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José Aníbal Campos

Entrevista

20 Mar 2020

José Aníbal Campos, traductor

“Lo pretendido por lo políticamente correcto es crear ciudadanos infantilizados, mudos, robotizados”

Esther Peñas / Madrid

¿Ustedes recuerdan Cuando los inviernos eran inviernos? Cuando el frío se erigía en la estación correspondiente sin posibilidad alguna de que la calidez en las temperaturas asomase siquiera un momento? Con ese título, el ensayista berlinés Bern Brunner (1964) se adentra –pertrechado de abrigo- en aquellas culturas que hicieron del invierno su propio vergel. Publicado por Acantilado, hablamos con su traductor, José Aníbal Campos (La Habana, 1965).

¿Por qué este libro? ¿Cómo surge la posibilidad de traducirlo?

Hace unos tres años la editorial Acantilado me encargó hacer un informe de lectura de Als die Winter noch Winter waren (título original del libro), y quedé tan complacido que redacté un informe muy entusiasta en el que recomendaba la compra de los derechos y la posterior traducción. Ahora bien, aunque el gusto personal juega un importante rol, la labor del que recomienda un libro por encargo no puede (no debe) limitarse a cuestiones de preferencias individuales. Muchísimo menos deberían considerarse ventajas personales de ninguna índole, como el «prestigio» que puede reportarte el nombre de un autor más afamado o la perspectiva de unos ingresos mucho mayores, factores todos que pudieran (pero jamás deberían) desempeñar entrar a considerarse cuando el que recomienda un libro es también su potencial traductor. (De hecho, ese mismo año, en otros dos informes, desaconsejé la compra de derechos de un Premio Büchner—que viene siendo el Cervantes de las letras alemanas—y de una autora muy reconocida con una novela de más de mil páginas, los cuales, respectivamente, prometían un punto más en mi currículum y honorarios más cuantiosos.) ¿Por qué entonces este libro en concreto, este autor hasta entonces desconocido en nuestro entorno? Tomando como punto de partida la calidad probada de un libro, lo segundo que debe guiar una evaluación es el catálogo de la editorial a la que recomiendas una obra. Y el tipo de ensayos que escribe Bernd Brunner encaja a la perfección en el perfil de Acantilado: un ensayo erudito, pero escrito y «compuesto» no sólo para eruditos ni para un público demasiado especializado. Un ensayo, por tanto, que aparte de enriquecer nuestro entorno cultural con una visión nueva, promete tener cierto éxito de público. Nuestra era, entre otras catástrofes mayores o menores, padece también la que genera una dispersión nunca vista del conocimiento, y los libros de Brunner son un ameno y bien documentado compendio de saberes sobre un tema específico. Además, constituyen un ejemplo excepcional de la tan fascinante «lateralidad» del pensamiento, del enfoque a la hora de abordar un tema, algo también muy afín a nuestra época (si bien uno de sus rasgos más positivos): la derogación de un pensamiento vertical, jerárquico, el cuestionamiento de los moldes de pensar académicos, canónicos, unilaterales, monolíticos, teleológicos y dogmáticos. Gracias a este primer libro que leí de Brunner, he pasado a devorar con entusiasmo todo lo que ha escrito, y he descubierto a un autor fascinante, casi adictivo. Y espero que muchos lectores lo perciban igual, tanto con este libro como con otros que verán la luz en el futuro.

¿Cómo era el mundo cuando los inviernos eran inviernos?

