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León Felipe

Lecturas

2 Ago 2019

Un libro reúne varias artículos en torno al poeta

León Felipe, carne de crucificado

Esther Peñas / Madrid

Digámoslo pronto: el poeta que nos ocupa, el zamorano León Felipe (Tábara 1884, Ciudad de México, 1968) llega a la poesía tarde (36 años tiene cuando publica su primer libro, Versos y oraciones de caminante), resulta incómodo de ubicar (no pertenece a las Vanguardias, ni a la Generación del 27, tampoco a la de los 50), sus versos son antipoéticos en el sentido canónico del término (tienden a la prosa, ritmo por momentos adusto, incluyen, en ocasiones, diálogos, cadencia espesa, encabalgamientos imposibles)… por su vehemente compromiso republicano, podría haber sido enarbolado por los vencidos, de no haber tenido a Cristo embarazando su arsenal poético, y su fe católica hubiera bastado para que los sublevados se lo llevasen a la boca de no haber resultado tan sacrílego… 

León Felipe, poeta en tierra de nadie, poeta raro, al modo que gustaba designar a Darío a cuantos escapaban de los marchamos, precintos y tejuelos. Max Aub decía que constituía, él solo, una generación. Es carne de crucificado por partida doble y metafórica: es un hombre de fe (por tanto, hace suya la Cruz) y es un hombre (injustamente) silenciado.

¡Qué solo estoy Señor, / qué solo y qué rendido/de andar a la ventura/ buscando mi destino!.../ En todos los mesones he dormido: /en mesones de amor/ y en mesones malditos,/ sin encontrar jamás/ mi albergue decisivo.

León Felipe es poeta y hombre (si es que cabe distinción) no sólo de hondas raíces religiosas sino creyente en práctica (y si eso no resulta un pleonasmo). Cree en Dios, en el Dios judeocristiano. Señor, yo te amo porque juegas limpio;/ sin trampas –sin milagros-;/ porque dejas que salga,/paso a paso,/ sin trucos –sin utopías-/, carta a carta, sin cambiazos,/ tu formidable/ solitario. 

Se produce una identificación entre lo poético y lo sagrado: El verbo lírico de Cristo y de todos los poetas del mundo no es retórica,/ es un índice luminoso que nos invita a la acción y al heroísmo.  Desde ahí, asume el sacrificio (El poeta prometeico tiene que morir siempre escarnecido/ y apedreado. ¡Calumniado…crucificado y maldito!/ El verdadero poeta es el Verbo… el Hijo), el sufrimiento como experiencia vital cargada de sentido (misterioso), el dolor como vía de ascesis y el llanto como posibilidad de pureza: “Arrodíllate y reza./ No, navega,/ navega sobre tu llanto (…) que no me enjuguen el llanto, que no me sequen el río. Lloro para que no se me muera el mar”; “Se va del salmo al llanto”; “Lágrimas,/ lágrimas,/ lágrimas… el precio de la luz”; “Porque aún existe el llanto,/ el hombre está aquí de pie”; “Toda la luz de la Tierra/ la verá un día el hombre/ por la ventana de una lágrima”. 

Su fe no dócil, sino apasionada. Como tal, impreca (No hay Dios,/ sí hay Dios,/ dónde está Dios…), se enfurece ante la realidad circundante (feroz, sucia, desalmada) y la fe en un Dios que no debería permitirla. La suya es una fe cotidiana, en la que Dios mismo está en lo bajo (ahí, en mitad de Dimas y Gestas): “(…) creo en el Sol, en el Diluvio y en el estiércol;/ en la blasfemia, en las lágrimas y en el infierno,/ en la guadaña y en el Viento;/ en el lagar, en la piedra redonda del asolador y en la piedra redonda del viejo molinero/ y en el hacha que derriba los árboles y descuartiza los salmos/ y los versos.”

Se desconcierta, pero vuelve al origen. Su fe. Creo/ que el agua se hace vino/ y sangre en el vino,/ sangre de Dios y sangre de mi cuerpo. Se ofusca, pero su fe le reconcilia: Creo/ que un hombre honrado/ cuando nos da su pan/ tiene el cuerpo de Cristo entre los dedos.

