daño. Los griegos lo tenían claro. Hay un libro muy interesante de Laín Entralgo que habla sobre esto, ‘La curación por la palabra en la época clásica’.

 

Tiene otro fabuloso, sobre la esperanza. Un gran pensador, además de académico.

Era un tipo erudito y maravilloso. Reflexiona sobre el método hipocrático. Ten en cuenta que en el XIX, y son casi todos alemanes, se recupera esa tradición griega del uso de la palabra. Me preguntabas cómo es posible que esta practica  se haya desterrado, o sea secundaria, no sólo en España, sino en Estados Unidos, en la Unión Soviética, donde hubo una escuela importante, incluso en Latinoamérica. Todo lo que tuviera que ver con lo psíquico, con el alma, queda camuflado en las terapias conductistas. Hay un  fisiólogo maravilloso, Paulov, que descubrió la famoso historia del reflejo condicionado, el perrito que saliva. Pero él mismo advirtió de que esto era algo que no se podía extrapolar, que no se puede extrapolar lo que sucede en un animal a un humano, porque en el humano media la palabra. Pero nadie escuchó su advertencia, todos se quedaron fascinados con el reflejo condiciona, es decir, con el conductismo. La otra parte, la palabra, se retomó en centro Europa, Viana y Austria. Pero en el resto del mundo se impuso lo fenomenológico, lo observable. Todas las disciplinas que pretenden ser científicas, siempre se centran en lo observable, en lo que se ve, pero la medicina que se dedica a lo psíquico no puede hacer eso, tiene que tratar de buscar un origen. Por desgracia, triunfó el conductismo. Y se aceptó. Es como esa famosa frase que nos han vendido de que una imagen vale más que mil palabras… es una gran mentira, pero es lo que quedó, y es lo que se cree.

 

Borges contraatacó afirmando que “una metáfora vale más que mil imágenes”…


Maravilloso… Ahora acaba de fallecer en Argentina alguien, del que se habla también en el libro, que para mí es un maestro, Juan Carlos de Brasi, que trabajó con distintos grupos, estimulaba la participación entre estudiantes, avivó experiencias de radio, como la ‘Colifata’ (canal de radio que, desde hace más de quince años, dirigen pacientes de un psiquiátrico). Él hablaba no de terapia sino de grupos de trabajo o reflexión, para quitar la connotación negativa de enfermo, y trabajaba con el arte, la música, la poesía, la pintura… con todo lo que tenga que ver con la expresión, y en donde siempre estaba en juego la palabra. Y los resultados son muy interesantes. Pero “hemos aceptado” que lo  que prevalece es la imagen… El problema de la anorexia o de la obesidad, por ejemplo, es un claro asunto de un problema con el cuerpo, un síntoma, ambos (anorexia y obesidad) intentan hacer desaparecer el cuerpo (también la obesidad, aunque parezca lo contrario), son sintomáticas, no son enfermedades, nos indican que hay dificultad con la palabra. El conductismo, castiga si se come de más o castiga si no se come. Está ya recogido en el último manual psiquiátrico, DSM-5 (el diccionario psiquiátrica por excelencia). En sentido estricto, no hay nadie que escape a alguna categoría del manual. Todo es síntoma. Incluso la corrupción de la que tanto se habla. Desde fuera es fácil decir que alguien es un corrupto, que tal o cual persona es un delincuente, pero no es él el problema, es un síntoma del sistema. Por supuesto que hay que juzgarlo, pero el análisis tiene que ser mucho más amplio. ¿Conoces a Pichón Riviere?

 

Sí, algo he leído algo de su teoría del vínculo y del grupo operativo…


Siempre es un emergente, el político corrupto es un emergente. Pichón Riviere diría que el sujeto que enferma es un portavoz de un problema sistémico de un grupo familiar, de una constelación familiar y, en este otro ámbito, un emergente social; todos somos enfermos sociales, no hay enfermos individuales; el ‘loco’, en este caso el corrupto, es el portavoz de algo que no anda, en términos médicos sistémicos el emergente. Como cuando se calienta el motor del coche y se enciende un pilotito. La ciencias médicas positivistas o el conductismo no lo miran como un síntoma sino como una enfermedad, confunden el síntoma perversamente con la enfermedad. Combato el síntoma y me creo que lo que lo causa también desaparece. Si un niño tiene fiebre, le daré un antipirético, pero tendré que buscar cuál es el origen de la fiebre, si le está saliendo un diente o lo que sea. La fiebre es un mecanismo de defensa. Pero todos tenemos prisa, estamos un poquito gordos y queremos estar como atleta en un par de meses, luego abandonamos el gimnasio, queremos un título universitario y lo compramos, todo tiene que ser muy rápido. Heidegger ya lo dijo, no hay tiempo sin ser ni ser sin tiempo, esto ya lo decían los griegos, y en nuestra sociedad no hay tiempo, no existe, tiene que ser todo inmediato.

 

Incluso en el amor…

En el amor pasa lo mismo, “me enamoré”. Escuchas tantas veces esta frase… y enamorarse es un trabajo, lleva tiempo, pero no queremos dedicárselo… si el otro no responde a todo lo que yo quiero no me sirve, lo dejo, me busco otra cosa. La clave, el asunto, es el tiempo, no hay paciencia para escuchar a la gente, queremos dar y que nos den un diagnóstico rápido, una identidad. La clave es el tiempo, Esther, el tiempo. La sociedad funciona así, te ofrecen todo gracias a la publicidad, te prometen la felicidad inmediata, la publicidad es un bazar de felicidad. Todo esto, en esta sociedad extraña, con unos parámetros económicos muy particulares, lo anímico es un problema que hay que resolverlo cuanto antes.

 

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