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Emma Fondevila

Entrevista

25 Nov 2021

Emma Fondevila, poeta

«Parece que todo tiene que obedecer a las leyes de un guion con tiempo limitado para cumplirse»

Esther Peñas / Madrid

Habitar la sombra (Tigres de papel) es el último poemario de la bonaerense Emma Fondevila, en el que transita por entre la memoria, la infancia del verso, la metalingüística de la palabra, se destensa para entrar en dureza después, el símbolo y el signo (de la flor, por ejemplo), con vitalismo voluptuoso (en la parte central, especialmente). Lo presentará el próximo sábado, 27 de noviembre, en Madrid, a la hora del Ángelus (12), en la Biblioteca Elena Fortún.

¿Cuándo conviene habitar la sombra y qué disposición de ánimo se requiere para ello?

Es difícil precisar el cuándo porque no es un punto en el tiempo sino en el estado de la consciencia. De repente, el lastre que nos hemos acostumbrado a llevar a cuestas a lo largo del tiempo, desde un punto del pasado que no podemos precisar, se vuelve tan pesado que sólo podemos llevarlo a rastras. Ese es el momento de habitarla, de recorrer todos sus rincones y de sacar a la luz lo que creíamos olvidado y superado. Las relaciones con los padres, los sueños incumplidos, las elecciones equivocadas, la falta de aceptación de la realidad…

¿Qué «conmueve los cimientos de la vida»?

La vida se asienta sobre unos cimientos muy endebles e irreales, la vamos construyendo sobre esperanzas, sobre sueños que nos parecen realizables hasta que surge algo que lo desmiente. Un amor frustrado, una vida que se interrumpe al otro lado del Atlántico, una vocación poética que queda suspendida en medio de la garúa y de la hojarasca, amigos a los que desdibuja la lejanía… Todo esto te puede dejar perdida en un limbo llamado «desarraigo» que te parte entre dos mundos, uno, el que habitas ahora, el otro, el que dejaste y descubres que ya no existe cuando pretendes volver a él. 

«Agazapada en el silencio/ acecha la plenitud de la palabra». Para que una palabra resuene, revuelva, convoque, ¿qué ha de tener?

Esto me hace pensar en una intervención de Antonio Gamoneda a la que asistí en el Instituto Cervantes de Madrid. Cuando le preguntaron de dónde nace la poesía dijo algo así como que la poesía surge cuando algo que estamos acostumbrados a ver «tiembla» y nos hace verlo bajo una luz distinta. Eso es lo que le sucede a la palabra, que de repente tiembla y ya no es la misma, eso es lo que resuena, lo que revuelve, lo que convoca. Creo que no es algo de la palabra en sí, sino del contexto en que aparece, y ese contexto es el germen de la metáfora.

«cierro los ojos/ todo aparece/ abro los ojos/ se desvanece todo». ¿Cuándo conviene dejarse guiar por el instinto y cuándo por el elemento racional?

En general, el ser humano ha dejado a un lado los instintos y actúa muchas veces según parámetros excesivamente racionales que hacen que, a menudo, se olvide lo «Real» para instalarse en una «realidad» basada en estereotipos. Es como si viviéramos en tiempo cinematográfico: todo tiene que obedecer a las leyes de un guion prefijado que tiene un tiempo limitado para cumplirse. Lo malo de esto es que no hay aprendizaje y tampoco un período de reflexión. El instinto y el elemento racional deben estar presentes en todo lo que hacemos, incluso en el amor… pero en las emergencias, en lo imprevisto, hay que dejar que funcione el instinto que atesora la sabiduría necesaria para hacer frente a lo inmediato.
 
¿Cómo mantener «la infancia de un verso»? 

¿Qué es la infancia? Es una época sin convencionalismos, sin concesiones, donde los sentimientos circulan libremente, sin cortapisas. Tal vez para escribir poesía haya que volver a esa costumbre de cerrar los ojos cuando algo nos incomoda y pasar al mundo interior donde nada es lo que es porque lo convertimos en poesía. Esto no quiere decir que ignoremos la realidad, sino que la transformamos, porque la metáfora, el poema, hacen de la realidad hiriente un mundo más habitable. 

«Hay metáforas en el vértigo/ de los esqueletos amotinados». ¿Hasta dónde puede llegar la metáfora?

La metáfora surge de la necesidad de expresar algo que escapa al lenguaje común. Para mí no es un proceso racional, no es que yo despoje al significante de su significado, sino que el inconsciente encuentra los vínculos necesarios para expresar algo nuevo, establece una relación que la razón es incapaz de llevar a cabo. ¿Hasta dónde puede llegar la metáfora? Creo que la metáfora no tiene límites, siempre puede ir más allá, y cuanto más allá mayor será su poder de evocación y más libertad dará al lector. Yo no soy capaz de explicar lo que significa «el vértigo de los esqueletos amotinados», podría dar una interpretación personal, decir que los esqueletos amotinados son las palabras despojadas de cargas semánticas que pretenden hacer una revolución… pero lo estaría haciendo como lectora porque yo misma no sé de dónde surgió esta metáfora, simplemente se me impuso y yo la acepté. A veces me surgen otras que no acepto. Es cuestión de saber elegir.

¿Cómo se reconoce lo sagrado?

Sagrado, consagrado, santificado… Es aquello que no admite manipulación. Se reconoce porque es algo cuya naturaleza se te impone y no te permite ir más allá.

¿Cuántos fantasmas pueblan la poesía? 

Muchos, todo lo que nos obsesiona. Somos un cúmulo de obsesiones que afloran en la poesía.

Los versos, ¿brotan de cierta melancolía o de un deseo incontestable?

Puede que de la melancolía surja el deseo incontestable de escribir.

«márgenes» es una de las palabras más repetidas en el poemario. ¿Cómo son esos márgenes por los que siente tanta querencia Emma?

Los márgenes son el terreno de la reflexión. Cuando leemos, vamos dejando en ellos destellos que nos sugiere la lectura de un texto. La revisión de esos márgenes desordenados y espontáneos puede convertirse a veces en el germen de un poema. Es el humedal en el que germina la poesía.

¿Qué crece «entre la flor y la nada»?

La vida. La flor, la belleza, la capacidad para percibirlas es lo que nos enaltece como seres humanos. Si perdemos esa capacidad quedamos a merced de la nada, esa pérdida es la muerte.

De «entre los nombres que te han dado», que ha recibido Emma, ¿cuál es el que más la significa?

En cada etapa de la vida, ha habido nombres que me definían, que representaban una versión de mí y que generalmente se solapaban durante un tiempo. La palabra «hija» convivió durante un tiempo con «compañera» y con «madre». Con la muerte de mis padres, dejé de ser hija y seguí siendo compañera y madre, pero hay una palabra que siempre me identificó, que me acompañará hasta el final y que los engloba a todos porque representa la condición previa sin la cual no podría haber sido ni hija, ni compañera, ni madre. Ese nombre es «mujer».