Sí, escritoras. Plural, a pesar del número (uno) que implica, en apariencia, el nombre. Porque el nombre es, en realidad, un pseudónimo, Amy Lab, detrás del cual aparecen dos talentosas escritoras, María Cereijo y Ana Alejandro, que surten a su primera novela, ‘Nunca digas nunca’ (Alfaguara), de una lente a través de la cual el lector -no importa su edad- se adentra en esa ciénaga emocional llamada adolescencia. Atención: abrir la primera página del libro provoca unas irresistibles ganas de seguir leyendo.
Antes de nada, ¿de dónde viene el pseudónimo?
Ana: Publicar una novela con dos nombres resulta un poco raro y comercialmente no tiene mucho tirón. Es algo que habíamos comentado incluso antes de dársela a la editorial. Lab viene de laboratorio, fue propuesta de Alfaguara, por aquello de ‘laboratorio de ideas’ o ‘laboratorio de creación’, buscando un nombre un poco corporativo, y Amy... teníamos tantos pseudónimos María y yo que sólo coincidíamos en el ‘y a mí...’, así que le dimos un toque de glamour y se quedó como Amy, que tiene nuestras dos iniciales.
Si hubiera dependido de vosotras, ¿qué pseudónimo hubierais utilizado?
María: Jack Kipling. Pero en la editorial nos dijeron que se podría confundir con el narrador, y que comercialmente no funcionaba que fuera tan real.
¿No se hace extraño firmar un libro, el primer libro, con un nombre oculto?
Ana: no, en mi caso lo he preferido, por mantener el anonimato. Tenía terror ante la posible foto de la portadilla. Por otro lado es algo interesante, sobre todo porque es un pseudónimo abierto, no hay secreto alguno detrás.
María: yo también estoy cómoda, curiosamente.
En vuestros primeros encuentros con los lectores, ¿se sorprendían de ver a dos mujeres?
María: no, pero pensaban que el libro lo había escrito una autora extranjera. La sorpresa la causábamos al contestar a los twitt, ya que ahí se refleja que Amy Lab somos dos.
Samuel, Guille, Quique, Phoebe, Marcos, Jesús, Sandra, Lucía... ¿por qué personaje sentís una especial querencia?
Ana: Marcos es mi favorito. Me gusta muchísimo porque en él el estereotipo de chico guapo se cae; parece un tipo sin dos dedos de frente, frívolo, y resulta un sentimental, un romántico. Pero Lucía también me gusta mucho, con todo lo que conlleva...
María: Yo me quedo con Samuel. Me gusta el hecho de que sea un ser herido, que se preocupa a su manera por la gente que le rodea; me gusta que sea un tipo duro porque se pone una coraza pero empatiza muy bien con quien se acerca a él. Y es vulnerable. Me gusta como secundario mucho Quique, me parece el típico secundario resultón, friki, pero entrañable. Esa idea de tipo brillante un poco desastre...
No sé si habéis recibido algún tipo de retroalimentación al respecto pero da la sensación de que es un libro más para chicas que para muchachos...
María: Sí, sin duda, es más para chicas, se habla más de sentimientos y de amor; además, está escrito por chicas, ¡pero lo recomendamos para chicos como manual para saber tratar a chicas! Si un chico es listo debería coger consejos de aquí. Marcos puede ser un buen maestro.
¿Cuesta, ponerse en la piel de un adolescente?
Ana: Dice muy poco de mi, pero no, no ha sido muy difícil. Al revés. Además, había que meterse de lleno en la piel de ellos porque lo que pretendíamos era crear personajes que no fueran planos, sino que uno pudiera casi tocarlos. Y la adolescencia es como una vorágine de sentimientos que provoca cosas de peso y cosas triviales. En la adolescencia todo sucede al doscientos por cien. Desde ese punto de vista, tampoco difiere tanto de cualquier otra etapa de la vida. Lo que ocurre es que, cuando eres más joven, tienes menos recursos. No, no ha sido difícil. Lo que más nos ha costado ha sido dar con el lenguaje y el tono adecuado para que no sonase a diálogos de los ochenta.
María: a mí me ha costado más, tengo menos recuerdos de esa etapa. Aunque subestimamos muchas veces a los adolescentes, no creo que sean más descerebrados que los treintañeros. Es decir, que no hay un abismo entre un adolescente y nosotras: la manera de sentir el vértigo, la soledad, el amor es universal.
Emoción, enamoramiento, diversión... ¿qué pesa más en un adolescente?
Cereijo: La emoción, todo se vive como en una montaña rusa. El chico que te gusta te da los buenos días y todo es fabuloso; en cambio, si no te contesta al saludo se acaba el mundo. La emoción, más que la diversión, y no es que no sea divertida la adolescencia.
