Compartir en redes sociales

El autor (fotografía de Alfaguara)

3 Feb 2009

Alejandro Gándara, escritor

"Vivimos en una realidad permanentemente perturbada"

Esther Peñas / Madrid

El protagonista tiene que tomar la que será sin duda una de las decisiones más duras de su vida. En el bolsillo, 29,29 euros. Ése es todo su capital para encarar a las veinticuatro horas en las que transcurre esta historia, 'El día de hoy' (Alfaguara). Por medio, su hijo, con un trastorno de défict de atención. Alejandro Gándara (Santander. 1957) vuelve a enfundarse de la maestría a la que nos tiene acostumbrados con esta novela un tanto descorazonadora y muy, muy urbana.

Menudo día el del protagonista, ¿no?
Pues sí... Pero hay mucho días así.

¿Qué haría Alejandro Gándara con los 29,29€ de los que dispone el protagonista para afrontar el día?
Pues creo que comprar percebes, igual que el protagonista. Tal como está la vida poco se puede hacer y, cuando se tiene poco dinero, lo mejor es gastárselo en algún pequeño lujo. Pero el dinero da mucho miedo. El no tenerlo. Y el tener mucho, también. El dinero siempre va asociado a alguna forma de temor. Y el protagonista tiene el miedo de no tener más. Y con ese miedo va caminando toda una vida.

Hay un momento que dice "algo de dinero en el bolsillo es algo de dignidad en el bolsillo porque la dignidad es el derecho a calcular, el derecho al tiempo..."
El derecho a tener planes. El derecho a hacer cosas. Y sin dinero, en la sociedad en la que vivimos, realmente uno está falto de algo... Y en las grandes ciudades más. En las ciudades modernas solo se puede habitar teniendo bastante dinero. Hay que disponer de bastante dinero para poder vivir con dignidad dentro de esas mismas ciudades.

En esas ciudades, ¿uno ha dejado de ser lo que es para ser lo que uno tiene?
Las ciudades son artefactos funcionales. Es decir, en las ciudades se vive de acuerdo con las cosas que uno hace y con las que la ciudad hace también. Y en ese aspecto, el dinero o lo que se tiene, forma parte de la acción de la ciudad, cosa que a mí me parece bien porque, en comparación con la vida rural, la de la ciudad es bastante más digna. Y ofrece no sólo más oportunidades sino más libertad. Pero es cierto que aquí hay que disponer de herramientas y recursos para poder vivir en la ciudad. Mientras que sin recursos, uno es más pobre en la ciudad que en el campo.

Sin embargo, el campo sigue teniendo ese halo de bohemio, ese aspecto que siempre añoramos los de ciudad.
Bueno, yo lo detesto. No lo soporto. A mí me gusta la naturaleza pero odio la vida rural. Además siempre se habla de la imbecilidad de la vida rural. La vida en un pueblo (y viví en uno) es una de las peores cosas que te puede pasar.

¿No tiene nada de bueno?
No, nada en absoluto. Y menos ahora, porque ahora los pueblos son como ciudades en miniatura. Tienen lo peor de la vida ciudadana y lo peor de la antigua vida rural. Hay una enorme presión social juntada con falta de libertad y de oportunidades. Un mal sitio para vivir.

¿Por qué el protagonista tiene un oficio tan particular como el de jardinero?
La novela también va de las cosas que están sucediendo ahora, de los grandes cambios que se están produciendo en todos los ámbitos de la vida. De hecho, él tiene una profesión que ya no existe. Vive en un barrio que está dejando de existir. Un barrio donde hasta hace muy poco había cordelerías, cererías, semilleros... Y van desapareciendo poco a poco y apareciendo otras formas de vida urbana como las tiendas de chinos, los videoclubs... Esa modificación de la vida urbana en un barrio muy concreto de Madrid es la que quería contar. Cosas que se pierden y cosas que se transforman. Y una de las cosas que él ha perdido es su propia profesión, que ya prácticamente no existe porque es un tipo de jardinero que ahora mismo está absorbido por empresas o por nuevas profesiones.

