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Zambrano y Colinas, hace años

Entrevista

24 Mayo 2019

Antonio Colinas, poeta

“Si hay una palabra que simboliza a María Zambrano es piedad"

Esther Peñas / Madrid

De la admiración de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946) hacia la poeta y filósofa María Zambrano siempre ha dejado constancia, por escrito y allí donde ha tenido la oportunidad de mentar su legado. Enhebrando recuerdos, anotaciones de sus diarios, releyendo los cuadernos de la malacitana e investigando con el afecto por bujía, Colinas presenta Sobre María Zambrano. Misterios encendidos (Siruela), una narración –también propia- en la que supera esa mirada bifocal que se tiene sobre nuestra filósofa, para trascenderla. El resultado es una semblanza anímica, espiritual, de la mujer que nos compartió el hallazgo de la razón poética. 

Aparte de los símbolos del lenguaje, ¿misterios que encienden la obra y vida de Zambrano?

El título del libro, Misterios encendidos, es la cita de un verso de Quevedo que María admiraba mucho. Me he centrado en la María Zambrano que normalmente no conocemos, o que conocemos poco, porque se da de ella una visión bifocal, la filósofa o la republicana, la pensadora o la escritora comprometida, la exiliada. He querido preguntarme qué sucedía dentro de ella, desde esos días en Segovia, donde transcurre su infancia y adolescencia, hasta el final. Así es como he dado con una tercera María Zambrano, la que realiza un viaje interior que supone ir superando la historia, una María que entabla un diálogo interno con grandes poetas y con la propia poesía, que se concreta., de alguna manera, en ese hallazgo suyo de la razón poética. Un camino interior enfocado hacia una espiritualidad heterodoxa; “soy una cristiana bizantina”, solía decir de sí misma, por su afinidad con esos aspectos más propios de Grecia, de donde vienen tantas cosas a su obra.

En Segovia conoce a Machado, que resulta ser una presencia tutelar.

San Juan de la Cruz y Machado son los poetas que más cita y recuerda Zambrano; en el caso de Machado, amigo del padre de María, Blas, por cómo le cala su poesía, y sobre todo aquel el encuentro final, en el momento de cruzar la frontera, cuando ella iba en un coche y se encuentra a Machado y su madre, y les pide que suban y él dice que no; entonces ella se baja del automóvil y entra con ellos caminando a Francia. 

Además de su padre, perenne maestro, y de Machado, ¿qué otros hombres, como Ortega, y mujeres, como Cristina Campo, la marcaron en lo vital?

Has citado algunos de los más importantes. Su padre es el maestro, es cierto, él inicia a las dos hermanas en lectura, les enseña a Leopardi, a san Juan de la Cruz, enterrado en Segovia. Su padre es una persona muy especial, muy unamuniano, amigo de la pedagogía. Ortega para ella, por supuesto, fue una referencia toda su vida, le guardó siempre fidelidad, a pesar de que, en un momento dado, en esos años enfebrecidos de la República, ella le acusa de tibieza. Hay que recordar esas dos etapas, una de república auroral, en el sentido liberal, con Ortega, Marañón, Unamuno, Pérez de Ayala y tantos otros, y una segunda etapa más de carácter republicano. Esas dos visiones producen una confrontación -que en seguida se deshace- entre discípula y maestro. Cuando ella le entrega su ensayo Hacia un saber sobre el alma, él le dice, un poco como reproche, que quería ir más allá de él, sin ser una pensadora sistemática y buscando siempre la sintonía con la poesía. Fue muy radical sobre todo en su Filosofía y poesía. Su hermana también es muy importante, en especial cuando se rompen sus matrimonios, hay una unidad con ella enorme, y María sufre muchísimo cuando su hermana enferma, es una etapa de enorme soledad, la más contemplativa. Asimismo, Cristina Campos, la hija del director del conservatorio de Roma, con quien comparte sintonías en las lecturas, una gran espiritualidad; al igual que con Elena Croce, la hija de Benedetto Croce, que es la primera amiga que conoce en Roma y quien le ofrece hospedarla en la casa en la que había vivido Leopardi, en el Vesubio, pero no acepta. 