¿Y quizás un punto de insensatez o de inconsciencia..?
María: sí, y la inconsciencia, o cierta temeridad, entronca mucho que ver con la adolescencia, porque no se tiene conciencia de la muerte.
Ana: Sí, crees que, aunque le haya pasado algo a alguien cercano, tú eres intocable, inmune, uno piensa que le pueden pasar a otros, pero no a ti.
Pienso en la relación de Jacq con Phoebe, ¿Son las nuevas tecnologías el mejor compañero de viaje para la adolescencia?
María: nos pareció interesante el tema de la incomunicación y de los malos entendidos, algo que se arrastra a la edad adulta. Por miedo, por pudor, uno no termina de mostrarse, y eso da lugar a equívocos enormes.
Ana: con una pantalla de por medio parece que las cosas cuestan menos. Recuerdo que hace poco nos escribió una chica para contarnos una historia parecida a la de Sandra y Marcos, ¿por qué nos los contaba a nosotras en vez de al chico en cuestión, del que estaba enamorada?
La trama de suspense adquiere profundidad al final de la novela, ¿es algo premeditado?
María: totalmente, la estructura estaba pespuntada desde el inicio, sabíamos que lo que ata la novela es la historia de amor; la historia de misterio surge al final, como complemento de la historia de amor. Por eso fuimos dejando miguitas que intrigasen.
Ana: Sí, además el lector siempre tiene más información de la que dispone Jacq, la protagonista. No es hasta el final cuando la información se suministra a la par, al lector y a Jacq al mismo tiempo. Queríamos que el lector se involucrase con los personajes.
María: sí, queríamos que el lector estuviera más pendiente de los sentimientos de los personajes que de resolver el puzzle.
¿Qué ingredientes ha de tener una historia que, como ésta, enganche al público adolescente?
María: algún Samuel o un Marcos, porque es lo que a las mujeres nos gusta, un poco de complicación. Y humor. Es fundamental porque, aunque sepas más o menos cómo va a terminar la historia, tiene que interesarte lo suficiente para que quieras saber cómo transcurre.
Ana: En efecto, puede que sepas cómo va a terminar pero ¿qué más da? Lo interesante es el proceso, cómo suceden las cosas.
Decíais que a las mujeres nos gusta la complicación. En ‘Nunca digas nunca’ hay dos tipos, la de Marcos, que el tipo guapo y aparentemente cretino, y Samuel, el hosco, el huraño... ¿siempre la meta ha de ser complicada?
Ana: en la vida real no, hay de todo, pero en la literatura la imposibilidad del amor tienes que darse.
María: yo disiento... cero que en la vida real, a las mujeres, también nos gusta el ‘malote’, por el hecho de querer ser la última chica del ‘malote’, por reformarlo.
¿Dónde colocaríais vosotras la linde que separa la adolescencia de la madurez?
Ana: Mis hermanos tienen la teoría de que eres adulto cuando te vas a vivir solo, comienzas a trabajar o tienes un hijo. La verdad es que no creo que haya una barrera que se traspase...
Cereijo: un amigo decía que no existe la madurez como estado sino ante las situaciones y los momentos, que afrontas con o sin madurez. Hay gente que madura en unos aspectos y, sin embargo, permanece infantil en otros.
Si ya es complicado trabajar con uno mismo, ¿cómo hicisteis para escribir a cuatro manos?
María: Como nos conocemos desde pequeñitas, hay confianza, lo cual facilita mucho las cosas, te permite decir con sinceridad lo que te ha gustado y lo que no, y los cambios, todos, han sido consensuados. Antes de comenzar a escribir teníamos muy trabajada la historia, con un esquema muy cerrado. Y después nos turnábamos para escribir, y lo que una escribía la otra lo corregía y viceversa, de tal manera que el estilo se unificaba.
¿Habrá una segunda parte de ‘Nunca digas nunca’?
Ana: los personajes son un poco como tus hijos, y te da pena cerrar sus historias. Igual es interesante, como nos han sugerido, escribir qué es de ellos veinte años después... como posibilidad está, pero está complicado.
María: Hay hilos sueltos intencionados, pero no queríamos traicionar al lector, por eso cerramos la historia.
¿Cuál ha sido la mayor satisfacción de publicar el libro?
Ana: el hecho de ir a un sitio y verlo... que alguien a quien no conoces te escribe para comentarte lo mucho que le ha gustado... que, de entre todos los libros que se venden, alguien escoja el nuestro...
María: La primera vez que lo vi fue en el VIPS y me dieron ganas de gritar: “¡Mirad! ¡Lo he escrito yo!”. Es fabuloso, la verdad es que tiene un punto muy mágico.