Compartir en redes sociales

Valdecantos

Entrevista

10 Nov 2022

Antonio Valdecantos, filósofo y escritor

“Captar un detalle es una fiesta cósmica que nunca debe dejar de celebrarse”

Esther Peñas / Madrid

El pensamiento de Antonio Valdecantos (Madrid, 1964) discurre zafándose de la inmediatez que exige la posmodernidad, como una suerte de impertinente e improductivo imperativo categórico. Salvo que para el filósofo, más que posmodernidad, tendríamos que hablar de «modernidad póstuma» (así se titula su último ensayo, publicado en Ábada). El adjetivo, que podría traducirse del latín (con cierta licencia) como «aquello que sale a la luz después de la muerte», no da por finiquitada la modernidad, sino que la disloca del eje. Podríamos resumirlo con una sentencia de Paul Virilo: «estamos parados con velocidad vertiginosa». El espléndido texto del madrileño, armonizado por una prosa que conoce el claustro y el bazar, analiza la mentira, el decoro, la importancia del detalle, la posibilidad (o no) de otro sistema que desplazara al capitalismo, la ambivalencia del progreso, la (in) fertilidad del conocimiento…

A un filósofo como usted, este arrumbamiento de la verdad, que la verdad no presida nuestra búsqueda, que prefiramos acogernos a una paparruchada, a la sentimentalización del discurso, ¿le irrita, le provoca resignación, le asombra..?

Naturalmente, lo recién mencionado puede producir, según los momentos, pasiones más o menos ingratas, pero lo primero que conviene tener en cuenta es que se trata de fenómenos muy antiguos y probablemente imperecederos. La decadencia de la verdad no es, ni mucho menos, privativa de nuestros días. Fíjese en que, con tal de darse importancia y de considerarse único, nuestro tiempo está dispuesto a cualquier cosa y así, cada vez que se descubra mendaz y embustero, resolverá la contrariedad viéndose como la más mentirosa de todas las épocas, sin ninguna que pueda aspirar a aventajarla, porque el destacar patentemente, no importa de qué modo, respecto del pasado hace perdonar cualquier iniquidad. Esto forma parte del ilimitado narcisismo del presente, cuya tontiloca condición lo hace capaz de las bobadas más sonrojantes. Además, tengo la sospecha de que la mayor parte de lo que se ha dicho sobre la llamada posverdad (que quizá sea un tópico en progresivo desuso; los rasgos de la actualidad tienen que ser cambiados a toda prisa, porque, de lo contrario, se desgastan y producen tedio) es no poco hipócrita. Los falsarios son siempre, no en vano, los rivales políticos o culturales de quien se presenta como defensor de la verdad, de manera que nuestra época se tendrá por especialmente corrupta porque los enemigos que nos han tocado son los más despreciables que la historia ha dado de sí.

Sin embargo, la defensa de la verdad tiene que ejecutarse, de ordinario, profiriendo algunas mentiras y muchísimas medias verdades, e incurriendo en innumerables autoengaños. La mentira es el corazón mismo del lenguaje político, y otro tanto ocurre en el lenguaje en general con la verdad a medias. Sería saludable (ya sé que no va a ocurrir nunca), que cada secta o bando reconociera limpiamente la condición mendaz de su discurso. Miren, debería decirse: nosotros somos tan mentirosos como cualquiera (y tanto como lo sois, por cierto, vosotros que nos oís o leéis), aunque vamos a esforzarnos, eso sí, en no recrearnos demasiado con nuestras propias falsedades, e incluso en reducirlas al mínimo. Seguramente esto sería muy poco competitivo en el mercado de la virtud, pero creo que es lo único honrado a que se puede aspirar.

Cargar con los propios vicios y ocultarlos tan solo en la proporción exigida por el decoro, sin negarlos y sin hacerlos pasar por virtudes, es la única tarea que nos cabe si no queremos renunciar a cierta dignidad, aunque sin duda eleva mucho más el ánimo repetir hasta el hartazgo el pueril argumento según el cual, por muchas taras que nosotros y los nuestros tengamos, al lado de las del enemigo se vuelven irreconocibles y están disculpadas de antemano. Solamente con evitar estas maneras de argumentar ya se rendiría un considerable tributo a la verdad, pero, desde luego, lo que se hace es exigir que eso lo practiquen ellos (sean ellos quienes sean, porque siempre hay malos y nunca somos nosotros; de esta falsedad estructural no se libra nadie). No se ha meditado lo suficiente en que, cada vez que, de la manera más empalagosa, se habla de “el otro” o de “los otros” como objetos sacratísimos de nuestra atención y cuidado, no se piensa, de ninguna manera, en el enemigo. El enemigo no es el otro porque no merece esa untuosa denominación, inventada para designar solo a aquellos respecto de los cuales hemos decidido que merecen formar parte de nosotros, tengan o no interés en ello.

