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Eduardo Espina

Entrevista

26 Abr 2022

Eduardo Espina, ensayista y poeta

«Lo que salva a la palabra de lo efímero son las formas de encontrar música en las posibilidades de su decir»

Esther Peñas / Madrid

Libro albedrío (Varasek ediciones) es un artefacto cuyo engranaje vincula y acopla reflexiones, hallazgos poéticos, poemas, entrevistas, tentativas de ensayo, fulguraciones de ingenio. Sobre todo ello, belleza. Leerlo es acompasar lo melódico del disfrute que celebra la palabra. La palabra dispersa, porque su autor, Eduardo Espina (Montevideo, 1954) reúne un ramillete de anécdotas para pespuntar un poética cuyo eje es la capacidad de lo aparentemente nimio de desplegar una galaxia de vocaciones. 

El autor presentará Libro albedrío este viernes, 29 de abril, en la librería Enclave de Madrid, a las 19 horas.

Eduardo Espina nació en un hospital cerca de una casa, en Montevideo, Uruguay. Vive en una casa cerca de un hospital, en College Station, Texas. Poeta y ensayista. Sus poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán, neerlandés, italiano, albanés, mandarín, ruso y croata. Está incluido en más de cuarenta antologías de poesía. En Uruguay ganó dos veces el Premio Nacional de Ensayo, y en 1998 obtuvo el Premio Municipal de Poesía. Sobre su obra poética se han escrito tesis doctorales, y extensos artículos de estudio fueron publicados en reconocidas revistas académicas como Revista Iberoamericana y Revista de Estudios Hispánicos.

¿Bajo qué circunstancias ha de imperar el libre albedrío?

El acto de crear a través de palabras es una gran anómala circunstancia. Sin embargo, alcanzar el instante supremo en que mente, imaginación y palabras que cualquiera puede encontrar en el diccionario, coinciden, requiere la intervención del libro albedrío que viene a posterior del profundo sentimiento de encontrar libertad en la sintaxis. El copyright de uno mismo contiene el conocimiento que desconocía tener y que solo el lenguaje al diseñar su imagen consigue expresar.

Malebranche afirmó que la atención es la cualidad natural del alma. ¿Estamos convirtiéndonos es unos desalmados?

A Malebranche lo leí cuando yo tenía 18 años, setenta años después usted me hace sentir que todos los pretéritos son ayer nomás, y eso es lo genial y grande de la literatura: genera presentes intemporales. ¿Cómo supo usted que yo lo había leído? La pregunta no es capciosa, pues para ser un ‘desalmado’, el alma debe haber pasado por algún lugar donde la memoria reconoce un proceso cognitivo previo. Un desalmado no es un imbécil ni necesariamente un hijo de puta que actúa por instinto, es un individuo incluso peor, pues produce resultados incomprensibles para la conciencia. Vivimos en la era del «desalme», del «a mí qué me importa», del «¿y para qué sirve la poesía, sirve para algo?» El utilitarismo prevalece, todo debe tener una función. El otro día viajé en avión, era un 787 repleto de gente. Puesto que el vuelo era largo, comencé a caminar para estirar las piernas en el pasillo y vi que todos estaban idiotizados pegados a una pantalla, jugando video juegos o mirando programas para idiotas de entretenimiento fácil. Solo encontré un pasajero, uno, leyendo un libro. Ese avión era una fotocopia metafórica del mundo en el que vivimos. Por cada millón de idiotas aparece un lector. La inmensa minoría es una minoría cada vez más inmensa. Quienes seguimos creyendo que la poesía salvará al lenguaje de su extinción en un mundo de monos con computadora, hemos devenido Eli, el superviviente trashumante de la película El libro de Eli, quien debía mantener viva la memoria escrita del mundo.

Esta falta de atención (llámese escucha, si prefiere) generalizada de la que usted habla, ¿es irreversible? 