Curioso el motivo por el que se marcharon de Roma las hermanas Zambrano…

Se fueron por circunstancias un poco epidérmicas, por los gatos, de los que se quejaba un vecino, hasta el punto que un día se presentó la policía. Hay que recordar que ellas estaban fichadas como comunistas. Pero la etapa de Roma fue la más feliz de María. Volviendo a las personas importantes de su vida, hay que mencionar a los poetas, Emilio Prados, Miguel Hernández, y su gran amigo Ramón Gaya, el pintor, al que conoció en los años de Misiones Pedagógicas y con el que coincide en Roma. Mantuvieron una amistad muy intensa, viajan a Florencia, y ella aparece en los diarios de Gaya. Allá donde iba, hacía amigos. Por ejemplo, Lezama Lima.

¿Por eso le resultó imposible viajar de incógnito?

Ella tuvo muchas dudas antes de volver, muchas. De hecho, dos o tres días antes de llegar, me mandó Julia Castillo un telegrama para decirme dónde se iba a hospedar, y facilitarme su teléfono. Me decía que su llegada era confidencial. Pero la prensa se enteró, y se hizo pública. Yo había escrito sobre la necesidad de su regreso, porque era la última exiliada. Si ella tenía dudas sobre volver no eran dudas políticas, sino porque no sabía dónde instalarse, de qué iba a vivir, etc. “Quizás mañana cuando me monte en el avión me baje de él”, escribió el día de antes. Además, ella tenía una visión muy dolorida de España, para ella España es el lugar de donde nos viene todo lo bueno y lo malo, pero guarda fe en lo español y sus valores.

Hace tiempo leí una narración en la que María Zambrano, vestida con mono de operario (lo cual ya me resultó difícil no sólo de creer sino también de imaginar), fue a casa de su maestro Ortega armada con pistola para que firmase el manifiesto en favor de la República…

No fue un día, fueron dos, los que tardó en firmar. En un primer momento, va un grupo de milicianos armados a casa de Ortega, que no se encuentra bien y no puede recibirlos. Lo hace un familiar, pero no firma, porque no tiene claro algunas cuestiones del mismo, no le convencen. En un segundo momento, ya refugiado en la Residencia de Estudiantes, por ser días convulsos, con atentados, muy difíciles, acude María Zambrano; ella pasa con naturalidad, y le lleva un nuevo manifiesto, que sí que rubrica. Es inconcebible que Zambrano llevase una pistola y fuese vestida con un mono. Su atuendo, cualquiera que haya visto sus fotografías lo sabe, es impecable. No tiene fundamento. 

Pocas figuras que hayan habitado lo sagrado con la intensidad con la que lo hizo ella…

Y máxime viniendo de donde venía. Ella fue muy avanzada para su tiempo, con sus actividades didácticas, renuncia al escaño que le propone Jiménez Asúa, no quiere ningún cargo oficial, asiste a las clases en la cátedra de Xubiri… y emite juicios muy sorprendentes que nos hacen sonreír, por ejemplo, cuando anota que siempre vieja con el catecismo de su infancia. Cuando muere su amigo Lezana, María escribe a la viuda y le dice: “Hoy, como todas las noches de mi vida, he encendido un cirio y he rezado las plegarias de mi infancia, y he pensado en José”. Además, todo lo que vaya unido a la liturgia le interesa muchísimo. Hay otra anécdota en la que ella y Emilio Prados van por la calle cantando un canto eucarístico. Zambrano no responde a una ortodoxia, pero no se la entiende sin lo sagrado. Y era una lectora del místico Miguel de Molinos y de la mística de todas las culturas, lo que la convierte en un personaje con una vida interior muy rica que no se ha puesto de relieve, y eso es precisamente lo que he intentado hacer con este libro. 

¿Qué nos enseña la liturgia?

La liturgia nos remite al rito (ahora vivimos en un momento que tiende a desacralizar el mundo) es la monodia, el canto, la repetición, lo órfico y lo pitagórico. La pasión suya hacia la liturgia surge en los días de Lapi, donde oye mucho canto gregoriano, donde, en los días de la Semana Santa, escuchaba los oficios de distintos credos, en diversas lenguas; solía acudir a la basílica neopitagórica, en Roma. Pasa de hablar de Dios a hablar de los dioses, les pide por su hermana: “que nos podamos mantener y nos den paz”. Guarda mucha sintonía con Plotino.

