Compartir en redes sociales

Méndez (Archivo personal de la autora)

Entrevista

11 Mar 2020

Begoña Méndez, ensayista

“Las escrituras del yo coinciden siempre en la extrañeza que supone vivir”

Esther Peñas / Madrid

¿Qué se uno cuando escribe un diario íntimo? ¿Hasta qué punto la autenticidad al escribirlo no está sojuzgada por su futura publicación? ¿Qué territorio –emocional- conforma la escritura del yo para la mujer? ¿Por qué se escribe desde esa intimidad última? De estas y otras cuestiones nos habla la ensayista Begoña Méndez en Heridas abiertas (Wunderkammer), un acompasar la escritura de un ramillete de mujeres (diez) que hicieron de la búsqueda de su identidad palabra compartida.  

Las heridas abiertas plasmadas en estos diarios, ¿en algún caso cicatrizaron?

Creo que las poéticas de la intimidad son esencialmente paradójicas porque, si bien constituyen una forma artística de curación, exigen también un ahondamiento en la llaga. La imbricación entre carne y palabra, entre literatura y vida propia de los diarios dificulta, sin duda, la cicatrización, y de ahí el título del ensayo. De todos modos, me parece que hay en el libro dos grandes grupos de autoras: las que no se recuperaron de sus heridas y las que sí. Al primer grupo pertenecen quienes optaron por el suicidio: Teresa Wilms Monnt, Marga Gil Roësset y Alejandra Pizarnik. Del otro lado, están Santa Teresa, Soledad Acosta, Zenobia Camprubí, Lily Íñiguez, Idea Vilariño, Susan Sontag y una vivísima y resplandeciente Mariana Eva Perez. 
 
¿Por qué estas autoras y no otras… se me ocurre, por ejemplo Rosa Chacel, o Martín Gaite? 

Fíjate que tú me nombras a Chacel y a Martín Gaite, mientras que hace poco otra periodista se preguntaba por qué no Anaïs Nin o Virginia Woolf que serían, afirmaba ella, “las más esperables”. Me encanta esta pregunta porque revela que muchas de nosotras somos lectoras de diarios íntimos de mujer y que todas tenemos nuestras predilecciones. En mi caso, todo empezó por Diario de juventud de Idea Vilariño. Un hallazgo que me llevó a investigar y a conocer a otras autoras de las que no había oído hablar, como Lily Íñiguez o Soledad Acosta y que me impactaron profundamente. Y empezó a apetecerme mucho leer diarios de mujer poco conocidos como el de Marga Gil Roësset o el de Mariana Eva Perez que, pese a llevar un excelente prólogo del escritor Patricio Pron, ha sido, en general, poco celebrado en España. Tal vez la excepción sean los diarios de Alejandra Pizarnik, porque incluso los cuadernos de Susan Sontag han tenido una recepción muy tibia por lo que precisamente a mí me cautivaron, por su condición bruta y sin depurar, por su escritura salvaje y descarnada. Podría decir en realidad que hablo de una serie de diarios que fueron cayendo en mis manos y que me afectaron por su capacidad de conmoverme, por sus desnudamientos estéticos y vitales. 

¿De qué modo –distinto del de la lectura de otros géneros- nos transforma, nos conmueve la lectura de los diarios?

En Heridas abiertas digo que hay que leer los diarios con sumo cuidado porque lo que tienes entre tus manos no es sino un fragmento de vida ajena, la escritura de alguien que ha decidido transformar su experiencia íntima en palabra comunicable, y eso me parece impresionante. Creo que la decisión de escribir un diario tiene que ver con la pregunta por la propia identidad, una cuestión que desvela siempre nuestra existencia precaria. Preguntarse ¿quién soy yo? significa interrogarse por el lugar que uno ocupa en el mundo, por las relaciones que uno establece consigo mismo y con los otros. En ese sentido, los diarios íntimos hablan acerca de cómo los cuerpos habitan el mundo, pero también acerca de cómo el mundo nos habita. Las autoras se muestran vulnerables y es imposible no reconocerse en ellas, imposible no sentirse interpelada por sus llagas. Lo que me atrae de los diarios es la voluntad de transformar los desgarrones de la identidad y las heridas vitales en un discurso artístico. 

En un diario, ¿en qué punto el yo deja de ser estricto lugar interior?

La intimidad escrita se propone trascender la pura interioridad del yo para convertirla en una experiencia comunicable. Creo que la idea de que “lo personal es político” explica muy bien el lugar que ocupa el yo íntimo. Pienso en las dos autoras que abren y cierran el ensayo; en Santa Teresa, que escribió por orden de sus confesores para justificar sus encuentros místicos con Dios; una escritura en origen subalterna que, paradójicamente, le otorgó mayor poder y autoridad dentro de la iglesia. Y pienso también en Mariana Eva Perez, que escribe Diario de una princesa montonera desde una identidad secuestrada y con la voluntad de transformar su testimonio de hija de asesinados durante el régimen de Videla en un discurso a la vez colectivo e íntimo a través del cual recuperar de algún modo a sus padres, restituir su identidad arrebatada y poder por fin construirse una vida.

En Zenobia el diario era un taller literario; en santa Teresa un modo de reafirmarse, en Pizarnik un modo de autoconocimiento… ¿Hay características comunes en la escritura que refleja la intimidad de la mujer?