¡No! Dígame, a ver, ¿cómo revertir la situación en la que estamos? La sumisa incapacidad de los adictos a la pantalla ha revitalizado la cultura de la pereza, de lo fácil y accesible. Pereza, sumisión, incapacidad juntas, como ahora lo están, son más efectivas y poderosas que Los Tres Mosqueteros (yo siempre preferí a Los Tres Chiflados). A esta altura, la tarea de derrotarlas resulta muy compleja, como que imposible. Hemos llegado tarde al día después. 

La escritura, ¿sucede en el espacio existente entre el «yo que quiero ser» y el «yo menos verídico»?

Es el único lugar donde puede suceder, entre el «yo que quiero ser» y el «yo menos verídico».  Una notable lectora y crítica argentina escribió un ensayo sobre algo que escribió Bolaños, no recuerdo bien qué, y sobre mi poema “Gas de los matrimonios”, que finalmente aparecerá incluido en un libro, en Mañana la mente puede, que publicará Amargord en España. La crítica me dijo que el lenguaje y la sintaxis de “Gas de los matrimonios” la habían hecho reír mucho y sacado de la «normalidad». Es el segundo mejor elogio que me han hecho. El mejor me lo dijo un simple amante anónimo de poesía, luego de leer El cutis patrio: «Me costó mucho leer su libro, pero lo gocé mucho. Siento ahora que di un paso adelante como lector». Cuando esa literatura me sale, proviene del espacio de encuentro del «yo que quiero ser» y el «yo menos verídico» que también soy.

«… en esta vida hay asuntos de mayor importancia que otros». ¿Cuáles de esos asuntos, a su juicio, están sobrevalorados?

Podría hablar mejor de los asuntos que no están ni siquiera valorados, pues a los sobrevalorados todos los conocemos. Todo lo que tenga que ver con lo profundo, lo indescifrable, lo sagrado, es detestado. Debemos empezar la evaluación de la época por ahí.

Ese rechazo a la complejidad, a lo trascendente, del que usted habla en el libro, ¿tiene que ver con la pérdida de lo sagrado?

Lo sagrado es una de las áreas de la idiosincrasia humana que más negligencia ha sufrido por parte de la literatura, sobre todo la que se escribe en la actualidad, tan políticamente correcta, tan lejos del volumen de pensamiento llamado a permanecer. No es fácil entrar donde la fe reina sentada en el trono del enigma. Ahora mismo estoy escribiendo un libro referido a ese tema, y no sabe cuánto me está costando. Me gustaría estar en el equipo de San Juan, de San Agustín, en eso de poder hacer hablar a lo sagrado cuando es el ser humano el que lo hace. Lo sagrado es complejo, el acto de creer y crear (el indicativo de ambos verbos es el mismo, ‘creo’) y de escribir para que la vida resulte o parezca menos inútil y vana.

¿Cómo es posible que hasta la belleza, que es una de las experiencias que nos mantienen del lado de la vida, haya dejado de importarnos?

¿Importarnos? Preferiría no ser incluido en el grupo de aquellos para los cuales la belleza dejó de importar. Estoy escribiendo dos libros –no escribo poemas, escribo libros de poemas–, uno sobre lo sagrado, otro sobre la belleza, sobre el origen de la belleza cuando al ser humano comenzó a importarle la estética. Es una de las grandes preguntas que el universo no responde. ¿Por qué el ojo crea categorías de lo bello, y la mente las aprueba? La belleza es un canon al cual se le pueden ir agregando nuevas enmiendas. Corresponde a su quehacer el exceso de plenitud dentro de simetrías que alcanzaron exactitud en el disparate de existir por cuenta propia. Las redes sociales han impuesto la tendencia de que todo debe ser ya mismo, y la belleza pide tiempo. Leonardo pintó La Gioconda y nunca la daba por terminada. Hasta que un día, estaba en cama, preparado para recibir a la muerte, se levantó y le hizo un ínfimo retoque al cuadro; dijo «ahora sí está perfecto», y volvió al lecho. Murió a los pocos instantes. Esa belleza, que lleva una vida entera definir, es la única que me interesa alcanzar en lo que escribo. Claro está, hubo quienes fueron rápido a lo que buscaban, casos de Marcel Duchamp y Andy Warhol, pero nunca me interesaron demasiado. La belleza es redención de la existencia y justificación de la vida, por eso he dedicado la mía a tratar de encontrar una belleza a la que pueda reconocer como propia y utilice mi vocabulario.