Y algo semejante puede decirse sobre la sentimentalización del discurso: demagogos son siempre los malos, y nunca nosotros, que, naturalmente, somos buenos. Lo que importa es que, cuando son ellos quienes apelan a las bajas pasiones, se los tomará por unos bellacos, pero, cuando lo hagamos nosotros, eso será una señal cierta de que somos seres muy sensibles, atentos a las emociones, a la fragilidad y a la imperfección humana: personas con empatía que se ponen en el lugar del otro y tratan de aceptarlo en su complejidad, sobre todo en lo que tiene de quebradizo y de vulnerable; gente que, por tanto, no solo habla a la razón, sino también a lo más profundo y a lo más material que hay en nosotros. Es normal: las emociones de nosotros y los nuestros son oro puro, mientras que los corrompidos instintos de ellos y de los suyos no llegan siquiera a la categoría de emociones.

Para salvarnos del desquiciante ritmo de las sociedades actuales, usted propone ajustarse al detalle, habitarlo.

Sí, y me alegro de esta observación, aunque el detalle no solo es apto para curarse de nuestra actualidad, de sus sociedades y de su ritmo, sino de todas las actualidades, ritmos y sociedades, que son, probablemente, espantosas por igual. De-tallar, ya sabemos, es cortar, y esto debe tomarse también en el sentido de la interrupción de todo movimiento demencial y estupefaciente, como quizá lo sea siempre el de cualquier historia merecedora de este infausto nombre. Esto que usted llama (con palabras muy precisas que estoy seguro de que son suyas y no mías) «ajustarse» y «habitar» implica, sobre todo, saber descubrir detalles imprevistos y salvarlos del olvido a que estaban destinados. De modo que el detalle mismo es algo que ha de ser objeto de salvación, y por eso es por lo que uno puede pensar en beneficiarse de una parecida a la suya.

Las dos formas características del detalle corresponden a los que aparecen en el espacio y a los que se dan en el tiempo. Sin embargo, los detalles no siempre aparecen y la mayor parte de ellos pasan inadvertidos. Como sabemos desde Aristóteles, los detalles se perciben sobre todo con la vista, aunque no solo. De hecho, muchos detalles son invisibles: piénsese en lo que ocurre cuando leemos o entendemos algo entre líneas. Eso que se lee o entiende (o que tan solo se vislumbra) es, sin duda, algo que no está dicho ni escrito, y tampoco es algo que uno ponga de su propia cosecha. Está en lo leído u oído, pero bajo la forma de la falta. Hay, en efecto, palabras que faltan para terminar de entender debidamente lo que se está leyendo u oyendo, y conviene advertir cuán extraño es esto de «entender debidamente». Porque, cuando se prescinde de lo que está entre líneas, a las palabras no les faltará sentido y se comprenderán perfectamente, si bien se tendrá la sospecha o la certeza de que, si se les añade algo que no está presente, entonces el sentido variará un tanto, y quizá se complique y se enrarezca, pasando a ser más difícil de entender.

La facilidad es tramposa y falsificadora, y está concebida para que el oyente o lector poco avisado o poco inteligente crea que lo ha entendido todo y no tropiece con elementos que le harían reaccionar de manera peligrosa. Los detalles pueden aparecer, pues, entre las líneas, y entonces son invisibles, pero también pueden estar a la vista, aunque la vista tenga que esforzarse para captarlos o tenga que violentar sus hábitos. Un elemento mínimo que estaba en el campo visual, pero en el que raramente se reparará, o cierto pequeño objeto, matiz cromático o mancha incierta de un cuadro, son detalles espaciales que, una vez descubiertos, hacen que el interés por el resto del campo visual o del cuadro disminuya o desaparezca del todo, mientras que el detalle temporal surge en el discurso leído o hablado, o en la sucesión de cualquier clase de acontecimientos, cuando una pequeñez, en principio insignificante, exige ser recordada durante todo el tiempo que quede, o incluso obliga a detenerse y a no pensar ya más que en ella.

Tanto en el tiempo como en el espacio, lo que se requiere para hacer justicia al detalle es, naturalmente, atención, y también disposición a no desaprovechar la casualidad y la buena fortuna. El mundo se compone de una multitud ingente de detalles que no serán advertidos nunca, de manera que captar un detalle es una fiesta cósmica que nunca debe dejar de celebrarse, aunque es cierto que a veces las fiestas terminan mal. Hace un par de años dirigí un excelente trabajo de fin de grado sobre la «poética del detalle». Su autora, Belén Juliá Ciarelli, decía allí cosas del mayor interés.

