Es extraño que a un historiador le interese tanto la ficción. Magín y realidad son ámbitos, en principio, equidistantes. O no tanto. Justo Serna es un aventurero que, a partir de la narrativa, concluye en lo social. Su última publicación, ‘la imaginación histórica’ (Fundación José Manuel Lara) ha merecido el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos. En esta obra analiza el proceso de creación y la influencia en sus libros de las respectivas experiencias vitales a través de cinco autores: Eduardo Mendoza, Luis Landero, Arturo Pérez-reverte, Antonio Muñoz Molina y Javier Cercas.
¿Dónde situaría usted el punto en que una historia trasciende lo local, lo personal, y se convierte en universal?
No hay una novela local y otra universal, hay buenas y malas narraciones; toda novela cuenta hecho menores. Si está bien consumada, bien realizada, termina adquiriendo una dimensión universal. Nos lo enseñó Vargas Llosa hace muchos años. ¿Qué es si no Madame Bovary? La historia, en principio, de una dama de provincias. Algo local pero finalmente universal gracias al arte narrativo de Flaubert. Y estos cinco novelistas que analizo utilizan el arte narrativo para convertirlo en algo universal.
¿De qué manera pueden -si es que pueden- repercutir las novelas en la sociedad?
No sé si las ficciones o las novelas... Al principio del libro lo especifico: queremos contar historias y necesitamos escucharlas, por necesidad o verbosidad. En el fondo, hay necesidad de que el esquema ficticio nos sirva para interpretar, para entender lo que nos sucede, lo cual es paradójico, lo normal sería que, a través de la verdad de los hechos, y a partir del respeto fiel a lo ocurrido, entendiéramos lo que nos pasa. Pero, claro, la ficción aporta sentido, la narración sirve para entender aquello que acontece. ¿Hasta qué punto la novela puede ser un género eficaz? Ésa es la gran cuestión. Hace unos años, Eduardo Mendoza hablaba de la muerte de la novela como género; exageraba, de hecho, ha seguido dedicándose al género.
¿Las novelas universales son, han de ser pedagógicas?
Siempre y cuando no sean esforzada o pesadamente pedagógicas, es decir, siempre que no hagan explícito el acto de enseñarnos moralmente aquello que se quiera contar, sí. Desde ese punto de vista, pueden ser edificantes todos los relatos que, desde la antigüedad hasta ahora, han consumado el acto de narrar, pero si la enseñanza es muy explícita eso afecta a la verosimilitud de lo narrado y, por tanto, produce rechazo en el lector.
Recuerda en uno de los capítulos las palabras de Pavese a propósito de que “la literatura es un defensa contra las ofensas de la vida”. ¿Por qué hay tan pocas novelas que sean luminosas, es decir, que canten o que recreen la parte no en penumbra de la vida?
Si hiciéramos una inspección o reflexión veríamos como no necesariamente es así; hay muchas novelas que tienen humor, guasa, esos elementos de broma podríamos decir que son una recreación de la felicidad y provocan felicidad. El humor es una defensa contra las ofensas de la vida y, por tanto, una manera de evitar el daño que nos inflige la existencia porque vivimos infelices, creemos que no tenemos lo que debemos y, por tanto, con la narración podemos cotillear en las vidas ajenas y salir airosos o indemnes de las experiencias desastrosas que otros viven y nosotros vemos con superioridad o suficiencia.
Mendoza es el más notorio en cuanto a humor se refiere, al menos de los cinco autores que usted analiza. ¿Sigue existiendo esa sospecha de que el humor es una lente que contempla el mundo de un modo frívolo?
Si existe, desde luego es un error; la historia literaria nos demuestra cómo se puede diseccionar la realidad a través del humor, por ejemplo en el Lazarillo o el Quijote, que tienen un elemento trágico, por supuesto, pero el humor no es, a priori, inferior a nada. Me admiran aquellos escritores que son capaces de contarnos algo y hacernos a la vez más felices y, además, obligándonos a pensar. La sátira, la paradoja, el humor, en definitiva, son elementos salvíficos.
Un pueblo prudente sabe qué conservar y que reformar, decía Ganivet. ¿Nos merecemos los escritores más vendidos del país? ¿Cómo es posible que uno se acerque a la Feria del Libro y la pseudoliteratura tenga más acólitos que Ana María Matute, pongo por caso?
¿Cómo se puede leer algo inútil, inservible cuando hay tantos grandes autores o grandes obras? Es algo que resulta un enigma de historia cultural; vaya por delante que el hecho de que una obra sea muy vendida o un escritor tenga muchos lectores no lo hacen peor, por supuesto, pero me pregunto sobre el éxito de la pseudoliteratura, tan poco exigente, y sólo puedo entenderlo pensando que es parte de la educación; porque aprender a leer es aprender a soportar y disfrutar los tiempos muertos. Las cosas en las novelas no pasan necesariamente de forma vertiginosa y quizás el público se ha acostumbrado a eso, a la rapidez, y a que ocurran muchas cosas. Algunos grandes novelistas cuentan pocas cosas, estoy pensado, por ejemplo, en un Thomas Mann, pero el modo en que escribe le ayudan a uno a pensar.
A propósito de los e-reader, ¿engullirán al papel?
No lo creo. Yo he llegado tarde a los e-reader, pero son fantásticos. Estoy leyendo ahora con el e-reader ‘Doctor Faustus’ y es una maravilla porque el peso del original en papel es abrumador y, por tanto, disuasorio de llevarlo encima. Este verano me leeré de nuevo ‘La noche de los tiempos’, de Muñoz Molina, con esa misma suerte, la de no tener que cargar con el peso del libro físico.
Partiendo del axioma de que uno no sale indemne de un libro leído, ¿hay alguno que lo haya devastado?
... Seguramente muchas de las novelas que trato en este ensaño podrían tener esa vertiente; destaco dos, ‘Juegos de la edad tardía’, que me cambió la vida en un determinado momento vital, en el que uno siente que vive en la ficción, que está haciendo cosas que no debe, se plantea cosas incorrectas... y eso, entre muchas otras cosas, es lo que aparece en esta novela; también otro texto me cambió, ‘El jinete polaco’, de Muñoz Molina, a quien llegué por insistencia de mi padre, con quien no compartía aficiones literarias. Con esta novela entendía a la perfección cómo una ficción puede servir al lector para solventar muchos asuntos estrictamente personales.
Este ensayo recoge cinco autores. Podían haber sido otros, ya lo explica en el prefacio pero, ¿a qué cinco grandes mujeres escogería para investigar esta misma vertiente?
Este libro trata de autores varones que se valen de narradores varones. Es el punto de vista masculino sobre la realidad, sobre el pasado, sobre la violencia y sobre la vida. Me pide el nombre de algunas autoras. Así, a bote pronto, yo destacaría a Carmen Laforet, Ana María Matute, Almudena Grandes. Y a la italiana Dacia Maraini. Por ejemplo.