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Solidaridad Digital. El diario de la discapacidad
Última actualización: 17/05/2013, 14:31
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Cultura y ocio

“La belleza es una actitud”

Walter Riso, psicólogo

Esther Peñas. Fotos: Javier Lorente / Madrid- 28/03/2012

Parece ser que nos queremos poco. Y mal. Por eso el psicólogo Walter Riso (Nápoles, 1951) nos propone algunos consejos para insuflar la autoestima hasta conseguir niveles óptimos en su último libro, ‘Enamórate de ti’ (Planeta/Zenith), narcisismos aparte. Experiencia a nuestro protagonista no le falta: treinta años de consultas le han permitido tener una visión más o menos meridiana de la manera de caminar por la vida del hombre.

 

El humor, indispensable para todo, ¿dónde se adquiere?
No se puede adquirir, no puedes hacer un curso, no se aprende; cuando explicas el chista deja de serlo. El humor forma parte de una tradición, de la genética social, quizás biológica. Una persona tiene humor desde que es chiquita y se ríe de cosas que a otros no les hace nada de gracia, encuentra la paradoja donde otros no, es capaz de sacarle jugo a la contradicción, el humor es la entrada del amor y no hay otra forma... es un regalo.

 

¿Si te nace sin humor uno está perdido?
Como Mr. Spock de ‘Viaje a la estrellas’.

 

Es curioso, hay quien no tiene humor, lo cual es divertidísimo...
Hay gente que no tiene humor, es verdad. Alguna vez, a lo largo de mis treinta años de experiencia, he tratado de desarrollar humor en quienes no lo tienen, pero es imposible. Yo soy un tipo con humor, inculcado por mis papás. Argentina, donde me crié, es el país que más revistas de humor tiene en el mundo, y mis libros están teñidos de humor negro. Estoy convencido de que la más grave enfermedad mental es tomarse a sí mismo muy en serio; resulta absolutamente insoportable una persona que se sienta importante. La clave de la salud mental es tomarse el pelo a sí mismo.

 

Dedica el libro a sus padres, ¿qué peso tienen los progenitores en la autoestima?
Muchísimo, Freud dijo que sí, después le dijeron que no, pero en eso tenía razón: los cinco primeros años son determinantes, el tono afectivo en el que desarrollas tu vida tienen que ver mucho con cuánto te valoras. La autoestima no es sino cuánto crees tú que vales, cuánto merezco de lo bueno. Si creces en un medio que te hace sentir que eres inútil, no capaz, vas a armar una teoría de ti mismo y te lo creerás, actuando conforme a ella. La autoestima se aprende en un porcentaje, nacemos con una buena dosis de autoestima, perseverar en el ser, mantener la vida; después, la puedes incrementar o bajar en función de lo que hagan tus padres. Habría que hacer campañas de prevención, no sólo contra el SIDA o el tabaquismo, sino contra la baja autoestima porque lleva a la depresión, a una vida infeliz.

 

¿La clave en ese adagio de San Agustín ‘conócete, acéptate, supérate’?
Le falta un pedazo: ámate. Esa dimensión de amor no es cognitiva sino afectiva. Amarse a uno con entusiasmo, que etimológicamente significa sentir la fuerza de Dios en el pecho.

 

Un momento de crisis global como el que atravesamos, ¿es un acicate para reequilibrarnos?
Es una oportunidad. La autoestima tiene varios pilares, uno de los más importante es la autoeficacia, la capacidad para decir ‘soy capaz’, es decir, generas expectativas de éxito frente a la meta, no te dejas vencer por los obstáculos, perseveras... en las crisis descubrimos nuestras auténticas potencialidades, en una situación límite descubrimos de qué somos capaces, que somos más fuertes, no nos damos por vencidos tan fácilmente; esa perseverancia vital sólo la puede sacer a flote en situaciones límite. 