¿Por qué nos cuesta tanto convivir con lo incomprensible, con el misterio?

Vivimos en la era de la gratificación inmediata, y la belleza de lo irreal trascendente va por otro camino, el del riesgo y del desafío, la cual puede generar resultados que exigen tiempo para ser procesados. En una realidad de aceleramiento, ¿cómo otorgarle consideración a lo irreconocible que busca empatía a largo plazo? En una realidad en la cual lo bello y el vello pasan por sinónimos con suma facilidad, solo cabe esperar la desaparición de las categorías estéticas con continuidad, el neobarroco esencial de cada arte magno, uno de ellos. En este aspecto, la enseñanza en todos los niveles de la educación viene fallando hace tiempo. Lo digo con conocimiento de causa, pues me esmero, hasta donde puedo, para sacar el barco adelante. Desde hace 37 años, récord mundial creo, enseño una clase para estudiantes de licenciatura y doctorado sobre poéticas de la innovación en la que trato de hacerles comprender a los muchachos que no se necesita «entender» para entrar en diálogo con la belleza, munidos con una sensibilidad inteligente. Con triunfos y fracasos, como en todo, he logrado que los estudiantes se preocupen por entrar en sintonía con lo que ellos llaman «incomprensible» y que para mí es asunto diario de actividad y estudio. El rebaño anda a la deriva, no hay casi ovejas negras y el lobo que se comió a Caperucita Roja y a su abuela se hizo vegetariano.

¿Cuál es la disposición de ánimo necesaria para que «al perdón le de igual todo»?

El perdón viene después del pecado. Nadie perdona a un inocente (y a mí me han acusado de perdonar a todo el mundo). El libro albedrío de las palabras atañe a saber perdonar a lo incomprensible, hacerlo un pecado necesario para que el espíritu encuentre en la sintaxis una forma de expiación y, aún más importante, una forma a guisa de atajo para ver lo nuevo antes de que sea visto por otros.

Una de las ideas que circunda el texto es que, para que haya poesía, el lenguaje ha de ponerse a hablar por su cuenta, pero estamos en una etapa que ha puesto a trabajar al propio lenguaje, convirtiéndolo en asalariado. ¿Cómo evitar esto, cómo dejar que la palabra se cuente a si misma?

Discrepo, no creo «en una etapa que ha puesto a trabajar al propio lenguaje, convirtiéndolo en asalariado». El lenguaje trabaja fuera de planilla, no figura entre los «asalariados», es inmigrante invisible que ni pincha ni corta. Se ha convertido en actor de reparto, de los que no tienen ni un solo parlamento en la película de la historia actual. De seguir así, los poetas venideros van a escribir sus poemas con memes. La realidad futura a la que refiero no es tan descabellada como parece, tal cual lo consignan los actuales parámetros de economía lingüística, maximizada por la predisposición de la gente a la distracción permanente. Para que vea a dónde hemos llegado, presento un ejemplo a mano. En las carreteras estadounidenses, como se vio en unas cuantas películas, hay carteles publicitarios grandes, billboards. Los tres primeros dígitos de los números de teléfono que aparecían, tal cual se acostumbra en ese país, estaban en paréntesis. Por ejemplo, (817) 860 3468. El paréntesis ha desaparecido, ahora es 817 860 3468. ¿Por qué? Para que la gente lea el número con mayor rapidez. Por otra parte, el lenguaje puede contar su propia historia si está bajo la pauta de su música y los saltos inventivos que pueda dar sean en el aire, no en la realidad empírica, de la cual se ocupan periodistas y novelistas. Lo que salva a la palabra de lo efímero son las formas de encontrar música en las posibilidades de su decir, ahí empezará a ser poesía de la que seguirá siéndolo más allá del polvo y la muerte. Para que la palabra se cuente a sí misma, hay que impedir que cuente. Su contar debe ser cantar.