Sería un atrevimiento que yo, natural del Caribe, pretenda responder con credibilidad a una pregunta sobre un fenómeno que desconocí a lo largo de casi cuatro décadas. Más bien podría enumerar con bastante propiedad lo que significaron los 37 años que pasé sin conocer el invierno. Una etapa de mi vida que recuerdo con desgradado, a veces incluso con horror. Una vez una periodista alemana me preguntó si me había marchado de Cuba por motivos políticos. Le dije que sí, sin duda, que las circunstancias políticas de aquel país fueron el factor número uno, pero que también me había largado por problemas climatológicos: «Demasiado calor para mí», le dije. Otro buen ejemplo lo tengo en mi hija, que llegó a España con 12 años, cuando por fin las autoridades cubanas le otorgaron un «visado de salida». Llegó a finales de octubre, y al cabo de un mes cayeron las primeras nieves en su lugar de residencia: la Galicia interior. Preocupado, un buen día le pregunté cómo asimilaba aquel cambio tan brusco en el clima, tan radical para una adolescente hasta entonces crecida en La Habana. Ella, tan campante, me respondió: «Es una gozada, papá. Siempre había soñado con estar en un lugar donde pudiera vivir el cambio de las estaciones». El libro de Brunner, como promete el título, ofrece, en pinceladas, algunas claves sobre esas épocas en las que los inviernos eran más intensos, más próximos a lo que hoy entendemos por ello. Sin embargo, no encontraremos en él una prédica ecológica militante. Ése no es su objetivo. Lo que más me ha gustado de su planteamiento es la manera en que el autor aboga por una comprensión diversificada y no jerárquica, «lateral», de esa estación, o por la convivencia de varias formas de percibir (de aceptar y convivir con) la época fría del año. 

A pesar de ello, el invierno tiene sus olores (la lumbre, por ejemplo), sus sabores (los guisos). ¿Qué es lo que más fascina de esta época: es la nieve, es su simbolismo, es el recogimiento?

Después de casi veinte años en Europa, sí que puedo enumerar algunos momentos de gran fascinación asociados al invierno. Lo primero, para mí al menos, es la productividad intelectual. El recogimiento al que te obliga el invierno proporciona un marco de trabajo ideal para quien traduce literatura y, como yo, pretende investigar o—como recurso último—escribir. Otros momentos se vinculan a placeres más terrenales como los que mencionas: comidas riquísimas, más sustanciosas, el ritual del vino al final de la jornada, el calorcito en casa mientras fuera todo yace bajo un manto gris. Una de las «vacaciones» más gratas que recuerdo las pasé haciendo las veces de house- & dog-keeper en diciembre y parte de enero para unos amigos de la campiña austriaca, en una casita de campo que se caldea con una estufa de azulejos alimentada con leña. O mis estancias de trabajo en la Casa de Traductores de Looren, en Suiza, que suelo planificar siempre que puedo en los meses más crudos del invierno. Yo creo que lo más fascinante es esa posibilidad del Einkehr, como se dice en alemán, que puede significar «reflexión», «recapitulación», «examen de conciencia», pero que gracias a esa fascinante textura gráfica casi palpable de la lengua alemana no es sino un «regreso, una vuelta a uno mismo». Todo esto, claro, depende de que estén dadas las condiciones materiales para mantener el invierno a raya. Un sintecho no podría decir lo mismo. Tampoco quien no pueda pagarse la calefacción en un país frío. (Y no debemos olvidar que en esta época de vesania general, todavía controlable, pero ya muy próxima a salirse de sus casillas, cualquiera de nosotros puede verse afectado por la ruina material o física.) Yo mismo –aun siendo todavía, más o menos, un privilegiado—, recuerdo mis primeros años en España, cuando carecía hasta de la esperanza de poder volver a trabajar en mi profesión y curré en una empresa de jardinería en Galicia. Mi percepción del invierno en esa etapa era bastante menos edificante. 

¿Es más proclive el invierno a supersticiones? Pienso que si nieva el primero de año habrá abundancia de abejas…

Bello ejemplo el que pones. Pero supongo que la superstición, ese—digamos—pensamiento mágico, es algo consustancial al ser humano en cualquier región y en cualquier clima. Yo creo que lo que nos fascina a los mediterráneos o caribeños de las regiones más frías tiene que ver con el anhelo de aquello que no posees o conoces del todo. No es menor la fascinación histórica de los escandinavos, los ingleses o los alemanes por Italia, por ejemplo, o los países tropicales. (Recientemente he descubierto por casualidad, mientras investigaba sobre otro tema en periódicos de la época, el artículo original que da pie a las investigaciones realizadas en las Islas Canarias por un médico y antropólogo nazi como Eugen Fischer, y hay que leer las loas que emite Fischer a esas islas en un momento en que cree haber descubierto allí el origen de la «raza aria». Resulta interesantísimo leer cómo los anhelos más profundos de los pueblos se mistifican y dan pie a descabelladas teorías, instrumentalizadas en función de una ideología.) Pero, en fin: para hallar respuestas a los diferentes matices y visiones del invierno, creo que lo mejor es invitar a los lectores a buscar el libro de Brunner, exhortarlos a descubrir un autor muy interesante y a estar pendientes de próximos libros suyos. Estoy convencido de que va a fascinar a muchos lectores.

