El nuestro es un país rico en humoristas, baste mencionar, Quevedo aparte, a Mihura, Jardiel Poncela, Fernández Flórez, pero también a Camba y Mendoza. Por eso sospecho que el español es un lector predispuesto a sentir querencia por el humor. Y por eso me tomo la licencia de recomendar un delicioso título, muy victoriano, eso sí: ‘Diario de un don nadie’ (Nórdica libros), de George y Weedon Grossmith (escrito por el primero e ilustrado por el segundo).
Es, como ya se anticipa, un compendio de las vicisitudes de un cualquiera, pero un cualquiera con retranca e ingenioso. El señor Charles Pooter tiene a bien confiarnos sus intimidades, compartirnos sus impresiones, inquietudes y observaciones para solazarnos. Claro que no está solo. Acampan en ellas su recatada esposa, Carrie, su desvergonzado hijo, Lupin, y sus dos peculiares amigos, el Sr. Cummings y el Sr. Gowing.
El diario comienza a pespuntarse tras instalarse en Los Laureles, en Brickfield Terrace, Holloway, un lugar en el que Charles no termina de encajar. Así, toda una suerte de peripecias le descolocarán por completo, para regocijo del lector (esa invitación al baile del alcalde, que toma por un singular honor y que le enorgullece hasta el punto de comunicárselo a sus allegados, para sorprenderse en ella de que todos los habitantes están congregados allí, sin distinción alguna; ese intento de mantener la dignidad y compostura echadas al traste por una ridícula caída; esa convidada a casa de su amigo ausente; esa desfachatez de que el carbonero exija su ayuda...)
Si el pequeño microcosmos burgués del señor Pooter es puesto en jaque por el infortunio (baste recordar la escena en la que él, un ser tremendamente puntual, llega tarde por la concatenación de sucesos justo el día en que el su director pasa revista) se tambaleará definitivamente tras la llegada de su hijo Lupin, un fresco divertido que se enamora de la mujer equivocada –a juicio, por supuesto, de su padre- y que termina casándose con un amigo bohemio sin que sea obstáculo para establecer entre ellos una sorprendente camaradería.
El libro es ágil, divertido, sin propiciar la carcajada jardielesca pero con un sutil humor que revolotea en cada página. Un don nadie o no, el señor Pooter dejará una divertida sonrisa en sus lectores. Al fin y al cabo, como él mismo escribe: “¿Por qué no habría de publicar mi diario? A menudo he visto memorias de personas de las que nunca había oído hablar, y no acierto a comprender —por la mera razón de que yo no sea ‘alguien’— por qué mi diario no habría de ser interesante. Solo lamento no haberlo comenzado cuando era joven”.
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