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Cussen

Entrevista

4 Mayo 2022

Felipe Cussen, poeta y ensayista

«La nada es un espacio de proyección, puede ser entendida como una potencia o como un fracaso»

Esther Peñas / Madrid

Con el aliento enlentecido por luminoso de Valente o Hugo Padeletti, bajo la advocación del tiento místico de Miguel de Molinos, el poeta y ensayista Felipe Cussen (Santiago de Chile, 1974) construye una senda por la que transitar las poéticas de la nada. Todo queda del orden del discurso: sintaxis, gramática, vocabulario mismo alientan el discurso positivo pero, ¿qué ocurre cuando se transita el camino inverso, cuando lo que se busca es el vacío, el silencio, la nada? Lo que ocurre, en última instancia, es un ensayo bellísimo, La oficina de la nada (Siruela).

Comencemos por el inicio. ¿Qué entendemos por «nada»?

La nada es una paradoja: no existe, pero la podemos nombrar e imaginar.

¿Cuándo, la nada, puede ser lugar de cosecha? Dios creó el mundo de la nada, y la nada de los orientales es la plenitud de una potencia.

La nada es un espacio de proyección, que podemos entender justamente como una potencia, pero también como un bloqueo o un fracaso.

¿Es posible «limpiar el corazón de toda imperfección», como apunta Miguel de Molinos?

Me parece imposible, la verdad... Recuerdo, a propósito, el sermón “Los pobres de espíritu”, del Maestro Eckhart, quien dice que para alcanzar dicho estado de pobreza (comparable a la limpieza de la que habla Molinos) no hay que desear nada, ni siquiera tener la voluntad de cumplir la voluntad divina.

De los muchos que convoca en este ensayo (Celan, Adorno, Blanchot, Rugoff, Valente…) ¿quién es el gran teórico de la nada, acaso Heideggerd?

Una de mis intenciones en esta investigación era precisamente demostrar la enorme variedad de reflexiones y prácticas en torno a la nada, pues quería despejar esas miradas absolutas que muchas veces prevalecen en torno a la nada. Por lo mismo, no busqué determinar quién podría ser el gran teórico contemporáneo de la nada. De hecho, más que la filosofía de Heidegger o Sarte, me resultan mucho más sugerentes las perspectivas de la teología negativa desarrollada a lo largo de la Edad Media o las propuestas de los escritores y artistas que estudio en el libro.

¿Qué diferencia los artistas sin obra de los que la tienen –más allá de corporeidad de la obra-?

Algo interesante que se desprende del libro de Jean-Yves Jouannais, Artistas sin obra, es que, a pesar de que esa diferencia podría ser muy obvia, no lo es tanto: son muchos, por ejemplo, quienes no han necesitado escribir ni publicar sus versos para andar de poetas por la vida. Algo similar comenta Annette Gilbert respecto al libro invisible de Elisabeth Tonnard, que cuenta con todas las características propias de un libro, excepto que no posee una entidad física. Lo interesante en estos casos es que, en la medida en que hay una serie de circuitos y operaciones activas, estas obras inexistentes o invisibles igualmente «funcionan».

¿Cabe la nada en un momento como el que vivimos, en el que el horror vacui –de estímulos, de noticias, de series, de todo tipo de productos que engullimos bulímicamente- nos hace esclavos tráfagos?

Ése es, quizás, el desafío actual: hay que crear, a veces con mucho esfuerzo, las condiciones que permitan que emerja la nada. O al revés: el exceso y la velocidad de las imágenes también nos pueden llevar a alcanzar un estado de vértigo en el que se suspende la conciencia.

¿De qué depende que una borradura o tachadura tenga consistencia más allá de las modas?

Creo que lo que permite que el gesto de la borradura o tachadura sea relevante es que se provoque una tensión entre aquello que se elimina y aquello que subsiste, como cuando el eco de una nota que se apaga se superpone con una nueva nota y se produce una disonancia.

¿Se lleva mejor la nada con ellos que con ellas?

Se lleva estupendamente con todos y todas por igual.

Pienso en el Libro de los veinticuatro filósofos. ¿Cuándo conviene definir por la vía positiva y cuándo por la negativa?

Creo que la estructura del Libro de los veinticuatro filósofos nos ofrece un excelente modelo para pensar en torno a la nada. Me parece que la nada merece ser pensada a través de afirmaciones o negaciones contradictorias y, aún más, a través de ambigüedades, ironías y absurdos.

Si fuéramos conscientes de la magnitud de la distancia entre realidad y lenguaje, ¿callaríamos para siempre o respetaríamos más el uso del lenguaje?

Ni lo uno ni lo otro: si fuéramos conscientes de la distancia entre realidad y lenguaje seríamos capaces de descubrir las maravillas del lenguaje cuando sólo se refiere o actúa sobre sí mismo, lo que, para Mario Montalbetti, es precisamente lo que ocurre en el poema.