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Cubierta del libro

LIbros

29 Mar 2019

Jesús Urceloy y Julia García realizan, para Ars Poética, un deliciosa selección

Tres poemas multiusos de tres escritores rusos

Esther Peñas / Madrid

Tres son los principios universales de la alquimia (azufre, sal, mercurio), las fuerzas de la materia (acción, reacción, inercia), los hijos de Adán y Eva (Caín, Abel y Set –sí, Set, ese gran olvidado dela historia-), las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y tres son los poemas de tres autores rusos que componen Tres poemas multiusos de tres escritores rusos (Ars Poética), del poeta Jesús Urceloy (Madrid, 1964) y su hija Julia García (Madrid, 1995).

Los rusos, ya se sabe, son un poco fatigosos en su lectura, bien porque los nombres son mutantes (hay combinaciones casi infinitas para designar a un personaje, lo cual desvela muchísimo y requiere una tensión constante), bien porque tienden tantas veces a esas novelas río, como la maravilla de El don apacible, de Shólojov, o acaso porque se ponen de un intenso que consume al más pintado, léase Crimen y castigo, de Dostoyevski.

Pero son deliciosos, las cosas como son. Chejov, Pasternak, Gorki, Tolstói, Nabokov, Bulgákov, Mayakovsky, Ajmátova. Incontestables cada uno de ellos. Julia y Jesús (que comparten no sólo inicial sino las cinco letras de su nombre) han acotado la recolección, situándose en el Romanticismo, movimiento en el que, como nos recuerda Julia en su introducción, afirmación que comparto de pleno, seguimos de una u otra manera inmersos.

Y de ese frondoso caladero, el Romanticismo, escogen, Jesús y Julia, tres nombres: Pushkin, Afanasiev y Gógol. Una tríada del XIX de escritores que murieron jóvenes, que tuvieron un periplo vital que es, en sí mismo, literatura de la buena y que se dedicaron a recopilar –sobre todo Afanasiev- los cuentos populares legados por  la tradición oral. Como Calvino en Italia. Aquí, por cierto, salvo alguna tentativa de Luis Mateo Díez y de Cristina Herreros, no ha habido gran entusiasmo al respecto.

A los cuentos los precede un bosquejo biográfico de los autores. Leyéndolo, se puede comprobar con regocijo que Julia ha heredado ese humor elegante –por momentos socarrón- de su padre. Lo cual se celebra. Porque el humor es una cosa muy seria. El humor no sólo nos provoca esa cosa tan loca que es la carcajada, ni desabrocha la sonrisa en los labios, como si fuera un arco peraltado hecho de fruta, sino que nos enseña que las cosas pueden ser de otro modo distinto a como las pensamos, lo cual nos sitúa en un territorio alejado del dogma, porque la gente que no tiene humor, por lo general es impermeable a cualquier razonamiento. Ha habido excepciones de rigor. En este momento no las recuerdo. No se fíen (jamás) de quien no tiene humor. Huyan de ellos como de un volcán enojado. 

De Pushkin, con una biblioteca en casa del tamaño de la Maestranza (treinta mil volúmenes) resultaba casi imperativo familiar que terminase siendo escritor. Y libertario, y tarambana, y jugador. Y un tipo con suerte, porque casarse con la moza más bonita de todo Moscú no es trucha pequeña. No me extraña que tuviera casi un hizo por año. Ni que no le salieran las cuentas a fin de mes (por la prole y por sus excesos). Y murió como un romántico, o casi, “por una ingesta desmedida de plomo”, relata Julia. Eso decía Valle-Inclán, que estuvo a punto de morir a causa de un duelo motivado por salvaguardar el honor de su amada (por fortuna solo perdió la mano; se la quedó puesta, pero inútil). La verdad fue mucho más prosaica: una infección por un gemelo clavado. Cosas que pasan. 

Afanasiev resulta mucho más atlético. No se me ocurre otro adjetivo para un tipo que es capaz de publicar más de seiscientos cuentos. Otro rebelde, además de coleccionista de libros antiquísimos, querencia que preservó a lo largo de su vida, pese a estar siempre a la última pregunta.

Lo de Gógol es de un romántico atroz. Se dejó morir de hambre. Como lo leen. Se metió en la cama, como Onetti, y se negó a comer. Lo peor es que antes de eso, tenía accesos de considerarse poca cosa y le daba por quemar sus escritos. Así se perdió la mayor parte de Almas muertas. Encima, al pobre lo entierran boca abajo, lo cual resulta una grosería intolerable.    

Se agradece esta primera parte introductoria, nada académica ni solemne, sino ágil como el trino de un sinsonte, llena de curiosidades, que contextualiza en lo exacto a cada autor con un tono, ya lo dije, gentil y cómico, de un humor que, como el de su padre, siempre queda del lado de la ternura o de la poesía. 
De los cuentos, resaltar el acierto de la selección. Determinados autores son una garantía de partida, y estos tres desde luego lo son, pero cualquiera tiene un mal día y firma un cuento a medio fuelle, o que en vez de fulgor, depara el goce una luciérnaga. Pero los escogidos son formidables. Y no ha debido de ser nada fácil versificarlos sin que haya rimas pesadas como una digestión de banquete. Pero, esto ya lo saben, Urceloy es un prestidigitador de la rima y de la cuenta. Algo que escasea mucho más en nuestro país que las cosechas de cuentos populares. No es que salga airoso, que por supuesto, sino que nos inocula un ritmo fabuloso en la lectura, sin verse interrumpida por una sola tacha.

“Contestó la mujer: “¡Cómo te atreves
a hablarme así los lunes o los jueves”

Todo danza en cada uno de estos cuentos. Del primero El pez dorado, esa hermosa fábula sobre la codicia (y también, ya que es lectura multiusos, sobre las consecuencias de no poner un límite al otro), destaca la espiral de deseos delirantes que terminan invocando ese refrán tan ancho como castellano de que “la avaricia rompe el saco”. El campesino y el oso (y la zorra) –con perdón de las feministas de género- el final sorprendente. No sé si saben que el cordero –también castellano como los refranes- cuando sabe que no tiene escapatoria posible, gira su cuello a las fauces del lobo, como en una ofrenda de dignidad última. Pues algo de esto tiene el cuento. Y, por último, La nariz, que le hubiese encantado a Quevedo, por oposición a ese hallazgo de érase un hombre a una nariz pegado. Que tu nariz se desentienda de ti es de una insolencia mayúsculas. Y que se vaya de paseo (no es metáfora) luciendo ringo-rango, imperdonable.

Uno lo pasa membrillo leyendo Tres poemas multiusos de tres escritores rusos. Pero se queda con hambre.