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  • “Lo que uno aprende, en el oficio poético, es a traducirse a sí mismo”

    No es fácil a estas alturas del vértigo humano encontrar una poeta en la que el lenguaje se dinamite para ensancharse, que sea el lenguaje mismo quien se escriba, que la palabra (en la órbita romántica tantas veces) convoque aquello otro, lo que no encuentra un ensamble adecuado y es hermoso por la arista. Así Rosa Lentini (Barcelona, 1957).

  • “Los chistes y las boutades embrutecen el microrrelato”

    Los microrrelatos son una deliciosa epidemia. Hay concursos, cursos, ensayos. Y recopilaciones, claro. La última, Los pescadores de perlas (Montesinos) que, tomando el nombre de la ópera de Bizet, una pieza que celebra la amistad, reúne las narraciones aparecidas en la revista Quimera. Hablamos con Ginés S.

  • “La verdad es ese momento de epifanía que nos lleva a otras perplejidades”

    La escritura de Xuan Bello (Tineo, Asturias, 1965) mantiene la textura de la corteza, permeable a la lluvia que cría el brote, pero que preserva el misterio de lo exacto –como si lo exacto pudiera rozarse acaso-. Teje palabras desde un hórreo presidido por lamparillas de pupilas, no hay otro modo de describir su escritura.

  • “Todo lo insólito nos atrapa”

    Lo de Djuna Barnes fue un desacato constante. A las normas sociales, con las que hacía un mondadientes, a las convenciones tácitas, a las que sacaba la lengua irreverente, a las modas y pautas literarias, que retorció como quien retuerce una bayeta después de haber limpiado la encimera.

  • “Pla debería estar entre los diez mayores prosistas de la literatura española del siglo XX”

    Franquista y antifranquista, catalanista y español, narrador, periodista por necesidad, exiliado, lobo de fauces defendiendo el terruño, nómada, estudiante un tanto holgazán, diputado y hereje político, misógino y enamorado… Josep Pla (Palafrugell, 1897-Llufríu, 1981), uno de nuestros prosistas más lúcidos, más claros, más bellos.

  • “Lo más fascinante del terror es que se sustenta en un territorio absolutamente subjetivo”

    Uno transita la literatura de Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962) con un soplo en el corazón por el que se nos inocula el desasosiego, lo incierto, la mueca, el terror. Desde aquella primera novela que leímos, Humo en la botella (Salto de Página), un delirio sobrecogedor y bellísimo en su hechura, Biedma ha seguido apostando por el territorio del desasosiego.

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