 

¿Son más vulnerables a la falta de autoestima las mujeres o los hombres?
Como dato global, los hombres tienen más autoestiman que las mujeres; si la divides en sus componentes, empatan, lo que aumenta todo en favor de los hombres es la autoimagen. La mujer es más crítica que el hombre, no se siente tan bien consigo misma. El hombre es más permisivo con su propio cuerpo que la mujer. En cambio, cuando el hombre se evalúa éticamente sale peor parado que la mujer.

 

¿Por la dictadura de la belleza?
Por la adicción a la belleza. Hoy en día te puedes cambiar la nariz, los glúteos, el pechos... hay una adicción posmoderna a la belleza, incluso tenemos estilistas o expertos en estética, lo cual es estúpido: prefiero vivir de mi propia estética. La belleza es una actitud. Somos todos feos o normales, los Bratt Pitt y Angelina Jolie, ¿dónde están? ¿Acaso los ves a diario por la calle?

 

¿Es hermosa la discapacidad?
Qué pregunta tan difícil... no puedo responderla.

 

El lenguaje , tal y como usted explica, puede ser un aliado o un castigador, según cómo lo empleemos, en ejemplo como ‘Soy torpe’ o ‘me he comportado de manera torpe’, que implica un matiz muy importante...
Que no nos enseñen esa diferencia es absurdo. El lenguaje deja sustrato en el cerebro y en lo social, el contenido del lenguaje es social, nos enseñan a señalar, a evaluar y a autoevaluarnos, el rótulo que nos asignemos puede ser una lápida que te cuelgas, soy un inútil, por ejemplo, o puede que te enseñen a tratarte bien a ti mismo, con un lenguaje respetuoso. Por eso prefiero al antihéroe, al tipo que trata de huir, que evita su destino, que se escapa.

 

Asimismo existe un temor a mostrarse tal y como uno es realmente, los otros nos cohíben, ¿cuántas cosas hacemos por nosotros mismos y cuántas por las exigencias de los demás?
Nos educan con la idea que los demás son más importantes que tú. ¿Qué pasaría si empezamos a pensar que los demás son tan importantes como tú? ¿No es un giro medio copernicano? Es aquello de ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Dónde queda el punto de partida? En uno mismo.

 

¿Es frágil la zona limítrofe que separa la autoestima del narcisismo?
Para mí no es difícil, alguien narcisista tienes tres egos: es ególatra (se rinde pleitesía, se considera especial), es egocéntrico (sólo se escucha a sí mismo) y es egoísta (quiere todo para sí). Por dejar fuera esos tres egos, también apartamos la autoestima, ignorando que cuanto mejor nos queramos, mejor podremos querer al prójimo. Si cultivo el amor propio no me rodeo de cosas que me lastimen, escogeré a una pareja digna de mi: te quiero y me quiero, nos queremos, no puedo amar si no me quiero, porque si no, cuando me ames, pensaré y sentiré que no soy merecedor...

 

Una de las ideas que circundan el libro es el inmovilismo o el rechazo al cambio. ¿Por miedo, por pereza, por cerrazón?
Por un principio que llamamos ‘economía cognitiva’. Cuando algo entra en nuestra base de datos de la mente lo defendemos, sea bueno o malo. En el banco de genes entran las cosas para adaptarse al medio, nos sirve para la supervivencia. Pero lo que aprendes de chiquita lo guardas y tu mente cree que si está en ella es que es bueno; además, procura un menor gasto para el sistema confirmar que desconfirmar. Lo deseable es que la mente no sea dogmática ni inflexible, una mente sana quiere descubrir, explorar, porque el día que pierda el asombro o la capacidad de sorpresa será que está medio muerto. El conservadurismo mental lleva al fundamentalismo, aunque el cambio implique esfuerzo.

 

¿Qué es lo último ha que causado sorpresa y asombro en Walter Riso?
Unos raviolis de cangrejo que comí en Nápoles, en el puerto, resultaron una experiencia mística. Y otra, más cursi, los ojos de mi hija cuando me dijo ‘me enamoré’, hace un año. ‘Papi, estoy enamorada’... me impactó tanto...

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