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Cubierta de 'Llega el rey cuando quiere'

Lecturas

31 Ago 2018

Wunderkammer estrena colección con una serie de entrevista al escritor francés

Michon convence (siempre)

Esther Peñas / Madrid

La editorial Wunderkammer (fiel a lo bello en forma y fondo) estrena su ‘Colección Áurea’, un formato diferente (aunque, en otro orden, con el pulso de ofrecer un libro objeto antes que un producto) cuyo primer título, ‘Llega el rey cuando quiere’, recoge una serie de conversaciones sobre literatura con el francés Pierre Michon. 

El rey, es decir, la literatura, acontece. De nada sirve exigir su presencia, tratar de convocarlo con ardides. Esto nos recuerda Michon, al tiempo que insiste –con distintas formulaciones- en que el relato no resuelve la pregunta sino que la pone en circulación. 

Directo, ágil, grave sin resultar apocalíptico ni impenetrable, el galo va desgranando su manera de entender la palabra, su apetito por escribir, nos coloca en la ineludible oblicuidad de la escritura (hablar de uno mismo usando a otro de intermediario), en el territorio ambivalente de la verdad (“toda verdad dicha dos veces se convierte en mentira”), asume la imposibilidad de justificar un texto… habla de Roussel y de Hugo (ambos, por cierto, publicados en Wunderkammer), de Pessoa (“no es el escritor que más admiro pero sí al que más envidio”), de Baudelaire, de Proust, de Bloy, de Borges, de Balzac o Faulkner… 

“No sé qué instancia, en mí, decidió que tenía que escribir, que no podía hurtarme a eso y que, al mismo tiempo, la literatura me resultaba imposible, resultaba imposible a secas, o era risible, o era una desfachatez grotesca, o crapulosa, o demasiado bella. Es como si formulase a la vez mi objetivo y aquello que lo niega”.  
Son numerosas las cuestiones por las que transita Michon a lo largo de estas trece conversaciones (traducidas, también de modo áureo, por María Teresa Gallego): el sentimiento titubeante de lo sacro, la antífrasis, la brevedad como “especie de tiranía” (porque para lo breve no hay rescate posible), la literatura como “forma venida a menos de oración”, las artes (“tienen que apuntar a algo así como una conciliación, una negociación con el mundo, con el prójimo”), el arte como violencia, su apuesta en firme por lo intuitivo y emocional, más que por lo reflexivo (“hay algo así como una necedad o una falta de elegancia en la literatura que se pone a pensar”), su retórica de la incertidumbre, de su querencia por el titubeo…

Michon distingue “por una aparte, los escritores fervientes, que postulan un Otro dilatado que presta sentido a la comunidad de lectores; por otra, los frívolos, que se dirigen a un prójimo simple, disgregado, mínimo” y se enreda (en el sentido más metafísico del verbo) con la complicidad y el conflicto entre lo que somos en la cumbre de nuestro ser y de lo que no podríamos ser sin aborrecernos.

Como en su literatura, las charlas con Michon no tienen tema, ni pensamientos. Solo la voluntad de decir.