¿Acaso Cupido, ese orondo mozalbete que nos hace delirar, salirnos del surco, perder la cabeza, es uno de los grandes enemigos del sistema, que desea súbditos predecibles?

Es Cupido y también, escupido, pues lo han ninguneado o utilizado de excusa para decir las más monumentales estupideces, de esas horrendas por ser cursis. La poesía actual está llena de corines tellados. Siempre los hubo, pero ahora se han reproducidos favorecidos por las circunstancias tecnológicas. Las redes sociales han permitidos que los idiotas se aplaudan entre ellos al unísono, el mismo día en que la estupidez con rango amoroso fue emitida. Son pocos los que se salen del «surco» y evitan el describir tan característico de la literatura actual. 

¿Es, la mariposa, el animal totémico de Eduardo Espina?

Prefiero hablar de mariposas que de seres humanos. Hay más misterio en el insecto alado de preocupante fragilidad que en un individuo que pierde tres cuartas partes del día en una pantalla digital arruinando su mente con chatarra comunicacional. Dependen del GPS del entretenimiento. ¿Qué de totémico hay en eso? La mariposa, en cambio, es un tótem que en un abrir y cerrar de ojos consigue fugarse de su figura anterior. Va siempre a la próxima persona que le tocara ser sin la ayuda de nadie. ¿Qué otro animal va a los azahares guiado por el azar? Empecé a leer a Nabokov y a Virginia Woolf porque en mi adolescencia descubrí que ambos amaban a las mariposas, aunque a ambos les gustaba verlas disecadas como si fueran naturaleza muerta en un cuadro de Pieter Claesz. Antes de ser poeta y lector, fui entomólogo amateur. Ahora cazo solo palabras, más difíciles de atrapar que cualquier bestia alada. Como las mariposas, en la invisibilidad encuentro razones para salvarme en compañía del que habla en mí. Creo en vidas siguientes más allá de esta. Si algún día por error regreso a este mundo, me gustaría que sea reencarnado en mariposa, convertirme en la primera que escribe poesía, una mariposa negra, para que la noche no me vea, aunque correría el riesgo que me confundieran con Batman. Lo mismo que ellas, soy un insecto insignificante que vuela por el lenguaje y que encontró en el aire de la prosodia un hogar sin residencia específica. Mi sedentarismo es transmigrante.

Hay numerosas referencias musicales en este libro. Dígame un par de canciones que podrían servir como banda sonora a Libro albedrío.

Vivo y escribo con el oído. La música me ha librado de añorar un espacio que puede ser el de nacimiento o el del sitio donde voy a ser enterrado y cuya ubicación todavía desconozco. La música es para mí dos o tres (mil) canciones que de tanto en tanto reaparecen para recordarme de su existencia y de la mía. Si tuviera que elegir, con premeditación elijo a dos que contienen la invención de una forma que atentan contra las expectativas: “We Can Work It Out”, de los Beatles, y “Baba O’Riley”, de los Who. Una reinventó el formato pop de complejidad simple y efectos positivos duraderos; la segunda especificó con lujo de detalles y firuletes los límites que el rock podía transgredir. Como la única poesía que me interesa, las dos canciones tienen poderío y melodía, crean cortocircuitos. Sirven para tirarle un salvavidas al espíritu cuando se queda sin monedas para poner en la rocola.