A principios XIX el verano desapareció en Europa. Hoy es impensable algo así. Al contrario, parece que el invierno, con el cambio climático, va camino de perder poder y presencia…

Efectivamente. El libro de Bernd Brunner aborda muy bien esa etapa llamada «Pequeña Edad de Hielo» que de pequeña tiene poco, ya que se extendió del siglo XIV al XIX, en una sucesión continua de oleadas de frío que sumieron a la Humanidad en hambrunas y radicales cambios sociales y políticos. La historia nos demuestra que siempre hemos pasado por cambios climáticos drásticos. Pero eso no debería ser el argumento (interesado, como suele ser) de los negacionistas del actual cambio climático, un cambio provocado de manera muy fundamental por nuestra codicia y por una irresponsabilidad basada en una idea completamente falsa del progreso. Nuestra época demuestra que esa idea errónea de progreso lo ha contaminado todo, muy especialmente el discurso político de cualquier color, las ideologías y los modos de comportarnos. Me gusta ejemplificarlo con un esquema algo abstracto, pero ilustrativo: toda nuestra idea de progreso material (y a ella se asocian casi todas las demás ideas de progreso intelectual) está vinculada a dos movimientos violatorios, usurpadores, en línea vertical: penetrar más hondo en la tierra (la minería, la explotación descontrolada de recursos fósiles, por ejemplo) y ascender cada vez más alto, en una especie de «violación del espacio aéreo» (la conquista del espacio, los satélites que hoy controlan electrónicamente todos nuestros movimientos y hasta nuestros comportamientos públicos). Toda esa idea se apoya en una arrogancia que sólo es inherente a ese animalito patético llamado «ser humano», porque ningún animal consume ni desea más de lo que estrictamente necesita para sobrevivir. Es un conflicto muy antiguo que no hemos sabido resolver. En el diálogo preparatorio para esta entrevista, me preguntabas si el invierno era un «intruso» en nuestras grandes ciudades. Yo propongo invertir la perspectiva y plantear que, en buena lid, las verdaderas intrusas serían nuestras ciudades y nuestro modo de vida cada vez más descabellado y contra-natura

¿Cuál es la labor de los traductores en el hallazgo de nuevos autores –nuevos, en cuanto a desconocidos en nuestro país? 