Precisamente lo que trato de explicar en el ensayo es que la literatura íntima no es prerrogativa de las mujeres, sino que se trata de un discurso feminizado, es decir, de un género literario denostado como literatura verdadera. De hecho, es significativo cómo los hombres suelen describir sus cuadernos como “diarios de escritor”, como si el adjetivo “íntimo” descalificara la literatura “de verdad”. Este tema da para otro ensayo. En fin, yo defiendo que los diarios, sean femeninos o no, se caracterizan por girar, invariablemente, alrededor de una serie de preocupaciones que son la identidad, el cuerpo, las relaciones afectivas y el lugar que como individuo se ocupa en el espacio público. 

¿Hasta qué punto “la intimidad es una práctica de alto riesgo”?

La intimidad es de alto riesgo cuando un escritor la toma con la vocación de decir su propia verdad aun a riesgo de ponerse en peligro. La intimidad es arriesgada cuando implica exponerse a la luz pública y cuando pretende arrojar luz sobre las propias heridas, que son siempre también las heridas de los otros. La intimidad es exhibicionista solo en la medida en que sirve para decir secretos a voces. Es impúdica y molesta. Eso es lo que me gusta de las autoras de las que hablo en el ensayo, que todas ellas, de un modo otro, son irreverentes y revientan las costuras estrechas de lo que se supone que significa “ser mujer”.

¿Cambia el hecho de escribir un diario sabiendo que va a ser entregado (es decir, publicado en algún momento, siquiera póstumo)?

Creo que incluso si un autor, en este caso una autora, no escribe con la idea de publicar, la decisión de escribir la intimidad implica aceptar la presencia de un posible lector futuro. Hay autoras como Idea Vilariño o Alejandra Pizarnik que, conscientes de su valor literario, dejaron sus cuadernos preparados para ser publicados post mortem; hay autoras como Teresa Wilms Montt o Susan Sontag, que escribieron su intimidad como forma de subsistencia. En realidad, los motivos y los fines últimos no importan demasiado. Todas ellas coinciden en haber tomado la estética de la impudicia y la poética de la sinceridad como herramientas para la creación literaria y para la reivindicación de su ser en el mundo.

Escribir un diario, ¿es un acto libre?

No sé si es un acto libre, pero en todo caso puede ser un acto liberador. Escribir un diario puede ser una imposición, como lo fue en el caso de Santa Teresa, pero incluso bajo estas condiciones, la literatura siempre puede intervenir en la realidad y transformarlo todo en otra cosa. Puede acallar los fantasmas interiores o por lo menos calmarlos, puede servir para intentar salirse de sí e ir hacia los otros. Puede mitigar el dolor y la soledad y la indiferencia del mundo. Escribir un diario es, sobre todo, un acto de fe.

Le devuelvo una pregunta a propósito de Marga Gil: ¿Puede una mujer convertirse en objeto de nadie?

El caso del diario de Marga Gil me parece clamoroso. Su texto ha quedado reducido a carta de amor desesperado hacia Juan Ramón Jiménez, cuando creo que su cuaderno es valiosísimo para comprender de qué modo una mujer puede ser disminuida en vida, siempre infantilizada, y de qué modo puede ser reducida, tras su muerte, a figura de leyenda: la belleza alienígena que se mató por Juan Ramón. Leer su diario supuso, para mí, descubrirla como escultora y como mujer ninguneada. Ese es el peligro de terminar convertida en “un objeto de nadie”, es decir, en una leyenda al servicio de la gloria de algún otro.

Hay mucho de estética suicidaría en los diarios que analiza, sobre todo en los de Marga, en los de Idea, en los de Alejandra… ¿cuál es el gran tema –de haberlo- que acoge esta escritura del yo?

Las escrituras del yo coinciden siempre en la extrañeza que supone vivir, en el pasmo de ser un cuerpo arrojado al mundo. Lo decía antes: no hay una intimidad femenina ni otra masculina. La intimidad es un yo abierto en canal y herido que se escribe para tratar de reconstruir la identidad huida y en ese ejercicio, paradójicamente, las heridas se reabren una y otra vez.

De las mujeres que deambulan en estas páginas, ¿por cuál siente predilección?

Te diré, si me permites, con qué me quedo de cada una de ellas. De santa Teresa, su desvergüenza erótico-mística maquillada de humildad. De Zenobia Camprubí, su intimidad bajo llave para preservarla del control materno. De Soledad Acosta, su incapacidad de ser un dulce ángel del hogar. De Lily Íñiguez, su compasión abrumadora hacia todo existente y su escritura exquisitamente romántica. De Teresa Wilms, su increíble comprensión de la condición humana y su voluntad inquebrantable de no ceder nunca al cinismo. De Margarita Gil, su melancolía supurante y su piedra tallada. De Idea Vilariño, su fusión entre escritura y vida, su poesía depurada y desnuda, su amor autárquico y solo. De Alejandra Pizarnik, su capacidad para decir el malestar fundamental con un lenguaje poético sobrehumano y desgarrador. De Susan Sontag, la fragilidad impensable de la mujer sola que odia lavarse el cabello. De Mariana Eva Perez su humor salvífico, su risa que todo lo limpia. 

Hoy en día, ¿tiene menos sentido que una mujer escriba diarios?

Nunca es un mal momento para transformar la experiencia íntima en un discurso literario. No puede haber nada con más sentido que una mujer registrando su existencia no solo para poder compartirla y sentirse menos sola sino también, sobre todo, para transformarla en un instrumento de intervención política.