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Cubierta de la biografía

Entrevista

13 Sep 2018

José Manuel García, profesor y ensayista

“Ory es mucho más que el postismo”

Esther Peñas / Madrid

Agudo epigramista, apasionado poeta, patafísico cuentista, hacedor de ensayos, de alumbramientos, de vanguardias, de traducciones… Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923, Thézy-Glimont, Francia, 20101). “A ti la que me inspira obedezco y deseo/ a tu invisible huir y tu errante venir/ hacia la honda cuna del ritmo tú me llamas/ trayéndome la concha de la profundidad./ Son sin fin son sin fin los diluvios caídos/ corazones que a tiempo probaron su fragancia/ aquí están todavía las palabras perdidas/y yo compongo un verso de saber y perdón”. 

Creador del postismo, el ismo que viene tras todos los ismos, la vida de Ory, tan intrínseca a su obra, queda recogida en ‘Prender con keroseno el pasado’ (Fundación José Manuel Lara), Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2018. Su autor, José Manuel García, nos adentra en el fascinante planeta Ory.

Ory es un raro, raro al modo en que los consideraba Rubén Darío. ¿Qué le fascinó tanto de este personaje como para embarcarse en una biografía –espléndida, por cierto-?

Precisamente por lo que tú has dicho, formaba parte de esa categoría literaria que siempre me ha parecido muy tractiva, la de los raros, la de los ignorados por la crítica, vilipendiados por la gente que se dedica a legitimar lo que es el canon literario, una figura poco conocida entre los lectores no especializados, periodistas, académicos, escritores. Y porque tuve la fortuna y la suerte de conocerlo, de tratarlo y de compartir con él varios momentos de su vida personal y literaria.

Carlos ¿era un excluido o un autoexcluido?

Ambas cosas. Fue un excluido porque no estuvo en España durante una época y se olvidaron de alguna manera de él; por tanto, vivía fuera, era un escritor excéntrico, fuera del centro, del canon español, era un escritor raro, extravagante y eso, de alguna manera, no caía simpático entre determinados círculos literarios. Pero él también se adscribió a esa categoría literaria de la que hemos hablado antes, los raros. Acabó habitando en ese espacie de limbo que le permitía estar fuera. 

El fuego del título alude no a quemar el pasado sino a alumbrarlo...

El título es un aerolito suyo (greguería, sentencia…). Debió de escribirlo en la posguerra, cuando el queroseno servía para alumbrar sus noches de lectura y de escritura; en su caso está muy bien traído el título porque, como dices, el fuego no solo destruye sino que ilumina, y a la obra de Ory le hacía falta un poco de iluminación, precisamente por haber formado parte de una legión de escritores proscritos durante una época, y cuya obra y vida, ambas tan unidas en él, necesita visibilizarse.

¿Fue Ory el postismo y viceversa?

No. De hecho, lo fundó y luego intentó despegarse. Ory es mucho más que el postismo y el postismo, que viene a ser un movimiento de vanguardia al que se adscribieron luego muchos escritores, es mucho más que Ory. 

Cirlot, ¿la gran influencia en Ory? 

No, Cirlot fue un personaje al que admiró muchísimo, con el que mantuvo una correspondencia de alto vuelos literarios, no tanto personal e íntima, sino a modo de tour de forcé por ver quién era más capaz literariamente hablando. Las dos personas que más le influyeron fueron su padre, el poeta modernista Eduardo Ory y, cuando llega a Madrid, otro Eduardo, Chicharro, con quien montó el postismo. También se olvida a menudo la figura de su primera compañera al llegar a Madrid, Emilia Palomo, una chica intelectualmente muy avanzada, que sabía francés e italiano, estudiaba en la Universidad y estuvo con él varios años. Creo que tuvo una influencia destacada en la personalidad y en la conformación de la obra de Carlos. 

¿Y Gloria Fuertes?

Fue una amiga, con la que inició un cierto noviazgo cuando él estaba todavía en Cádiz. Por aquel entonces, Gloria trabajaba en la revista ‘Flechas y Pelayo’, a donde Carlos le envió unos poemas que Gloria le publicó. En 1942, Carlos hace un viaje a Madrid a un campamento de verano en El Escorial, organizado por esa misma revista, queda con Gloria en Madrid y, a partir de ahí, se establece entre ellos lo que parece una relación amorosa, por los poemas y las cartas que se cruzan, y que luego queda en una amistad sólida que se prolonga toda la vida. Se querían mucho y cada vez que se encontraban lo pasaban bomba, fuera en una taberna, en la calle...

¿Cuánto de falso, cuánto de verdad hay en la leyenda que sitúa a Vicente Aleixandre y a José Luis Cano como enemigos de Ory?

Se ha sido un tanto injustos con ambos, sobre todo con Aleixandre, porque Vicente tuvo con él una buena relación; cuando él publica el Manifiesto Infrarrealista, con Darío Suro, de los primeros elogios que le llegan fue el de Aleixandre, un poeta al que Ory estimó. Luego, imagino que, como alrededor de la casa de Vicente empezó a pulular una serie de poetas entre los cuales él no estuvo nunca porque no quiso, se creó una cierta animadversión. En el caso de José Luis Cano hay algún detalle que revela que Ory nunca le cayó bien; por ejemplo, lo eliminó de antologías en las que tuvo posibilidad de incluirlo. Eso le perjudicó mucho literariamente, lo dejó al margen. Al margen en un país en el somos muy dados a que todo nos lo presenten encorsetado y clasificado, y lo que queda fuera de esto, no existe. 

¿Cuál ha sido el gran hallazgo para usted durante esta investigación?

Me ha interesado mucho lo importante que fue para él la relación con sus mujeres: el amor-odio con su madre, el amor hacia su tía Concha, hacia su abuela, también Concha, y después el amor a Emilia Palomo, a su mujer, Denís, y luego a Laura. Que el amor haya sido algo tan importante me ha llamado la atención, porque Ory es una persona que siempre me ha parecido muy desvalida, incapaz de enfrentarse a los asuntos cotidianos, a los asuntos corrientes a los que nos enfrentamos cada día. Hay un cuento muy significativo, ‘El paquete postal’, que data de mediados de los 60, se siente incapaz de hace un paquete para enviar los originales de un libro que tiene que mandar y no es capaz de acertar a hacer el nudo del paquete, y le pide a su mujer que le ayude.