Me alegra que me hagas la pregunta. Y permíteme que hable por mí. Lo más común y generalizado es que a los traductores se nos vea como a gente que presta un servicio y al que luego se le paga (o no) y despacha hasta ser convocado para el encargo siguiente. Desde mi punto de vista, es muy lamentable que esto sea así, pero sobre todo me parece tristísimo que muchos colegas prefieran verse de ese modo. Porque estoy convencido de que una parte considerable de la mala calidad, en España, de fenómenos tan importantes como la crítica literaria o el debate cultural se debe a la marginalidad de los traductores en la vida de la cultura. Es cierto que como traductor autónomo uno no puede dedicarse únicamente a traducir lo que le gusta. En 30 años de experiencia he traducido de todo, y la mayoría de las cosas que he traducido han sido encargos. A veces, incluso, obras a las que no consigo siquiera verles un valor de ningún tipo. Ni estético ni cultural. Yo, en cambio, quiero ser el traductor que interviene en el canon, que propone no sólo autores no publicados en castellano, sino también aquellos que realmente podrían dar una visión menos dogmática de lo mencionado al principio: la concomitancia, siempre, en todas las épocas y en todas las literaturas, de muchos estilos y tendencias, la invalidez de unos cánones construidos por los poderes fácticos. Y fíjate que subrayo lo de literaturas, en plural. Resulta penosísima cierta proclividad existente aún en la crítica española a hablar de LA literatura alemana, cuando en realidad siempre han existido muchas literaturas en esa lengua. Me resulta incomprensible que el canon de lo que debe ser lo alemán apenas se haya renovado en los últimos casi cien años, salvo por dos o tres nuevos nombres incorporados. En fin: mis esfuerzos (y créeme que es una tarea muy ardua) van encaminados a realizar esa labor «pedagógica», a intentarlo al menos. Voy a poner un ejemplo concreto y bien candente: hoy en día parece haber un despertar masivo del interés por la llamada «literatura de mujeres». Eso está muy bien, en un principio. Hay en ello un gran potencial liberador, seguramente. Podría ser una gran oportunidad. Pero, como suele ocurrir en medio de la vorágine de cualquier fenómeno masivo, se corre el riesgo de no saber discriminar lo verdaderamente valioso de lo superfluo. Desde que tengo uso de razón como germanista he estado atento a la obra de centenares (créeme: centenares) de mujeres artistas, pensadoras o escritoras que dejaron un legado que hoy ya nadie apenas recuerda o que fueron totalmente silenciadas. Me precio de haber ido acumulando a lo largo de estos treinta años un extensísimo catálogo de autoras del pasado (muy especialmente de la época de entreguerras) cuyos aportes (de una vigencia escalofriante) dejarían boquiabiertos a muchos. Autoras que en muchas ocasiones no conocen siquiera colegas, editores o intelectuales alemanes, suizos o austriacos. A la par, sin embargo, he ido acumulando una larguísima serie de decepciones debido a la infructuosidad de mis propuestas. Tengo bien documentadas todas esas propuestas hechas a editoriales, a lo largo de muchos años, sobre autoras valiosísimas. Y siento decirlo, pero la explicación de que el patriarcado ha impedido que se publiquen no me convence. Me temo que tanto antes como ahora lo que ha primado y prima, muchas veces, ha sido y es un criterio puramente comercial, bastante superficial muchas veces. Hoy esto vende, y los «proponedores» (y las «proponedoras») se han guiado por ese criterio. También algunos editores (y editoras). Claro que ahora la coyuntura es buena, y algo de luz veo al final del túnel. Algunas propuestas se conocerán próximamente. Pero, me gustaría a invertir dialécticamente el planteamiento: lo mismo que hay un sinfín de mujeres de esas épocas, olvidadas o silenciadas y con una obra valiosísima, hay también muchos escritores (varones) silenciados y olvidados, con una obra grandiosa, nunca publicados en España. Nunca de nunca. ¿Qué va a pasar ahora con ellos a resultas de esta «moda»? ¿Se les descartará por formar parte del «patriarcado»? Ya lo iremos viendo. En resumen: yo quiero ser el traductor que interviene en esos procesos, que ejerce la crítica cultural, y esa actitud me trae muchos sinsabores, e incluso enemistades. Pero sigo aquí. Soy y seré ESE traductor que intento describir aquí. Y si bien me entristece, no por ello menosprecio a ningún otro colega que entienda su labor de otra manera. Todo lo contrario: tengo una conciencia infinita y muy firme de que todo este sacrificio y todos esos sinsabores repercutirán también en beneficio de todos, de los demás traductores y traductoras, de la cultura general en mi lengua materna (la de mis dos regiones de origen, América Latina y España), de los lectores y de su crecimiento personal e intelectual.  

En cuanto a la labor de la traducción, a veces pasamos por alto que en realidad leemos tanto a Calvino como a Aurora Bermúdez, a Poe como a Cortázar, a Proust como a Salinas, a Brunner como a Campos… ¿Está reconocida la labor de los traductores? 

