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Vida asociativa

La discapacidad como apoyo social

Cristina Silván / Madrid- 28/07/2017

Cuentan que la vida da muchas vueltas, a veces volteretas, e incluso saltos mortales con tirabuzón invertido. Movimientos que nos desubican, nos expulsan de forma abrupta de nuestra zona de conforto, y nos exponen a escenarios desconocidos en los que nuestras herramientas y recursos habituales se vuelven inservibles, precisando entonces de nuevos aprendizajes, desarrollo de inéditas competencias y superación de miedos y emociones adversas.


Así actúa la discapacidad sobrevenida. En un solo movimiento nuestro mundo se transforma, la vida deja de ser tal y como la conocíamos hasta ese justo momento, suscitando incomprensión e indefensión, afectando a nuestros cimientos más primigenios.


Han transcurrido ya casi veinte años dedicados a observar esos bruscos movimientos que truncan vidas, viendo cómo personas de todas condiciones, edades o poblaciones han de lidiar con sus nuevos contextos, y la gran lección, refiriendo sus propios términos es: “Nunca se supera, tan solo puedes aprender a vivir con tu discapacidad”.

 

Y es ése realmente el proceso que acontece, obviamente en forma y ritmo diferenciado según el individuo, a través de vías y estrategias distintas, sustentándose en motivaciones específicas y personales; el ser humano se readapta a sus nuevas circunstancias, emprende un estudio adaptado al entorno y a sus capacidades, y aprende a vivir con su discapacidad.


Y, por esas vueltas de la vida, hoy me toca ser protagonista de esas sacudidas violentas y desestabilizadoras. Un cáncer de mama ha amputado parte de mi femineidad, haciendo que mi cuerpo resulte ajeno y extraño. Ha descolocado mis hábitos, mis rutinas y mis “formas de vida”. Ha debilitado mi energía.


Sin embargo, y a pesar de ello, tomo conciencia de mi suerte. Mi proceso es mucho más sencillo, más fácil, más sereno. Cuento con todas las herramientas que me ha proporcionado el trabajo diario con personas con discapacidad. Cuento con sus experiencias, el valor de sus caídas, la valentía de sus luchas y la identificación clara y nítida de aquellos elementos que me pueden ayudar.


En su conjunto, todo dibuja para mí una esfera de “normalización”. Mi golpe no es tan duro, porque gracias a ellos sé que tan sólo tengo que reaprender, sencillamente he de reajustar variables para que el puzle vuelva a encajar.


Desde esa perspectiva evidencio la necesidad y conveniencia de “visualizar” la discapacidad, de abrirla espacio en todos nuestros ámbitos, laborales, sociales, educativos… porque tan sólo las personas con discapacidad pueden regalarnos aportaciones de tal valía.


Romper prejuicios, abrir puertas, compartir vivencias, empatizar circunstancias vitales. ¿Qué más tiene que demostrar alguien que ha sido capaz de reconstruirse a sí mismo? ¿Qué dudas pueden quedar sobre su valía y sus capacidades?


La conclusión resulta obvia. La normalización y visualización de la discapacidad se configura como elemento ejemplarizante de superación y adaptación, reportando para el resto apoyo, aprendizaje y experiencia.


Las vueltas que da la vida son imprevisibles y azarosas. Poder contar con la experiencia de quien ya las ha rodado es un regalo sublime.

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