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Valentine Penrose

'Los raros'

27 Mar 2020

Wunderkammer publica la obra completa de la poeta surrealista

Valentine Penrose o el hermetismo órfico del verso

Por Esther Peñas y Lurdes Martínez * / Madrid

Valentine Penrose. Acaso no les diga gran cosa el nombre. Otros, que como ella pertenecieron al grupo surrealista de Breton, tuvieron más fortuna con la memoria del tiempo: Leonora Carrington, Dorothea Tanning, Maruja Mallo, Remedios Varo, Dora Maar, Unica Zürn… La editorial Wunderkammer acaba de publicar la obra completa de la francesa: por un lado, reditando su texto más conocido, La condesa sangrienta; por otro, su obra poética reunida, inédita en castellano, Valentin Penrose. La surrealista oculta. Quizás es el momento de restituir su condición de extraña.

Cabría pensar que lo fascinante de su biografía, como en tantos otros ejemplos (Panero, Ambroise Bierce, Pizarnik, Georgi Markov…) relega la hondura de su obra. Cierto que su introspección en el mal, a través del retrato de la condesa de Bathory (por momentos frío como labios de cuchilla, en temperatura de fusión en otros, siempre salvaguardando juicio alguno) no ha aflojado el interés en los lectores desde que apareciera por primera vez, en 1962 (primero, como relato en ‘El Mercurio de Francia’; después en el sello Gallimard). 

El texto, terrorífico, de una ferocidad difícil de sostener en su lectura, rescata, a través de una labor de investigación minuciosa y concienzuda, vertida en el molde de una bellísima prosa poética, a Erzsébet Bathory (1560-1614), que acabó con la vida de más de seiscientas muchachas. Magia roja, hastío existencial e insolente impunidad de los poderosos sostienen esta especie de ordalía sádica e incomprensible. “Su sangre no las llevará más allá; la que va a vivir ahora de ellas soy yo, otra yo seguiré su camino, su camino de juventud que las conducía a la maravillosa libertad de gustar”.  

Pero cuando Penrose publica esta novela, su única novela, ya lleva bregando a placer en la práctica onírica de su vida. Se alinearon las parcas para que Valentine Boué (Mont-de-Marsan, Gascuña, 1898-East Sussex, Inglaterra, 1978) conociera a Roland Penrose, canalizador del surrealismo en Inglaterra y coleccionista de arte, de quien tomó su nom de plume. Él escribió de ella que era “una diosa de la irracionalidad, de la inutilidad, del misterio femenino”. Pero destierren ese tópico de la musa inocua, hueca, casi inerte. No existe.

La inmersión en las aguas fundacionales del surrealismo permite a Penrose conocer a todos: a Max Ernst, que se atreve con la belleza misteriosa y ensimismada de su rostro, a Paul Eluard, para el que Valentine es “una de las más eminentes poetas francesas”, a Miró, a Picasso, Masson, Desnos, Tanguy, Dalí… aparece –es tan fugaz como un sutil escalofrío- en La edad de Oro, de Luis Buñuel, y en La Garoupe, de Man Ray.
Junto a Roland, viaja a Egipto. Allí, la vida de ambos cambiará, pero aún no lo saben. Conocen al millonario Aziz Eloui Bey y a su mujer, Lee Miller, quien se convertirá en la segunda esposa de Roland. Conocen al misterioso y seductor Vicente Galarza, vizconde de santa Clara, profesor entonces de la Universidad de El Cairo, después en Calcuta, y mentor en misticismo e hinduismo, disciplinas que acogerá Valentine como propias, hasta el punto de asistir a clases de filosofía oriental en la Sorbona. Pero aún no lo saben.

Son viajes de aprendizaje y placer. También de compromiso político, como el que ambos emprenden, junto a un pequeño grupo de escritores y poetas, en apoyo de la España republicana y la revolución social. El objetivo, acallar la propaganda franquista que acusa a los anarquistas de maltratar el patrimonio artístico. Durante su estancia de seis semanas en Cataluña se entrevistan con miembros del POUM, asisten al funeral del anarquista Durruti o escuchan a la mismísima Emma Goldman en uno de sus discursos. El comunicado que redactan contra el fascismo, “Declaration on Spain”, publicado en el periódico Contemporany Poetry and Prose y firmado por una larga lista de nombres que incluyen a Henry Moore y Herbert Read, va acompañado del largo poema de Valentine Penrose “To a woman, to a Path”.

