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Cubierta de 'Migraciones'

Entrevista

8 Ene 2019

Jesús García Rodríguez, poeta

“Un buen verso remueve todo un conjunto de fuerzas latentes paralizadas”

Esther Peñas / Madrid

Con su último poemario, Migración (Ediciones de La Torre Magnética) Jesús García Rodríguez, poeta, traductor y miembro del Grupo Surrealista de Madrid,  ahonda en un territorio al vuelo habitado por aves, por arbustos, por una tierra más vinculada a la vida ajena al hombre. “Son demasiados los cielos para poder contarlos, y distinto el color de las inalcanzables cordilleras. En la arena, los huevos moteados de las serpientes, el vuelo horizontal de los vencejos. El batir de los cuernos de los renos resuena de abeto en abeto, mucho más allá, donde nacen los ríos imperiales”. Con un tono épico, un cantar turbado y conmovido, unas imágenes brutalmente hermosas (ciudades levíticas, ciudades rasgadas, frisos con largas hileras de pueblos sometidos, un escupir de huesos de dátiles, azul bélico del cielo…) Migración (acompañado por dibujos de Antonio Ramírez) se lee –nos hospeda- “como un fósforo azul del crepúsculo”.   

El poemario rezuma un tono épico al que estamos poco acostumbrados de unos años para acá, al menos en la poesía bizarra. ¿Queda espacio para lo heroico en el mundo en que vivimos?

Creo que aún queda cierto espacio para un héroe colectivo. El héroe individual ha sido absolutamente degradado y desvirtuado por la política al uso, la industria de la cultura y su propaganda, y su trasfondo suele ser bastante reaccionario. En el caso de Migración, lo heroico surge de la fricción permanente con la naturaleza; y tengo la impresión de que hay más de heroico en el medio natural que describo que en el humano.   

La voz que proclama se coloca del lado de la Naturaleza, en un momento histórico en el que parece, por vez primera, que aquella está a punto de ceder ante la colonización humana. ¿Hay futuro para un entendimiento?

Tiene que haberlo, inevitablemente. De lo contrario, la humanidad dejará de ser, o en todo caso dejará de ser lo que es y ha sido hasta ahora. En esa doble terrible alternativa (o la desaparición de lo humano o su mutación radical) la naturaleza – un término tan escurridizo como sugerente y connotativo – tiene siempre las de ganar, de una forma u otra, y exista en la forma que exista. La parte no puede ser nunca más grande que el todo, dice el viejo aforismo de la lógica. La incapacidad de cualquier especie para adaptarse a su medio ambiente conduce irremediablemente a su extinción.      

“Todos los rodeos conducen a la luz del mar”. Los elementos naturales han quedado fuera de foco en el verso de hoy en día. ¿Se ha dado por perdida esta batalla para ‘el poeta’ o tiene otras preocupaciones?

En efecto, parece que corren malos tiempos para la Naturlyrik, como se la denomina en el ámbito cultural germanófono. Las así llamadas “revoluciones” digital y tecnológica (sería más exacto denominarlas amplificaciones) parecen haber subyugado de manera sobredimensionada a los escritores de poemas, y distorsionado sus formas de expresión hasta límites a veces irrisorios. La vida urbana es el centro de la vida contemporánea, y también lo es de todas sus preocupaciones existenciales, al parecer. Pero ese dar la espalda a la naturaleza no es más, en última instancia, que un darse la espalda a uno mismo, con todo el absurdo que esa imagen y esa realidad conllevan. Hay, hasta donde sé, en otros países occidentales, sobre todo los de lengua inglesa, una mayor preocupación por el tema de la naturaleza – siempre lo ha habido en ellos, por lo que no resulta extraño que persista. En la España actual hay honrosas y dignas excepciones, como Jorge Riechmann u Olvido García Valdés. En los países anglosajones ha prosperado incluso el intento de una ecopoesía (ecopoetry) que a veces da frutos interesantes, y un ecocriticismo paralelo que intenta ahondar en las relaciones entre la obra literaria y el medio ambiente que describe o en el que surge. Dejar de lado el elemento natural me parece, personalmente, un error histórico por parte de quien lo haga; implica atrincherarse en un universo muy pequeño, endogámico y empobrecido, que rota una y otra vez sobre la repetición de sí mismo y que sólo es capaz de verse a sí mismo en todo lo que mira. Pero cada cual debe elegir el camino que considere.       

Un buen verso, ¿se parece al “fulgor del fósforo”?

Tiene siempre, naturalmente, algo de fulgurante, de iluminador. Literalmente eso es lo que significa fósforo: «el portador de la luz ». Un buen verso remueve todo un conjunto de fuerzas latentes paralizadas e ilumina con ello un determinado aspecto de la realidad, hasta ese momento sumido en una oscuridad más o menos completa. Pero un buen verso es capaz de despertar también el oído, el tacto, el olfato o incluso el gusto, no sólo el sentido de la vista o el intelecto. Y también de convulsionar nuestra idea del mundo, a su muy pequeña escala.       

El poema, ¿“se borra al mismo tiempo que se escribe” o su efecto perdura en quien lo habita?

En esa paradoja entre la desaparición y la presencia se fundamenta nuestra vida, el poema no se escapa a ello, como ningún fenómeno humano. En el momento en que uno escribe un poema, y lo hace – o se hace –  más o menos público, éste queda expuesto a esa doble suerte, y desaparición y presencia se van a dar en su destino de manera alternativa, sucesiva y simultánea. Ese escribir en el agua del que hablaba el epitafio de John Keats lo describe con mucha precisión; en el caso del presente libro, es más un escribir sobre la arena del desierto, escritura que será inexorablemente borrada por el movimiento de la arena. El poema es siempre una pugna dialéctica entre el intento algo desesperado de permanecer y durar, y un borrarse al momento mismo de ser leído o recitado.        