¿Le gusta esa transformación?
Tan rápidamente, no. Hay cambios y evoluciones que no son reflexivas, son simplemente espontáneas. Y las cosas espontáneas cuando están muy aceleradas y son muchas, producen preocupaciones más que equilibrios. Vivimos en una realidad permanentemente perturbada por toda una serie de cambios y por toda clase de explicación.

En cualquier momento, podemos convertirnos en extraños frente a quien hemos compartido nuestra vida.¿No deja de ser irónico, no?
Hombre, si te hace gracia siempre es trágico. En el abandono y en la separación, sobre todo en la amorosa, hay un sentimiento encontrado de que lo que era propio se ha convertido de repente en extraño. Y esa es una experiencia dolorosa y al mismo tiempo desconcertante. Produce un cierto asombro que esas cosas se produzcan. Eso tiene mucho que ver con un sentimiento que también tiene el protagonista a lo largo de la novela. Vivimos la vida como si fuera un camino llano, amplio y tranquilo, cuando en realidad vamos casi siempre por el filo de la navaja. Y basta con que pase cualquier pequeña cosa para que nosotros quedemos profundamente alterados y dañados. Un día, Vivien Leigh le dijo a su marido, Laurence Olivier, 'ya no te quiero'.

¿Ella a él?
Ella a él. Hasta entonces todo había sido normal y agradable. Pero, de pronto, algo había cambiado. Entonces él pensó: "esto significa que desde hace mucho tiempo ya está ocurriendo algo y yo no me había enterado". Pues esa sensación de que vamos por el filo de la navaja todo el tiempo...

De todas maneras es interesante, porque ella abandona al protagonista porque ha encontrado alguien que la necesita más, y él siente el trastorno no como una condena en absoluto sino como un lazo que le cuesta desanudar, aunque vea que sea lo mejor para él.
Es algo bastante complicado. Ser padre o ser madre es comprender en determinado momento de tu vida que tu vida ya no es lo más importante. Que tú pasas a segundo plano. Que ya no eres el protagonista de tu propia novela. Y esa experiencia es radical. Forma parte de esas experiencias que transforman la conciencia de los seres humanos. Y quería hablar sobre eso, de esos nudos que se crean con los hijos y los padres, con los que uno sueña liberarse en algún momento pero que finalmente resulta imposible. Acaba uno atado y bien atado a esos afectos que están por encima de todo lo demás. Y eso me interesaba contarlo. El padre, lógicamente, vive la servidumbre que tiene todo padre con un hijo, y más si es adolescente. Eso es una tragedia realmente. Y, al mismo tiempo, su temor a no estar a la altura de la propia paternidad, a no poder alimentarle y su temor a sí mismo, a la forma que él ve a su hijo y a sus propios aciertos o errores en su relación con el hijo.

¿Por qué escogió una enfermedad tan peculiar como el trastorno de déficit de atención?
Es un tipo de enfermedad que se ha diagnosticado no hace mucho. Hay ya medicamentos para la gente que tiene el TDH, pero es muy difícil de diagnosticar. En un adolescente, la falta de atención puede deberse a muchos factores: uno de ellos, la propia adolescencia, que habría de considerarla como una enfermedad y tratarla como tal desde el principio. Habría que empezar a medicar a los niños desde los 11 años y no soltarlos hasta los 30 y tenerlos sedados, porque se sufre mucho.
Es una enfermedad que me permitía jugar con la manera en la que el padre ve al niño y hasta qué punto está viendo la realidad del hijo. El juego que planteo es si dicho trastorno es patológico o no, y cómo la mirada del padre consigue convertir al niño en un enfermo o simplemente en un ser normal.

Es un poco insólito que hablemos de una historia que no es normal pero es real, que la madre abandona sin ningún tipo de miramientos, y que sea el padre el que tira de su hijo.
Lo de la madre es un misterio que no acaba de desvelarse en la novela. Se sospecha por qué puede haber sido, pero es uno de los misterios con los que tienen que cargar tanto el padre como el hijo. Por más que nos lo expliquen, un abandono es siempre un misterio para nosotros, es algo que jamás podremos llegar a entender. Las razones últimas o profundas nunca las conocemos. Y así se queda la novela. Funciona como un auténtico misterio, con todo lo que tiene de extrañeza pero sigue siendo misterioso. Lo más característico del hecho es que es un misterio y que no se va a poder desvelar.