El matrimonio quiebra. El vínculo, jamás. Valentine escribe. Hierba a la luna (1935), un poemario mistérico, que más que versos parecen conjuros, de un hermetismo y belleza hipnóticos. Valentine escribe. Suertes del fulgor y Poemas (1937), donde el lenguaje tropieza en un hiriente automatismo, haciendo estallar sentido y sintaxis. Viaja a la India. Su interés por el hinduismo va cubriéndola. Su corazón vuelve a desbordarse ante la poeta surrealista Alice Rahon con quien comparte ashram y a quien dedica composiciones celebrativas: “La copa la luna creciente los delfines del cielo blanco/ amar qué  bueno era amar era de día/ bajo el cielo muerta amor cambiando el talismán/ bella hundida de azul feliz y desaparecido/ tus sándalos se secaron en sus vocales de agua”. 

Estalla la II Guerra Mundial y hay rastro de Valentine en Argelia, a donde se traslada como conductora voluntaria del ejército de De Gaulle. Se ha adherido a la Resistencia como otros compañeros surrealistas, Benjamin Peret o Claude Cahun. Cuando el conflicto finaliza, animal huidizo sin familia convencional ni domicilio fijo, adopta la costumbre de dividir su tiempo entre estancias en la casa familiar de Gascuña, temporadas en París, en un pequeño hotel de Montparnasse y la larga visita anual a Farley Farm (Sussex, Inglaterra), hogar de los nuevos esposos Penrose, Roland y Lee, y el hijo de ambos, Anthony. 
En 1951 publica Dones de las femeninas, un poemario sazonado con sus elegantes y perturbadores collages, con prefacio de Éluard y aguafuerte de Picasso. “Rubia tu olor es el de los bojedales de España/ del hierro herrumbroso donde lloraron los enamorados/ De las celosías en las rejas de las ciudades de España”.

Durante un tiempo, se instala en Cataluña; viaja a Tenerife a principios de 1957 para visitar a sus buenos amigos los pintores Óscar Domínguez y Maud Westerdhal  y escribe ‘El verdino’. “He recogido el destello de la isla y en mi puño/ En mi blasón y a mi lado/ Os lo digo/ Yo quisiera un perro verde”. Neruda, caballo verde para la poesía. Valentine, el can canario por excelencia, verde. Las historias de los guanches, los primitivos aborígenes de la isla, la cautivan por fabulosas y  recrea en sus poemas “un pasado etnológico inseguro o confuso, una civilización partida a golpes por la conquista, una tradición guanche perdida o traicionada, un nuevo rumbo para estas islas flotantes entre Europa, África y América”, como escribe Maud en la semblanza que dedica a su amada amiga.

Paseante infatigable de bosques atlánticos, Valentine posee de la naturaleza una visión telúrica, infantil, mítica. “Cada vez que regresaba de sus largos paseos (…) tenía en el lecho de su mano algún tesoro mágico, como un trozo nudoso de madera, una seta seca o incluso un sapo momificado”, recuerda su hijastro. 

Con 74 años, seis antes de su muerte, publica Las magias, quizá el más logrado de sus poemarios, que incluye una litografía de Miró y más versos de amor desdichado: “¿Volverá la noche de invierno/ para que yo descanse a tu lado?”. 

Muere en 1978, año en el que otra poeta, Carmen Conde, se convierte en la primera mujer académica de la lengua. Ese año en el que se aprueba nuestra Constitución. Fue un 7 de agosto, exactamente el día en que falleció Rosario Castellanos.   

“¡Oh Rubia! Este sabor que conocimos de la feliz manera de vivir/ Esta muerte abundante esta noche requerida/ Ahora se extienden demasiado lejos para mí sola”.

Sabia en la práctica del tarot y la astrología, druidesa de la naturaleza, quiso que sus cenizas fueran depositadas bajo un roble en una noche de luna llena. 

De Penrose resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y pomposamente gemadas de los cantos ya amorosos, ya místicos, ya desesperados de este poeta, ya que en ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.

* Lurdes Martínez es poeta y miembro del grupo Surrealista de Madrid

** Las traducciones de los poemas son de Marie-Christine del Castillo-Valero, en la edición Valentine Penrose. La surrealista oculta (Wunderkammer)

*** Este artículo se publico en 'cermi.es' 384