Compartir en redes sociales

Broncano

Entrevista

14 Mayo 2020

Fernando Broncano, filósofo y ensayista

“La era del consumo bulímico provoca la pérdida de significado de los objetos”

Esther Peñas / Madrid

Vivimos rodeados de objetos. Objetos que representan nuestra identidad, que hablan de nosotros, que nos cuidan porque convertimos en una suerte de talismanes. Pero el capitalismo está consiguiendo vaciar de sentido esos objetos y convertirlos en cosas. Mercancía pura desalmada. El ensayista Fernando Broncano (Linares de Riofrío, Salamanca, 1954) reflexiona sobre el modo en que los planes de consumo dinamitan nuestros afectos. El resultado, Espacios de intimidad y cultura material (Cátedra).

¿Hasta qué punto el amor se sustenta en planes de consumo?

Cuando hablamos de amor hablamos de muchas cosas: de apego, de intimidad, de deseo, pero en el tiempo contemporáneo todo ese complejo se manifiesta como planes de consumo: una cena íntima, un viaje juntos, intercambio de regalos, un piso compartido, una hipoteca… No es tanto que el amor se sustente sobre el consumo, sino que a la era del matrimonio basado en una suerte de contrato económico le sucede una formación libre de pareja, que se significa como planes conjuntos de vida, pero estos planes son esencialmente planes de consumo. Si nos preguntamos de dos personas, ¿son pareja?, lo adivinamos más que nada por las formas en que organizan sus planes de consumo.

Remo Bodei, el filósofo italiano, diferencia entre cosa (la mayoría) y objeto (aquellas pocas cosas señaladas por algo especial). ¿Queda espacio en nuestra sociedad para cargar de afectos y simbolismos los objetos?

Es muy interesante la pregunta, pues se correlaciona la era del consumo bulímico con la pérdida de significado de los objetos. Las sociedades tradicionales tendían a cargar de aura los objetos familiares, que se transmitían ritualmente de generación en generación. Cada cosa se convertía en objeto no solo por su función sino porque significaba algo importante en la identidad de quien la poseía: las herramientas y aparejos, el ajuar que preparaba la madre para la hija que se casaba, los muebles en los que se depositaba el recuerdo de una vida. En un tiempo de moda y obsolescencia acelerada, cuando se cambia de móvil a intervalos cada vez más cortos, y se llenan los cajones y armarios de ropa que apenas ha sido usada, lo cualitativo y significativo de los objetos pasa a ser mera cantidad de cosas, que terminan valorándose cada vez más sólo por el precio y la marca. Todo es intercambiable como mercancía que es.

Las cosas que decoran nuestros hogares, ¿son impuestas –lo que nos han hecho creer que debe de tener todo hogar- o son fruto de una pulsión de deseo más profundo, como si esos objetos fueran báculos anímicos?

Un antropólogo inglés, Daniel Miller, que ha estudiado por décadas nuestros hábitos de consumo, y es uno de los representantes de la disciplina de la cultura material, tiene un libro titulado El confort de las cosas donde relata visitas a las casas de gente que encontraba por la calle y le pedía esta visita. Es apasionante ver en las diferencias que nota en los hogares que recorre, cómo intentamos que la casa refleje nuestra identidad, cómo hay una voluntad de subjetividad en el llenar (o vaciar) el espacio de objetos que nos representen. Otra cosa es que luego todas las casas sean casas-ikea, en la medida en que las grandes multinacionales parecen ofrecernos fórmulas ya prefabricadas de nuestra identidad, orientándonos a colocarnos en casillas que ya han sido definidas previamente. El juego de lo impuesto y lo original posiblemente no tenga final. Cuanta más originalidad se pretende se termina uniformando más el espacio con aquello que imaginariamente se piensa que debe estar ornamentado, un poco como ocurre con la moda. Todos queremos que la ropa nos presente como únicos, pero terminamos vistiendo con el uniforme de nuestra tribu urbana.

Rosarios, prendas de vestir, libros… ¿Hay objetos/cosas más susceptibles de ser receptáculos de amor?

Aunque vivimos en el reino del mercado, aún perviven en nuestro mundo muchos espacios que se mueven por la lógica del don y del potlach, en los que el regalo se convierte en el signo del poder o del amor a pesar de que ya estén contaminados por la lógica de la mercancía. Para responde a esta pregunta lo mejor es hacer un poco de antropología de calle y mirar las listas de boda o de comunión, las tiendas de regalo y de bibelots para turistas, en general todo ese sector del comercio que se basa en el regalo. Quizás los pocos regalos puros como receptáculos de amor que quedan son los dibujos que el niño ofrece con orgullo a sus padres.

¿Qué tipo de vínculos establecemos con las cosas?