Volvemos a las reflexiones. El protagonista dice que "las despedidas o las distancias son pequeñas muertes".
Son muertes. Todo lo que es separación es una forma de muerte, y como toda forma de muerte hay que hacer un duelo. Lo que le pasa al protagonista es que no hace los duelos. Que es abandonado por su mujer pero todavía sigue pensando en ella y en qué ocurrió con ella. Se va del pueblo en el que vivía y piensa que todavía van a llamarle para que siga trabajando. Entonces no acaba de hacer los duelos. Le pasan muertes, él no acaba de despedirse por completo de las cosas y eso marca enormemente su personalidad y los acontecimientos de la novela. Cuando se pierde algo hay que hacer el duelo, despedirse de ello y empezar a vivir.

Las pequeñas maldades que comete el protagonista fruto de su situación, de la tensión como cuando él arranca el cartel del buzón, ¿es algo a lo que todos estamos expuestos?
Vivimos en un mundo demasiado correcto políticamente. Estamos todos atenazados por un montón de deberes y por un deber 'ser social', que nos tiene a todos maniatados en lo que se refiere a la relación con los otros y con los medios profesionales, institucionales o sociales en general. En el caso del protagonista hay una ira contenida durante toda la novela que le sale por cualquier lado. Hay algo no controlado en él. Algo que él mismo no conoce de sí mismo, no sabe lo que ha pasado, no ha reflexionado bien sobre los hechos de su vida y eso hace que vaya brotando en él de la forma más inopinada pequeños accesos de violencia. Tiene momentos hasta racistas o de violencia pura dirigida contra cualquier objeto. Esa es la parte no reflexionada de la propia vida la que lleva a la violencia. Aparte de que yo estoy muy cansado también de la corrección política.

Hay un momento que él utiliza la palabra 'desclasificados' para referirse a la gente que está sentada al sol y él reflexiona y dice "son los versos sueltos del día" .¿Cuáles son para usted esos versos sueltos?
No tengo muchos versos sueltos. Los días son versos sueltos en realidad tal como los vivimos. Son realmente la única experiencia que tenemos del tiempo. El día son esos instantes que se nos van todo el tiempo, instantes que se escurren, que es realmente lo que estamos viviendo pero es esa vida que se va, esa vida fugaz. Eso es un día. Está echo de instantes fugaces. Y tratamos de retenerlos, apresarlos y quedarnos con ellos para poder sentir la vida, pero no lo conseguimos, pues siempre se acaban yendo de alguna manera. El instante por definición es lo que se va, lo que se muere, y aparece otro instante a continuación, que también tratamos de retenerlo, pero tampoco podemos.

Vuelvo a citar a su protagonista: "quizá la palabra mañana tenga peso, un peso que cae en los párpados, un cuerpo que no puede más y se marcha a la cama arrastrando esos párpados". Al escritor y a la persona de Alejandro ¿le asusta el mañana?
Me ha asustado a veces. Es uno de esos temores que en la vida aparecen periódicamente. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de los míos? ¿Qué será de mi profesión? Sobre todo a cierta edad uno tiene decidida su vida, y siempre hay un momento de temor que piensas: "¿y si tuviera que dejar de hacer esto? ¿Si tuviera que hacer otra cosa? ¿Es demasiado tarde para cambiar? ¿Puede hacerse?". Son preguntas que forman parte de nuestra existencia, del miedo a las transformaciones, a ser otros, a la separación, al abandono, a todas esas cosas. Pero es un temor que a mí sí que me acosa periódicamente.