Hay algunas (pálidas) mejoras en el reconocimiento. Pero, a mi juicio, no bastan, siguen siendo cosméticas. Los factores que inciden en ese reconocimiento insuficiente son muchos, y la culpa no sólo la tiene el gremio editorial. Creo que a veces se confunde, al hablar genéricamente del gremio editorial, a los grandes tiburones de la edición (esos grupos gigantescos y a veces despiadados) con los pequeños y medianos editores. Hace mucho que no trabajo para grandes grupos, por lo menos desde 2012. Y mi experiencia con las pequeñas y medianas editoriales es, salvo una sola excepción, fantástica (y cuando digo fantástica me refiero a todo: a la mejora progresiva de la paga, a la consideración para las entregas, a la disposición a aceptar mis condiciones, a la capacidad para escuchar mis necesidades y a escucharme y aceptarme propuestas). Vaya a todas, aquí, mi reconocimiento: desde Acantilado, Periférica, Sexto Piso o Libros del Asteroide a otras bastante más pequeñas como La Moderna (la pequeña pero excelente y combativa editorial de Extremadura), la asturiana Hoja de Lata o La Felguera. También a la mexicana Herder. No es que no haya conflictos o desacuerdos. Es bueno, es preciso incluso que los haya. Pero, a la larga, con todas esas editoriales hemos llegado siempre a acuerdos sensatos y beneficiosos para ambas partes, y en el trato de todas ellas ha primado siempre el respeto al traductor que soy y quiero ser. Ahora bien. Otro factor reside, a mi juicio, en el gremio mismo. Existen hoy en día tanto un vacío ético como una desregulación, así como una lucha feroz por los encargos que propician las circunstancias adecuadas para que ciertas malas prácticas queden invisibilizadas por los discursos «preciosistas», entreverados de un optimismo infundado. Por desgracia, en España se admira más al listo, al pillo, que al honesto. Y esta ha de ser una lucha, ante todo, que sólo podrá ganar la honestidad individual (esa que se concreta «cuando nadie te ve»): hasta que la gran mayoría de los colegas no se plante a título individual y diga: «Por debajo de esta tarifa y con estas condiciones yo no acepto ningún encargo», no habrá mejoras cuantificables, todo seguirá siendo, por mucho tiempo, alharaca. No cabe entrar aquí en los casos grotescos con los que me he tropezado. Hay, ciertamente, un problema de base, y es estructural, sistémico: la ley del libre mercado prohíbe la fijación de tarifas. Sin embargo, en países poco sospechosos de ser comunistas como Austria, Alemania, Suiza u Holanda, donde rigen las mismas leyes neoliberales del mercado, los colegas han logrado fijar un mínimo de dignidad en las condiciones. ¿Por qué allí eso se ha logrado y entre nosotros no? Creo que su ventaja reside en que la gran mayoría de esos colegas no violaría el acuerdo tácito gremial cuando nadie los está viendo. Esa es, creo, la gran diferencia. El que se las dé de listo en un gremio como el de esos países mencionados y acepte a escondidas una tarifa o condiciones indignas, corre el riesgo de desprestigiarse ante los otros si se detecta su artimaña. En España, precisamente, se tiende a aislar y censurar al que cae pesado al «gran colectivo entusiasta» porque plantea con honestidad sus desacuerdos y alza su protesta en público. Se condena, en definitiva, al que en buena lid ha decidido llevar a cabo su lucha individual por sus derechos, los propios y los de todos, sin apenas ventajas para sí mismo. 

Luego hay otro problema grave: el intrusismo. Resulta vergonzoso, a estas alturas, lo generalizadas que están en España, todavía, ideas como que «un escritor es mejor traductor». O el halo de santidad que envuelve a algunos traductores que trabajan por «amor a la literatura», es decir: sin cobrar. Hay ejércitos de filólogos de Hispánicas con ínfulas de excelsos escritores y conocimientos muy precarios de idiomas extranjeros que traducen (muchas veces de gratis) con tal de añadir a sus currícula, ya engordados con 200 (malos) libros, los galones de haber traducido a la poeta más cual o al místico chino tal. Los casos de intrusismo más insólitos que he visto en treinta años de carrera profesional los he visto en España. Sin necesidad, porque hay grandes profesionales de la traducción allí, con profundos conocimientos de uno o varios idiomas y sus culturas respectivas. (España no es Georgia, por poner ejemplo, esa antigua república soviética donde hay mucho por traducir todavía y es a veces preciso recurrir, para dar a conocer grandes obras de la literatura universal en el idioma nacional, a gente sin tanta experiencia o a fórmulas menos profesionales.)  Creo sinceramente que el mejor modo de contrarrestar esa tendencia desmoralizadora para la cultura española es que los traductores—los que quieran—participen mucho más activamente en la vida cultural, hablando de los libros y los autores que les atañen, de las obras que los conmueven o de las lenguas y las culturas que sí conocen bien. Y esto es un llamado, también, a las editoriales. A la hora de presentar una nueva obra con el autor o la autora traídos del extranjero, en lugar de contratar a una de esas mediáticas estrellitas de mazapán que tanto abundan en España, o al amiguete de turno, llamen al traductor o a la traductora. Menos amiguismo, menos clientelismo y más profesionalidad en el mundo del libro, eso es algo que nos hace falta. A la larga, es una inversión mínima que se revertirá luego en beneficios mayores para las editoriales que lo hagan. Hasta ahora, por desgracia, casi siempre que un traductor participa junto a un autor o una autora en la presentación de «su» libro ante un público general (no ya dentro del gremio traductor, bastante activo en lo de organizar veladas internas, para traductores), ello se debe o bien a que el propio autor lo ha pedido o exigido o a que los gastos los cubre generosamente alguna institución extranjera como el Goethe Institut, el Foro Cultural de Austria, el British Council o la Alianza Francesa. Esa es otra de mis labores: cada vez que se me propicia un contacto con alguna de esas instituciones, hago la misma recomendación: «Exijan (hasta donde puedan) que sean los traductores los “presentadores”, son ellos los que más saben de un libro en concreto».

