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Philip Dick

Los raros

1 Oct 2019

Uno de los más metafísicos escritores de ciencia ficción

Philip Dick, el hombre que soñó con ovejas eléctricas

Esther Peñas / Madrid

Guardaba, su rostro, cierta similitud con los bucaneros rollizos y su mirada no deja de ser la de un profeta convencido a medias de su fe. Philip Kindred Dick (Chicago, Illinos, 1928- Santa Ana, California, 1982) es acaso uno de los más metafísicos escritores de ciencia ficción, junto con Stanislaw-Lem (a quien por cierto denunció al FBI por ocultar, tras el nombre, una caterva de escritores esbirros del Partido Comunista de la URSS. Una de tantas alucinaciones).

Su vida es la trama. Su vida es el delirio. Su vida es la propuesta de quedar en la frontera entre la visión –mística o no- y la demencia. Su vida. 

No nació solo. Su hermana melliza, Jane, lo acompañó. Nacieron seis semanas antes de completarse la gestación. Su padre contrató un seguro de vida familiar, por lo que un agente de la compañía acudió al domicilio. Comprobó que ambas criaturas presentaban síntomas serios de desnutrición. Los llevó al hospital. Fue tarde para Jane. Murió por el camino. Apenas cinco semanas duró su vida. Ella, el mellizo fantasma, fue un asunto recurrente en la literatura de Philip.

Estudió con menos convencimiento que resultado y no concluyó ningún grado. Pero era un lector contumaz. E intuitivo. Y memorioso, acaso como el Funes borgiano. A lo largo de su vida los episodios psicóticos son recurrentes y van agravándose con el tiempo. Sus biógrafos apuntan que tal vez fuera esquizofrénico, aunque no hubo dictamen facultativo. Las paranoias severas acampaban con naturalidad y él se entregaba a ellas, y escribió sobre ellas. Para Philip la locura no era una falta de salud, una fisura que empuja al precipicio, sino un síntoma de lucidez, una recompensa de libertad para los individuos en tiempos coercitivos. Un ojo en el cielo o Tiempo desarticulado dan buena muestra de ello. También uno más explícito: La esquizofrenia y el libro de los cambios. 

Consumió drogas. Con querencia a las anfetaminas y al LSD. Sus paranoias aparecían cuando estaba puesto y cuando no. Y algunos episodios reales contribuyeron a acentuarlas. De las cinco veces que estuvo casado (tuvo, además, tres hijos), su unión con Kleo Apostolides, una conocida marxista, los propició la continua vigilancia del FBI.  

Pero hay sucesos difíciles de explicar. Dos en concreto. Uno: se quedó dormido escuchando Strawberry Fields Forever, del álbum de los Beatles Magical Mistery Tour. En el sueño, un fulgor rosa le anuncia que su hijo recién nacido tiene un defecto congénito, una hernia inguinal. Era cierto. De no haber sido por la insistencia de Philip en que los médicos le trataran, el pequeño hubiera muerto. La otra: glosolalia. Brotes de sonidos incomprensibles por inexistentes. Como si se inventara un nuevo idioma. Pero en el caso de Philip resulta que lo que hablaba –sin estudios previos- era una variante del griego clásico. Casi nada. 

Nunca fue muy popular como escritor estando vivo. Despertó el interés de un reducto de entusiastas del género y fue un modesto escritor de culto. A pesar de sus más de treinta novelas y el centón de relatos. Habría que esperar a que Ridley Scott rodara Blade Runner, basada en su texto ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? para que su nombre se convirtiese en un acontecimiento. Scott cambió el término andrillos por replicantes. E hizo esférica la historia. Philip no llegó a ver la película estrenada, sólo los primeros cuarenta minutos, que le entusiasmaron. 

Philip Dick, escritor ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es una de las mejores obras del género, a la altura de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, Un mundo feliz, de Aldous Huxley o El centinela (2001, una odisea en el espacio), de Arthur C. Clarke. 

A Dick debemos fascinantes historias, algunas llevadas al cine, como Minority Report, Desafío total o Ubik (que inspiró a Amenábar para Abre los ojos).

Sufrió terribles visiones en las que extraterrestres venían a por él. En 1974, convaleciente de una intervención para extraerle una muela del juicio, estando bajo los efectos del pentotal sódico (el suero de la verdad), creyó ser un esclavo romano el siglo I. La secuencia fue la siguiente: ya en casa, abrió la puerta para recoger su pedido de la farmacia. Lo entregó una mujer con un peculiar colgante en el pecho, con forma de pez. Dick la preguntó al respecto y ella respondió que simbolizaba a los primitivos cristianos. Fruto de esa paranoia escribió Valis, con altas dosis autobiográficas. Valis: vast active living intelligence (vasta inteligencia de vida activa). Dick asegura haber recibido una revelación (como la de Saulo a caballo).

En otra ocasión, dando una conferencia en Canadá tuvo un episodio de ansiedad tras hablar sobre la existencia. Trató de suicidarse horas después.

El autoritarismo y sus distintas manifestaciones, el monopolio de los individuos, la (no) existencia de la realidad y la identidad son sus temas recurrentes. Su obra, siempre tiznada de tramas y fondos metafísicos y filosóficos, se oscurece hacia el final de su vida, en especial con Exégesis, una monumental narración que supera las ocho mil páginas. En ella cuenta sus experiencias psicóticas como anagnórisis (procesos por los cuales los héroes de las tragedias clásicas reconocían su identidad –Edipo, por ejemplo, sufre una anagnórisis al enterarse de quién es hijo) o bien como anamnesis (término acuñado por Platón para referirse al recuerdo del alma de una identidad o existencia anterior).

En esta imponente obra, Dick propone además una secuencia temporal alternativa al tiempo cronológico: la vigencia de un tiempo ortogonal, en el que todo sucede a la vez (presente, pasado, futuro), en una superposición de realidad condensada. Su estilo es descuidado, con uso frecuente del punto de vista múltiple, que amplía la perspectiva narrativa aunque en ocasiones deriva en una (buscada) confusión.

De Dick resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y pomposamente gemadas de los cantos ya amorosos, ya místicos, ya desesperados de este poeta, ya que en ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima”.

 

(Texto publicado en 'cermi.es' 360)