Lo ebrio de su sentir religioso lo coloca justo en el territorio en el que comienza a emerger lo blasfemo. Yo soy el gran blasfemo, titula uno de sus poemas. ¿Y si el Hombre, no Dios, se llamase Jesucristo?.../ ¿Si la sangre del Hombre… fuese la sangre divina del Sol… la/ esencia luminosa de los astros?/ ¿Si con su sangre el Hombre pudiese salvar y redimir a los/ Dioses?/ Estoy preguntando… ¿No puedo yo preguntar?/ ¿No han arrojado sobre mí todas sus sombras?.../ Y ¿no puedo yo levantar todas mis preguntas? 
No acepta las ortodoxias sin deglutirlas y hacer de ellas su propio alimento: Aquel día el Hombre… todos los hombres se comerán a/ Dios./ Será el día… el Gran Día de la verdadera,/ de la gloriosa/ y de la sagrada comunión. 

La fe no exime de la duda, del mismo modo que la valentía contiene el miedo. Por eso resplandecen. Aparece la angustia, pero la fe crece a la postre. Como en Machado. Como en Unamuno. Como en tantos otros.

Fascinantemente blasfemo: El hombre hecho Dios. Sí. Y rabiosamente anticlerical. Al Papa lo denomina ‘Gran Conserje Pedro’ (Pedro, Pedro,/ el Gran Conserje Pedro,/ amigo de soldados y banqueros), y buhoneros a arzobispos y obispos. León Felipe busca la belleza última del salmo, pero no la encuentra jamás en los templos: Y la España que se llevó la canción se llevó el salvo tam-/bién. Jamás oí en las catedrales españolas un salmo afilado/ que se pudiese clavar en el cielo, en la tierra o en la carne del /Hombre./ Y siempre me preguntaba al entrar en las iglesias: ¿dónde/ estará el salvo? ¿Dónde le habrán escondido los canónigos? (…) Denunciadme al Sumo Pontífice, dadle mis señas, os-/traedle mi cedula (este libro es mi cedula)

Versos durísimos: Y creo/ que en el cáliz y en la hostia/ hoy no hay más que babas/ del Gran Conserje Pedro

Versos implacables: “… estas palabras revolucionarias, estas palabras prometeicas: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja/ que entre un rico en el reino de los cielos”, los curas las han estado escupiendo/ vomitando desde los púlpitos, centuria tras centuria,/ año tras año,/domingo tras domingo". 
No habrá paz entre Dios y los hombres hasta extirpar toda jerarquía eclesiástica. Desde la fe, el grito indignado lacera.  

Durante la Guerra Civil, parece (o eso damos por válido) que Dios cayó del lado de los insurrectos. Pero León Felipe, que combatió en las filas republicanas y no matizó su ideario político ni un ápice el resto de su vida, reivindica a Cristo desde el lado de la España-mártir para con los suyos: Sola y en cruz… España-Cristo,/ con la lanza cainita clavada en el costado,/ sola y desnuda,/ jugándose mi túnica dos soldados extraños y vesánicos,/ sola y desamparada

La España a la que pertenece, según el poeta, Cristo es la misma del Quijote (constante referencia para el zamorano), de santa Teresa, Castilla o Velázquez. Para León Felipe la identificación cristológica con España se estructura no en tanto el binomio maniqueo Bien-Mal (tan del gusto de Pemán y de los afectos franquistas) sino en estructura de raíz moral.  

Sólo su fe lo sustenta. ¿Por qué habéis dicho todos/ que en España hay dos bandos,/ si aquí no hay más que polvo? Critica a los republicanos que se marcharon antes del 18 de julio, a los que hicieron negocio con la contienda, a los que hablaron sin quedarse a bregar por sus ideales. Llevaba el exilio metafórico dentro (tan de condición paulina, la del peregrino), y exilio real fue lo que le deparó el 1 de abril. Sólo su fe lo sustenta. 
 

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