Son muy variados. El grado cero posiblemente es el verlas simplemente como herramientas, es decir, entender su significado solo bajo la luz de su función instrumental, pero incluso así, rápidamente se llenan de otros signos, por ejemplo, de mayor o menos comodidad de uso, como el viejo jersey de ponerse en casa que sobrevive a múltiples cambios de vestuario anuales. A veces se desarrollan afectos por el objeto singular, como analizaba Benjamin en El coleccionista, que consiguen que el objeto sea mirado con otros ojos que los de una mercancía. De nuevo los niños nos enseñan mucho sobre los objetos: desprecian los múltiples juguetes que acumulan por regalos, y juegan una y otra vez con una vieja madera que encontraron por la calle. O, así lo recuerdo de mi niñez, de pronto una de las bolas de cristal con las que juegas en la calle destaca sobre las otras, a pesar de ser casi idéntica a ellas y se convierte en algo valioso e imprescindible. El vínculo suele ser muy contingente: un recuerdo, algo, y entonces el objeto se apega a nuestra identidad como cualquiera de los adornos.

¿De qué depende que las cosas que hacemos “hagan o deshagan mundos”?

El odio también tiene su cultura material. Objetos diseñados para producir daño. Por supuesto, el barroco mundo de las armas, pero hay otros muchos objetos mucho más cercanos que están diseñados para deshacer mundos: el muro que levantamos para impedir la vista o la entrada de los que consideramos bárbaros, el banco del parque que ha sido diseñado cruelmente para impedir que los sintecho lo usen para dormir, la barrera arquitectónica en la que nadie ha pensado pero que duplica los déficits de movilidad de las personas con discapacidad, la marca, el diseño, el precio, todo lo que hace de un objeto un signo de clase ordenado a dejar a los de abajo en su lugar.

Los afectos que navegan por la red, ¿son afectos?

Iba a responder que desgraciadamente sí. Ciertamente, la red nos permite ampliar nuestro círculo de personas conocidas, pero también ordena nuestras emociones. Un grupo de WhatsApp puede producir una depresión en la adolescente sometida a acoso por sus compañeras, o puede estimular las peores intenciones por el trol que se escuda tras su anonimato para insultar y dañar. Las redes sociales viven de la atención de los usuarios y por ello están diseñadas para producir emociones. Nos dicen los datos que a medida que tenemos más relaciones en la red aumenta sin embargo la sensación de soledad. Sorprendentemente, no entre la gente mayor, como cabría de esperar, sino entre los adultos jóvenes. Las estadísticas hablan de un tercio en situación de soledad, en precisamente la fracción de la sociedad más usuaria de las redes.

La sustitución de cosas por productos tecnológicos, ¿acentúa la soledad o la mengua?

La inmaterialidad de los productos tecnológicos siempre tiene una base en objetos. Pero sí, en general, los productos tecnológicos más exitosos tienden a producir soledad. De la misma forma que el televisor acabó con la mesa camilla y dio origen al sofá en el que la familia ya no se miraba a los ojos, el móvil ha levantado una pequeña celda en la que estamos confinados. Es terrible ver a un grupo de jóvenes que han quedado para hacerse compañía y lo que hacen es aislarse en sus respectivas pantallas.

Un concepto sobre el que usted se detiene es lo común. ¿En nuestras sociedades postmodernas, neocapitalistas, casi abocada a una tragedia medioambiental, queda espacio para ello?

La cultura, decía Raymond Williams, es lo común, lo que compartimos entre todos y nos permite entendernos, incluso entre adversarios. Pero, dicho esto, lo común es muy frágil y vulnerable, siempre sometido a la tentación de la expropiación por parte de los poderes de la sociedad. Los comunes se llamaban las tierras que pertenecían a la comunidad y ella las cuidaba y preservaba sosteniblemente. El vallamiento o cercamiento de los comunes fue un proceso con las tierras que, a medida que el capitalismo ha ido dominando el planeta, se ha ido reproduciendo y multiplicando en todas las dimensiones y niveles de lo común, desde los recursos del subsuelo al agua e incluso a los significados a través de las técnicas de imposición ideológica.

¿Puede hablarse hoy en día de intimidad, cuando somos constantemente escuchados?

La intimidad es lo que producimos en el espacio cuando levantamos un muro físico o de miradas, o una distancia, para preservar la soledad o la compañía. La intimidad siempre ha estado ligada a las transformaciones de la cultura, como cuando en la casa se introdujo el baño y la alcoba como espacios de intimidad. La invasión de la intimidad a través de la apropiación de los datos, de nuestros escritos, conversaciones e imágenes nos devuelve a un pasado premoderno en donde el individuo vivía en hipervisibilidad bajo la mirada de los otros de la tribu o la familia. Desgraciadamente ahora, nuestra imagen, palabra, o el recuerdo de nuestros actos se convierten rápidamente en mercancía para las empresas de anuncios y ofertas que, a su vez, invadirán nuestra intimidad. En ocasiones, como tantas veces ocurre en la historia, esta sumisión es voluntaria y nosotros mismos regalamos al mercado nuestras imágenes y datos