Entre mantener la más estricta fidelidad al texto original y respetar no tanto la forma como la idea, ¿qué prefiere José Aníbal Campos? 

En traducción vale la sabia máxima gallega del «Depende». En literatura es imposible separar la forma de la idea, del contenido. Y la situación ideal es poder mantener ambas. Pero hay casos y casos. Por ejemplo: te encargan traducir un ensayo cuya idea no está mal, pero la forma, el estilo son horrendos. Mi función no es mejorar el estilo del autor, pero tú trabajas también para un público, y si aceptas el encargo tienes el deber casi moral de pensar en ese público. En ese caso, cabe entrar en una negociación con la editorial para que el trabajo entre la corrección de estilo y el traductor sea más estrecho, a fin de hacer el libro más legible y, sin embellecerlo innecesariamente, sí al menos llegar a hacer que su notable mensaje llegue con fidelidad al lector del mejor modo posible. (Esto se da últimamente con bastante frecuencia, ya que algunos grandes grupos y editoriales alemanas se están ahorrando pasta en el Lektorat, la corrección de estilo, la edición técnica.) Luego están las «infidelidades» o «fidelidades» propias de las diferencias de culturas. Otro ejemplo: en alemán, el modo habitual de preguntar la hora es Wie spät ist es? (literalmente: «¿Cuán tarde es?»). Si estás traduciendo una novela de trama y estilo sencillos, que narra una historia cotidiana sin trascendentalismos ni metafísicas, no te vas a poner estupendo y a traducir la frase de manera literal. Pero si te encuentras la frase en un contexto donde sea importante destacar cuánto revela de una mentalidad esa forma de preguntar la hora (como si para los alemanes nunca fuera lo suficientemente temprano), estás obligado a optar por la literalidad. En ambas situaciones estás actuando con lealtad al texto original. Otro ejemplo: hace un tiempo traduje una correspondencia de Stefan Zweig. El austriaco se despedía prácticamente en todas sus cartas con frases hechas relacionadas con la lealtad: «Fielmente suyo, su fidelísimo», etc. No es una fórmula tan frecuente en español, ni siquiera en el de aquella época: hacia 1915. Uno puede tender, quizá, a sustituir esas fórmulas de despedida por alguna frase hecha común al castellano de la época: «Muy atentamente», o «Devoto de usted», cosas por el estilo. Pero yo defiendo la idea de que ese uso (ese abuso) de la idea de «lealtad» encierra toda una mentalidad, la de un hombre que se formó intelectualmente en el entorno castrense de la monarquía austrohúngara, un hombre que, en esos momentos, estaba cumpliendo su servicio militar, por lo tanto es mi deber reproducir eso, compartir esa información de suma importancia con el lector. Y no hablemos ya de ciertas exigencias de moda en relación con la terrorífica political correctness. Un caso escandaloso se ha dado ahora en Alemania con la nueva traducción de Gone with the Wind, la novela que sirvió de base a la famosa película. Los traductores optaron por eliminar todo elemento que consideraran racista, en un acto de paternalismo extremadamente peligroso. Porque, cabe preguntarse: ¿cuál es el criterio para eliminar una variante del lenguaje que Margaret Mitchell, la autora (que no tenía nada de racista) empleó en su obra precisamente para denunciar el racismo de la época que narra? ¿Se conseguirán sociedades menos racistas en el futuro si le escamoteamos a un lector adulto y responsable los mecanismos del lenguaje de una discriminación que realmente existió, que todavía existe incluso? Borrar ese pasado real, ¿evitará que resurja con fuerza el racismo en el futuro? No lo creo en absoluto. Creo más bien todo lo contrario: toda enmienda a las injusticias del pasado sólo se logrará (si es que se logra) bajo la premisa de conocer al detalle esas injusticias y sus mecanismos, no ocultándolos. Ocultarlos es abrir la caja de Pandora para que se repita lo mismo. Como mínimo. Nuestros días nos demuestran cuán poco hace falta para despertar ciertos viejos demonios. Sólo con esas amargas referencias culturales del pasado podemos enfrentarnos a desafíos nuevos. Pero estoy convencido, desde hace mucho tiempo, de que lo pretendido por la political correctness es precisamente crear ciudadanos infantilizados, mudos, robotizados, imposibilitados de llamar a las cosas por su nombre, su fin es anular todo tipo de debate dialéctico. Es una operación gigantesca de programación (en sentido cibernético) de un newspeak y de un «hombre nuevo», optimizado.  