¿Qué le provoca más vértigo como escritor y como persona, cuando uno mira hacia atrás y ve lo que ha hecho, ha dejado de hacer, lo que no ha podido, no ha querido y se arrepiente, o cuando hecha la mirada hacia delante?
Mirar hacia atrás, fuera de lo que tiene de deportivo, es una situación muy peligrosa, una mirada demasiado concentrada hacia el pasado. Porque el pasado está lleno de todo lo bueno y de todo lo malo. Dependiendo de nuestro estado de ánimo vemos una cosa u otra, vemos ángeles o demonios. A veces, nos detenemos demasiado en los errores y rara vez en nuestros éxitos o aciertos. La mirada al pasado siempre es una mirada interrogativa, que se hace por algún motivo. Y esos motivos no suelen ser especialmente buenos o positivos. En cambio lo que somos es futuro. Somos aquello en lo que queremos convertirnos. No somos casi nada del pasado. Obviamente estamos construidos por parte del pasado, pero lo que somos es lo que vamos a ser. La identidad está en el futuro.

Hay un momento en la novela en que se dice "el tiempo no está nunca en los relojes". ¿Dónde se agazapa entonces?

Hay muchas clases de tiempo. El tiempo es el tiempo en nuestro relato. Es la forma en que contamos. Lo que dura nuestro relato tal como nosotros nos lo relatamos a nosotros mismos. ¿Qué somos? ¿Quién soy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Me gusta lo que hago? Cómo nos lo vamos contando, eso es el tiempo de nuestra vida. Todos los otros tiempos se van, desaparecen. Luego hay otro tiempo que es el de la melancolía, el tiempo de todas las cosas perdidas, que está dando las campanadas durante muchos momentos de nuestra existencia.

¿Es usted un melancólico?
No en general, aunque tengo algunos momentos. Una melancolía sostenida por mucho tiempo es una enfermedad que deriva muchas veces en patologías bastante graves. No se puede sostener durante mucho tiempo y, si se hace, la identidad corre peligro.

Otro tipo de relación que aparece en la novela es la de la vida de barrio centrada en el mercado. Hemos pasado de la necesidad de un contacto directo con el tendero a una querencia por lo impersonal. ¿Por qué?
Porque todo ha evolucionado en esa dirección. Las ciudades son artefactos funcionales cuyo fin es básicamente utilitario, independientemente de que ahí se encuentren otras cosas. Es poco funcional el trato humano que necesita tiempo, que cuesta dinero, que exige esfuerzo. Pero no necesariamente lo personal es más agradable. No siempre.

Vivir o alimentarse de la palabra en una época en lo que prima es la fugacidad, ¿cómo se lleva?
La palabra cada vez forma menos parte de la vida de la gente. Más en concreto la literatura elaborada, rigurosa, que busca lo que busca, que trata de desvelar aquello que no está iluminado por la realidad convencional, escasea. Pero son siempre flujos y ciclos. Ahora es una época de imágenes desbocadas, la imagen nos deslumbra a cada momento, entre otras cosas porque es un momento tecnológico en el que estamos asistiendo a innovaciones profundas y superficiales de toda clase. Pero habrá un momento en el que necesitaremos consuelo, conocimiento, y entonces volveremos a la literatura rigurosa. Habrá que esperar mejores tiempos para la lírica.

¿Qué tiene Alejandro Gándara de escorpión (así se llama la sección que dirige en el mundo.es), la retórica o el veneno?
En efecto, escorpión, a pesar de lo que la gente se imagina, es el símbolo de la retórica en la Edad Media, el símbolo de la palabra. Lo escogí por el presunto veneno que lleva en la cola y porque significaba mi amor a la palabra.

Vuelvo a citar a su protagonista con una frase que dice "lo angustioso puede contarse con tranquilidad". Me queda la duda...
La angustia de uno es siempre más pequeña que todas las maravillas que hay en su exterior. Y, de hecho, durante toda la novela la angustia del protagonista está contrastada permanentemente con un maravilloso día de primavera en el que están floreciendo todos los jardines. Lo angustioso puesto en contacto con todo lo maravilloso que hay fuera de nosotros se convierte en algo pequeño y atractivo. ¿No cree?

Soy una mujer de fe...
Pues que Dios se la conserve.