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Cubierta del libro

Entrevista

21 Mayo 2019

Anna Mª Iglesia, ensayista

“Todas debemos ser flâneuse, erigirnos como sujeto social que no se acomoda al discurso que le imponen, sino que lo contesta”

Esther Peñas / Madrid

El sello Wunderkammer inaugura una colección de pequeño formato, Cahiers, y lo hace con tres títulos, unos de los cuales se centra en esa figura fascinante y fértil de las flâneuses, aquellas mujeres que tomaron el espacio público a través de sus pasos, escrito por la investigadora Anna María Iglesia (Barcelona, 1986).

¿Qué revolucionaron las flâneuses?

Si hoy recordamos o rescatamos la figura de las flâneuses es porque fueron mujeres que abrieron camino en cuanto transgredieron los límites que la sociedad de su época les imponía, empezando por los límites urbanos: salieron a la calle y se apropiaron de sus calles, sin importarles la mirada de quienes las condenaba por transitar solas, sin importarles las etiquetas que les pudieran poner. Para ellas, apropiarse de las calles, entrar en aquellos espacios que hasta entonces estaban solo reservados a los hombres, era una manera de reivindicarse en el espacio público y de reivindicarse como ciudadanas de pleno derecho.

¿Se puede hablar de flâneuses que fueran conscientes de serlo?

El concepto de flâneuse no se lo pusieron ellas, de hecho, alguien como Virginia Woolf no se define en ningún momento como tal, aunque reivindica más que nadie su derecho a pasear y a transitar. Yo diría que la conciencia tiene que ver con la necesidad de legitimarse en el espacio público, de convertirse en el sujeto del relato. En este sentido, escritoras como Woolf, Flora Tristan Luisa Carnés o George Sand eran perfectamente conscientes de la importancia de su papel como escritoras, de la importancia de escribir y de escribirse desde su propio yo, es decir, de erigirse como sujetos de la narración. 

¿Qué diferencia a la práctica de flâneur de la de las flâneuses?

Bueno, la diferencia tiene que ver con los obstáculos, es decir, el flâneur es una figura legitimada socialmente desde sus orígenes; al hombre se le ha concedido la potestad y el derecho de formar parte del espacio público, mientras que la mujer ha sido recluida en el espacio doméstico. En este sentido, la diferencia radica en que la flâneuse ha tenido que romper con los muros que la encerraban, mientras que el flâneur, partiendo desde una posición de privilegio, se ha erigido como el sujeto crítico de la sociedad moderna. Y esta posición crítica es la que ha tenido que batallar la mujer. 

¿De qué depende que el paseo sea una elección, un placer ocioso, de una necesidad?

Me voy a poner marxista: principalmente depende de la situación económica. El caminar por necesidad, como digo en el libro, tiene directamente que ver con el trabajo forzado, con la necesidad de conseguir un sustento. Este es el caso de las prostitutas: su estar en la calle no es una elección, no es un tema de ocio, sino de supervivencia. El caminar por ocio implica tiempo libre, tiempo dedicado al disfrute y el caminar por elección implica libertad: ser libre de caminar significa no tener obstáculos ni miedos. En este sentido, la mujer no fue libre de caminar y, en parte, no lo sigue siendo, cuando el miedo a ser seguida o sufrir violencia, principalmente sexual, te lleva a no transitar por la ciudad en determinadas horas, a caminar mirando hacia atrás o a evitar determinadas zonas. 

¿Hasta qué punto caminar es una apertura al mundo?

No sé si se puede decir que caminar es una apertura al mundo, diría que caminar es una forma de inscripción en la esfera pública. 

¿En qué momento mujeres como Caillebotte trasgrede la norma y ocupa lo público?

La mujer retratada por Caillebotte es una mujer parisina del XIX. Es difícil decir a partir de qué momento la mujer transgredió la norma, pues a lo largo de la historia -basta leer los textos de Mary Beard sobre Roma- siempre ha habido mujeres que han transgredido, que no se han acomodado a las imposiciones sociales. Dicho esto, el concepto de flâneuse es del siglo XIX.

¿Cómo andamos de flâneuses hoy en día?

Bueno, es difícil de contestar. No se trata de cuantificar cuántas flâneuses hay o dejan de haber, se trata de entender la flâneuse como una mujer que reivindica su voz pública, que ocupa la ciudad como forma de protesta y de crítica, como forma de contestación al poder. En este sentido, todas debemos ser flâneuse, en cuanto significa erigirse como sujeto social que no se acomoda al discurso que le imponen, sino que lo contesta. 

El jardín, antaño, era un territorio propicio para las flâneuses. ¿Hoy ha sido sustituido por los centros comerciales?

No exactamente, puesto que el centro comercial tiene sus orígenes en el siglo XIX y desde el principio sirvió como espacio de ocio controlado, como un espacio de consumo, donde nada está dejado al hacer, donde los recorridos están prediseñados con la única finalidad de que consumamos. Bajo este aspecto, no hay nada de más perverso que un centro comercial, es el espacio paradigmático del capitalismo. Nuestras ciudades, por el contrario, están cada vez más falta de jardines, el cemento lo invade todo y, a día de hoy, los jardines son los pocos espacios en los que los habitantes de la ciudad pueden disfrutar del aire libre.

“La flâneuses no es la excluida sino la que se excluye”. ¿De qué?

No recuerdo esta frase y así descontextualizada me cuesta dar una respuesta.  Lo que sí puedo decir es que tanto la flâneuse como el flâneur representan, más allá del caminante, el crítico, aquel que se aparta de la sociedad para observarla de manera crítica. Es decir, aquel que desconfía del relato hegemónico, del orden social y del poder. 

Considera que las prostitutas resultaban en la práctica flâneuses. ¿Todas? 

No, no creo que se las pueda definir así en cuanto, como te decía antes, las prostitutas están en la calle por necesidad, porque se han convertido en objeto de consumo, en cuerpos comprados por clientes que las consideran mera mercancía. Están en la calle para sobrevivir, porque su cuerpo se ha convertido en la mercancía a través de la cual ganar algo de dinero para sobrevivir. 
  
¿Se limita, este arte del paseo, a la práctica urbana?

En absoluto, si bien es cierto que la figura de la flâneuse, como la del flâneur, es una figura urbana. Pero entendiendo el caminar como lo entiende Rebecca Solnit, como una forma de protesta, de contestación al orden impuesto y como forma de discurso crítico, no lo podemos limitar solamente a la ciudad. El papel de las mujeres en la transformación de la vida rural ha sido y es esencial. Yo no soy experta en el tema, pero remito a la lectura de Tierra de mujeres de María Sánchez, ella está trabajando de manera muy interesante el papel de las mujeres en el ámbito rural en el presente y a lo largo de las décadas precedentes.