¿Cuánto tiene de creación la traducción? 

Mira, este es un oficio arte-sano. Tu creatividad individual ha de estar siempre sujeta al original. Es esclava de ese original. Y eso, a decir verdad, es una suerte enorme, y ha sido para mí una gran escuela de escritura y de reflexión sobre el arte literario. Esto es un trabajo puramente artesanal que está siempre en función de otros, no de tus veleidades. A veces, en una ensoñación (o más bien en una pesadilla), me imagino una situación vital pasada en la que hubiera tenido la libertad y los medios para escribir un libro tras otro (algo que fue siempre en mí una vocación) y verter en ellos, desde mi primera juventud, cualquier chorrada. Ahora podría tener escritas varias decenas de libros de casi todos los géneros: poesía, relatos, novelas, ensayos a tutiplén, aforismos, un centenar de diarios llenos de estupideces. Ante esa visión, créeme, me horrorizo. Es probable, a mi juicio, que España sea en la actualidad el país literariamente más contaminante de la lengua. La proporción de libros que se publica (y me refiero sólo a lo escrito originalmente en español por españoles) y la pésima calidad de una inmensa mayoría de esos libros es verdaderamente un caso digno de análisis. Quizá sea en todas partes así, no lo sé. Pero no creo que en muchos otros sitios se pueda llegar a ser considerado un «gran autor» o un «poeta serio» como aquí, donde se carece, por desgracia, de una labor crítica y selectiva más rigurosa, donde la «canonización» en todos los niveles (nacional o internacional, pero también local, municipal, provincial) depende no tanto de la calidad misma como del clientelismo. En eso muchos escritores de segunda, tercera y cuarta son unos «maestros», eso al menos hay que reconocérselo.

Postdata en tiempos pandémicos

Pero, realmente, estimada Esther: nada de lo que digo aquí tiene demasiada importancia en estos tiempos. Esta crisis sanitaria nos ha sorprendido de un modo brutal. Ahora sólo cabe cuidarse y cuidar a los demás. Sigo con interés las muestras de solidaridad con el personal médico en España. Es el gesto simbólico más hermoso que he visto en muchos años viviendo allí. Lo comparo con otro momento que viví en Barcelona recién llegado al país: las caceroladas cuando, por mezquinos intereses electoralistas, se intentó culpar a ETA de los atentados del 11 de marzo de 2004. España sabe muy bien cómo crecerse en momentos como ése. Creo que todos los pueblos lo saben hacer. Y me sumo a las muestras de gratitud a toda la gente que está en la calle y en los hospitales ayudando a todos. 

También quisiera pensar hoy, por deformación profesional, en los ejércitos de traductoras y traductores que en todos estos días deben de estar haciendo una labor enormísima, facilitando el intercambio de información médica o sanitaria sobre las distintas experiencias en los países afectados, de China a Estados Unidos. No suelen ser los colegas que más reconocimiento público alcanzan. Trabajan en oficinas, no necesitan engalanarse con haber traducido a Verlaine o Juanita (o Juanito) de los Palotes. Hacen una labor mucho más discreta, pero invaluable. Nos hacen recordar que, ante la perspectiva de la muerte, de una gran catástrofe para todos, todo lo demás (tout le reste) es eso: littérature.