¿Se nos ha olvidado que “toda la tierra es hogar, porque ningún sitio es morada”?

Eso parece, o al menos es la tendencia palpable en las mayorías. Eso trae al menos dos consecuencias para mí extremadamente negativas: por una parte, el abandono de la idea de la Tierra como hogar y su substitución por la idea de la Tierra como algo ajeno –excusa perfecta para considerarla un mero recurso económico primario; y por otra parte, el surgimiento de una creciente hostilidad hacia el medio natural en beneficio del encierro urbano y sus formas de vida. La consecuencia de todo ello ya es observable: la conversión del medio natural en un parque temático y económico y la hipertrofia y metástasis de lo urbano a lo largo y ancho de todas las sociedades.        

Si “el pasado no existe, y el futuro ya ha sucedido”, ¿qué espacio queda para que el poema sea capaz de transformar el mundo?

El poema, los poemas, sólo pueden transformar subjetividades, sensibilidades – lo cual, ciertamente, ya es de por sí bastante –; es decir, tienen cierta capacidad de transformar el mundo en tanto que voluntad y representación – por utilizar los términos de Schopenhauer –, o sea, en tanto que deseo e idea, no en dosis tan elevada como la filosofía o la religión pueden hacerlo, pero sí de forma más directa y concisa, más dirigida al inconsciente. Humildemente creo que la palabra es una herramienta básica para transformar el mundo humano –muy lentamente, desde luego, y siempre que apunte a la libertad, al deseo y a la justicia– y el poema, en tanto que palabra, puede contribuir en su pequeña medida a ello.      

La destrucción, ¿“es la madre de todo”?

Es la madre de todo en cuanto que todo surge de la destrucción de algo anterior, de la destrucción subyacente a todo proceso de transformación – y no otra cosa es crear-: una cosa pasa a ser otra, y la anterior desaparece. Esto suele ser así en el plano existencial, ontológico y por supuesto físico y químico; y, desde luego –no lo olvidemos– en el político.    

“Tú eres siempre otro”. ¿Desde dónde se escribe cuando se escribe?

En la poesía escrita, como en el sueño, parece darse la paradoja de que algo otro nos dicta o se nos impone por encima de nuestra (aparente) mismidad. Es famosa la frase de Rimbaud («Yo es otro»), de la que la mía es eco, porque describe perfectamente ese proceder que nos es al mismo tiempo ajeno y propio, exterior e interior. La paradoja, a mi juicio, se extiende más allá del mero acto de escribir; yo diría que sólo gracias a lo que de otro hay en nosotros podemos ser y llegar a ser nosotros mismos.    

¿Qué busca el poeta cuando escribe si “todo está en ninguna parte”?

No sé si busca o más bien simplemente constata que no existe un centro jerárquico desde el que existir o hablar, por un lado, y que la relación entre totalidad y particularidad debe plantearse siempre en términos muy relativos, nunca absolutos; es decir, que uno y otro concepto son más juegos del lenguaje que juegos de la realidad.  
Me da la impresión de que detrás de esa frase se oculta también la profunda fuerza metafísica de la nada (de la ausencia), que creo que juega también un papel importante a lo largo de todo el libro. Lo inexistente, lo no presente es tan importante en la confección y en la substancia de lo real como lo presente y lo existente. El poeta debe estar siempre alerta a esa otra cara menos visible o incluso invisible de lo real – otorgando a la palabra «real» su significado más cotidiano.     

“No llegar nunca, estar siempre en camino”. ¿Esa es la condición humana?

Personalmente así lo creo. La naturaleza humana está en permanente construcción, tanto en cada individuo como en conjunto como especie. Resulta casi imposible definir qué sea un humano si no recurrimos a la evidencia final de la genética: tan variada es su naturaleza, y sus posibilidades existenciales. El camino no es más, en última instancia, que una muy antigua metáfora de la libertad.    
   
¿Migración es más una advertencia que una sentencia?

No pretende ser en modo alguno una sentencia, ni en el sentido jurídico ni en el moral de esa palabra. Puede que en su fondo haya una advertencia negativa, en efecto –evitar la destrucción sistemática del medio natural–, pero también, creo, una sugerencia positiva –hay una alternativa colectiva a ello, que tiene su propio encanto y prestigio. Mi idea original no era otra que describir, de manera evocadora, lo que las aves verían en su migración sobre la superficie de la tierra; es decir, poner como centro del libro una perspectiva eminentemente animal, exterior, no específicamente humana. Me gusta pensar que el ser humano es un elemento accidental dentro de este libro, y que el protagonismo es, ante todo, de otras fuerzas y de otras especies naturales. El ser humano está en Migración fundamentalmente, para cantar (es decir, para elogiar), no tanto para ejercer su violencia sobre las cosas y los seres que le rodean. Esa traslación del eje del protagonismo –del eje de lo heroico, por volver a la primera pregunta– a lo no humano, y esa transfigurar la tarea humana en el mundo, que ya no sea la autoritaria, activa, dominante y extractiva de la explotación sino la más subordinada, pasiva y contemplativa del elogio, creo que es lo que de más remarcable pueden ofrecer los trece cantos en prosa que constituyen el libro.