El misticismo de Zambrano se nota en la inmensa musicalidad de su estructura…

Y de su habla. Otra de las características de su persona es esa voz que tenía. Cómo hablaba, con una voz de sibila, así lo recuerdan algunos de sus amigos. Enrique de Rivas, sobrino de Azaña, decía que hablaba mejor que escribía. Tanto su escritura como su voz fluía con una enorme transparencia, y con una armonía entre forma y contenido. 

Las ruinas, otro asunto que le sirve de cantinela… 

Sí. Las ruinas ella las centra en el templo pagano y en su libro El hombre y lo divino. Para Zambrano las ruinas son fértiles, no representan lo muerto y caduco, sino que se erigen como espacio donde nos hacemos las preguntas, sentimos que hay en ellas vida. En una ocasión fue con Ramón Gaya a Fiesole, en los alrededores de Florencia, para visitar las ruinas. Mientras él dibuja, ella contempla. 

Las ruinas, y los símbolos…

Muy importantes los símbolos en María… al final me hago esa pregunta, qué palabra escogería que la simbolizase. Sería piedad. Ella insiste mucho en ese término, coincide con el discurso de Azaña en Barcelona, en el que pide paz, piedad, perdón. También repara en el amor, que es un término más tópico, ella insiste mucho. La piedad deshace lo que llama el nudo del trágico existir

Piedad, una palabra devaluada…

No es ni caridad cristiana ni la pasividad, sino lo que viene después de las pruebas y dificultades, es la actitud superadora de esas pruebas.

¿La razón poética superó la razón vital de Ortega?

Él siempre la vio como una persona valiosa, como Marañón, que en los momentos críticos dijo que ojalá hubiera más personas como Zambrano. María y Ortega mantuvieron un diálogo constante y sintieron una admiración mutua; pero la razón poética y la vital son cosas diferentes, no tan confrontadas como parece entre zambranianos y orteguianos, pero sí, son dos visiones de la realidad, la de Zambrano más próxima a poesía. Su razón poética fue un hallazgo, desde luego, como poeta, lo comprendo muy bien. Por eso admira a filósofos como Plotino, Séneca y Platón, no otros. 

Freud dijo que allí donde llegó un psicólogo, un psiquiatra, un psicoanalista, hubo antes un poeta…

Es que cuando el pensamiento no puede ir más allá aparece la palabra poética; aquello que decía Unamuno de siente el pensamiento, piensa el sentimiento.

La condición de exiliada, ¿se reparó de alguna manera?

Creo que sí, antes de regresar le concedieron el Príncipe de Asturias y el  Pablo Iglesias; por aquel entonces la entrevistó en Ginebra Rosa María Pereda, para Cambio 16. Bergamín la había criticado por aceptar los premios, y ella dijo que lo aceptaba porque venía de manos del primer rey republicano. Y, sin ser socialista, siempre orbitó en esa línea, aunque después viró hacia el pensamiento liberal. 

Pensamiento liberal de entonces, hay que aclararlo.

Sí, sí, liberal de entonces. 

¿Cuál es su libro más querido de Zambrano? 

Me impresionó el primero, El hombre y lo divino, un libro inusual, y también Filosofía y poesía. Mi libro lo he dividido en una zona más testimonial, más de crónicas, ensayística, otra de su pensamiento inspirado (Hacia un saber sobre el alma) y otros claramente poemáticos (Claros del bosque, La tumba de Antígona).

Especulemos un poquito. ¿Le dolería más esta España que la que ella conocí?

No sé lo que pensaría… Desde luego no le gustaría la pérdida de valores éticos, estos conceptos que hoy se manejan de la filosofía del todo vale, la postverdad, que no es otra cosa que la mentira, que mentir entre dentro de lo normal le hubiera desesperado, como estos enfrentamientos y tensiones sociales que estamos viviendo.

Lo que más me fascina leyéndola es que la preside la alegría, eso es la maravilla…

Así es, esa alegría proviene de su mirada piadosa y de la contemplación, de un hecho más propio del poeta, y eso se ve muy bien en los días de días de soledad, en los que también hay un entusiasmo por la vida superador, esa confianza en ‘que sea lo que Dios quiera’.