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El Morabet

Entrevista

7 Dic 2018

Mohamed El Morabet, escritor

“Huir es otra forma de viaje”

Esther Peñas / Madrid

La pérdida de su abuela obliga a Ismael Atta a emprender un viaje de regreso a su tierra. Pero, ¿cuál es nuestra tierra? ¿De qué modo habitamos los espacios, los silencios, los afectos? ¿Es el exceso un viático necesario? ¿Uno puede, debe huir? Empedrando palabras con la ligereza por la que sentía querencia Calvino, Mohamed El Morabet (Alhucemas, 1983) ha escrito una historia en la que lo pendenciero se anuda a la ternura de cierta ingenuidad de espíritu. El resultado, ‘Un solar abandonado’ (Sitara), que presentará, juanto con el también escritor Eloy Tizón, el próximo martes, 11 de diciembre, en la librería Lé (Paseo de las castellana, 154), a las 19.30 horas.

¿Qué impulsa a alguien a escribir una novela, su primera novela?

Creo que empecé a escribir para mejorar mi español. Mi lengua materna es el amazigh, una lengua oral. Actualmente en Marruecos apenas se está empezando a estudiar y a escribir, pero no fue mi caso. El único contacto que he tenido con mi lengua ha sido hablado. Y, cuando hice del español mi lengua, quise paliar esa necesidad de escribir que tenía acumulada y que nunca me brindó mi lengua materna. 

¿Se vivía mejor “cuando Madrid era de todos”?

Madrid es de aquellas ciudades que generan la ilusión de que se vive mejor su recuerdo. Misteriosamente, pasa lo mismo con Tánger. He llegado a conocer amigos nacidos en los 80 que tenían nostalgia del Tánger de los años 50. Pero creo que tanto Madrid como Tánger o Lisboa son ciudades del presente. Siempre se las vive mejor en el momento. La frase dice: «Cuando Madrid era de todos, el cielo parecía sumido en una soledad absoluta.» Esta soledad es lo que me interesa de Madrid. A medida que la ciudad se ha ido haciendo grande, acogiendo a más vecinos, me abduce más la fuerza de su soledad. En la novela la llamo “soledad colectiva”. 

Huir, ¿es posible?

Probablemente, huir sea mucho más posible, incluso fácil, de lo que imaginamos. Lo que creo que cuesta más o, al menos, genera cierta convulsión es reconciliar los pensamientos de la huida con la huida en sí, o con el acto de la huida. Ismael Atta asegura que posiblemente conviviría con el peso de la pregunta el resto de su vida. Pero, en todo caso, decide huir y arrastra consigo la pregunta como si fuera una necesidad elemental para llevarla a cabo. Siempre sospeché que huir era otra forma de viaje. Además, la estructura de la huida corresponde a los parámetros y al orden temporal de cualquier odisea. Siempre se huye del pasado hacia el futuro y el futuro es el territorio natural del descubrimiento, del aprendizaje, de la fascinación, de la vida, en definitiva. Hay que practicar la huida y huir más a menudo.  

El protagonista deambula, no sólo físicamente (incluso después de un zumo de naranja recién exprimido) sino que da la sensación de que su interior es un entramado de contrarios –complementarios en busca de equilibrio-, posibilidades, deseos, por los que transita desnortado. ¿Cuándo se da cuenta uno de que la vida va en serio?

El momento clave puede ser el contacto con la muerte. El viaje de Ismael Atta lo motivó la muerte de su abuela Ammas. La pérdida de un ser querido es una experiencia que te pone delante la magnitud de la vida. Sobre todo, interroga acerca de nuestra condición incierta. Fatima Mernissi en El harén político cita unos versos de Hawa, una esclava de la corte de Husein, yerno de Mahoma: «Tu compañía procuraría la felicidad absoluta, si pudieras durar. Pero es seguro que un humano es por naturaleza efímero.» La esencia de estas palabras reside en la dicotomía que envuelve lo absoluto y lo efímero. Todo lo que habita ahí en medio es de una seriedad sobrecogedora. E imagino que no es más que el día a día de la gente, la rutina de la vida que de repente se interrumpe y deja una mancha pálida que a su vez se va desvaneciendo hasta caer en el oscuro olvido. Cuando tomamos conciencia de que estamos abocados a olvidar y a ser olvidados empieza lo serio.

Sería titánico mencionar los títulos y autores que aderezan la trama de ‘Un solar abandonado’. ¿Qué nos reporta la literatura?

La literatura nos ofrece un pequeño orden en medio de un tremendo caos. Y, además, nos compromete con la belleza. Esta conjunción de orden y belleza es muy persuasiva, mitiga nuestros miedos y hace que los diferentes convivamos con cierta armonía. No solo la literatura puede conseguir esta armonía, sino el arte y la cultura en general. 

¿Qué tiene la condición de hereje que fascina tanto?

La no pertenencia a la tribu, probablemente, y la libertad que se desprende de ello.  

“Silencio. Largo Silencio. Cuentos. Más cuentos. ¿La vida se resume en eso, en palabra y silencio?

Imagino la vida en los huecos que hay entre las palabras y los silencios. Y no lo digo como mero juego de palabras. Pienso en las 24 horas de la vida de un vecino de Malasaña o de Carabanchel, por ejemplo, y se me ocurre que más de la mitad ―o, digamos un 63 %, para ser convincentes― de su día lo pasa en silencio. Y si, como escritor, me tocara contar su día, haría todo lo posible por ser fiel y destacar ese porcentaje del silencio en la narración. Que lo consiguiera o no, esa ya sería otra cuestión. 

¿Cómo consigue uno habitar una ciudad que no es la suya?

Con sonrisas y construyendo amistades, básicamente. Y Atta lo hace además con borracheras y mucho tabaco.

¿De qué depende que un viaje (interior, exterior, como el que se narra en la novela) de sus frutos, o de los frutos adecuados?

No creo que tenga que dar frutos. Vivir el viaje es más que suficiente. Y cuando se acabe un viaje, buscar de inmediato otro y así hasta que el infinito nos sonría. 

¿Qué se puede sembrar en un solar abandonado?

«No se deje engañar por las superficies; en lo hondo, todo se hace ley», aconseja Rilke en Cartas a un joven poeta. Así que, en lo hondo de un solar abandonado se puede sembrar algunas palabras en octubre, un octubre cualquiera, y cosechar una historia o una novela en diciembre, un diciembre cualquiera. Y en la superficie propongo plantar un cartel bien grande que lleve escrito en una lengua inmortal: «Por favor, colillas no.»