Compartir en redes sociales

Cubierta de 'Pedir la Luna'

Lecturas

18 Oct 2019

Se presenta hoy, en la librería Enclave

'Pedir la Luna' o una reflexión polifónica sobre el arte de traducir

Esther Peñas / Madrid

Uno de cada cuatro libros que se publicaron en España en la primera década del segundo milenio fue traducido. La voz que escuchamos –aunque parezca una perogrullada, no lo es- no es la del autor, sino la del traductor. Nada fertiliza más una lengua que la tarea de los traductores. No sólo la obra ajena trae formas nuevas a la literatura nacional, sino que la idiosincrasia propia de la otra lengua es fuente de vida para la propia. Hay traductores sutiles y traductores que dejan su huella allí donde traduces; concienzudos y asépticos, que trabajan con la unidad semántica de la palabra y los que lo hacen con la unidad semántica del verso (o la frase). 

Sobre este oficio, a través de una reflexión colectiva, un libro interesantísimo: Pedir la Luna (Enclave), coordinado por Miguel Casado, Ignacio Fernández Rocafort, José Lis Gallero, Inmaculada Jiménez Morell, y en el que participan, entre otros, Chantal Maillard, Manuel Borrás, Julio Monteverde, Pilar González España, Berta Vías Mahou, Itxiar Rozas, Loreto Casado…

Se le ha llamado de todo, al traductor. No en vano, la multiplicidad de lenguas fue una maldición. Ortega llegó incluso a decir del traductor que es “un personaje apocado que por su timidez ha escogido tal ocupación, la mínima”. Hasta hace relativamente poco, era una labor de segundo rango, por supuesto considerada secundaria respecto de la del creador. 

Así que, pedir la luna procede. Ya es momento de vindicar una figura siempre en la sombra, mal pagada (un ejemplo: el alemán Blumenbach tardó seis años en traducir La broma infinita, de Foster Wallace, recibiendo ¡tres euros por hora de trabajo!), ignorada (en reseñas, en cubiertas, en citas). Unamuno se refería a los traductores como ‘albañiles de Babel’, hermoso el término, tiene algo de oficio, algo de artesano, de obrero… Cervantes decía que “traducir de una lengua a otra es como quien mira los tapices por el revés, que aunque  se ven las figuras están llenas de hilos que las oscurecen”. 

Junto con la creación literaria, la traducción es la experiencia más radical que puede darse en (con) una lengua. Y también es el terreno propicio para el matute (“el traductor tiene algo de falsificador (por cuento sustituye el original por una copia) y algo de contrabandista (por cuanto hace pasar la copia por el original”). Hay algo de pirueta circense en su trabajo, que invoca el juego, el don, la apropiación, el virtuosismo, el entusiasmo.

Pidamos la luna para ellos, que son capaces de verter en nuestra lengua lo que de otro modo sería ajeno a nosotros. Nada auténticamente significativo es intraducible (Moby Dick fue traducido al macedonio, una cultura semántica terrestre sin término marítimo alguno). La brecha entre palabra y mundo acontece en el texto original. No hay literalidad tampoco en el original. El traductor traiciona lo dicho en texto original tanto como el original, ya que ambos viven en el fracaso –aporía- del lenguaje mismo, mejor, de la escritura. El original es inamovible, pero no así la traducción, que siempre permite una revisitación, por la evolución de la sensibilidad de toda lengua.

¿Traducir es mejorar? No sé si Cortázar mejora a Poe, si Baudelaire retoca la poesía de Poe como lo hace Mallarmé, si Cansinos Assens tradujo mintiendo del alemán algunos poetas persas... Hay quien se jugó su libertad en el ejercicio de la traducción, como Fray Luis de León, que pagó con cinco años de cárcel su versión directa del hebreo del Cantar de los cantares... Obras de las que sólo se conservan las traducciones, como Calila y Dimna, de Ibn al-Muqaffa, una obra seminal que cambió la literatura universal. Lo importante es que el lector sienta que nada se le ha escamoteado en el trasvase. Pienso en Salinas traduciendo a Proust. Y a todos ellos los atesora el patronazgo de san Jerónimo.

Sí, pidamos la luna.