¿En esta época de tanto sucedáneo, con los intelectuales y los profesores (léase maestros, si procede) desplazados por tertulianos, youtubers y otros animales de compañía, parafraseando a Durrell, ¿cómo reconocer lo importante de lo que es accesorio?

¿No le parece a usted que quizá lo importante no tenga tanta importancia como se le da? Este asunto guarda mucha relación, desde luego, con lo que acabo de decir sobre los detalles. Seguramente las cosas que pueden llegar a valer un poco la pena no pertenecen casi nunca a la categoría de lo importante. Suelen ser desechos de atención que no suscitan ningún interés a esos hombres y mujeres que van siempre con un espantoso rotulador de tinta brillante en la mano, dispuestos a subrayar en cualquier hoja de papel la idea principal. No se ha calculado el grado de corrupción mental que ha causado toda esa pedagogía inspirada por la idea de que la inteligencia consiste en saber detectar lo importante y poner en segundo plano todo lo demás. Al contrario de lo que suele creerse, la inteligencia consiste en haber aprendido que, allí donde se detecta algo como importante, la atención debería dirigirse hacia otra parte, que seguramente no se sabrá reconocer nunca.

Quien cree haber descubierto el punto al que debe mirar es un tontainas y un petulante, porque ese punto está siempre en otro lugar. Su esencia consiste en escaparse de la mirada, y en particular de la mirada de los humanos ávidos de importancia. Si fuéramos capaces de prestar atención durante mucho tiempo seguido, con fidelidad incondicionalmente perseverante, a unos cuantos aspectos de la vida que de verdad fuesen carentes de importancia, puede que con ello obtuviésemos algo de sabiduría. Pero con lo importante lo único que se logra es estar al día y cacarear esa inconfundible parla dormitiva, empapada siempre de un perfume empalagoso cuyo olor no se va en un montón de horas, propia de la persona eficaz, actual, dinámica y bien informada.

Naturalmente, los fastidiosos animales de compañía cuyos tipos enumera usted pertenecen a tal clase de gente. Y todo esto por no hablar de las personas importantes. No digo las que se dan importancia a sí mismas (gente que suele ser patentemente boba y que no engaña a nadie), sino las que realmente se ajustan a lo que cabe esperar de alguien importante. Piense en los escritores, artistas o pensadores tenidos por importantes, ya sea en vida o en la posteridad. Por regla general, no son los que verdaderamente merecen la pena, sino tan solo los que cuentan como «representativos de su tiempo», «exponentes del panorama cultural» o, «referencias imprescindibles». Lo que digan, pinten o compongan esos personajes importantes es lo de menos, porque basta con unas pocas citas consabidas y trilladas para que la importancia se ponga de manifiesto y ellos cumplan satisfactoriamente su función.

 Se debería escribir alguna vez una historia de lo poco importante, pero no con el propósito de revisar el canon de las personas y cosas a las que se concede importancia, sino con el de demorarse en algunos detalles de lo que nunca merecerá ese honor. Si alguien fuese en verdad ambicioso, no aspiraría de ninguna manera a que su nombre se grabase en letras de oro o se recordase, ni a que su efigie se reprodujese, sino, más bien, a que ciertos detalles de su obra se recordasen de forma imperecedera sin referencia ninguna a su autor, e incluso en medio de malentendidos mayúsculos. Esa sería la señal de que uno ha hecho algo que vale la pena. Todo lo demás es sucumbir al imperio de lo importante, un imperio siempre injusto y que debería producir sonrojo.

¿Le apena que haya concluido la modernidad? Lo que acontece, lo que le sigue, ¿es un epígono o algo radicalmente distinto, otro?

Pues no crea usted que me entristece gran cosa, aunque de hecho no creo que haya concluido. Lo que sigue a la modernidad clásicamente concebida es un tedioso periodo, como dice usted, epigonal, que, cuando termine, no creo vaya a ser añorado por nadie. Hay usos más o menos sobrios y desapasionados de la palabra «modernidad» que hacen de ella el nombre de una época y de todo lo que en ella ha ocurrido, y también hay otros conforme a los cuales «moderno» designa solo lo que hay de bueno en la época que transcurre desde comienzos del siglo xvi en adelante. Sin duda, nadie que no sea muy cínico y muy cruel puede añorar en bloque una época entera. Por breve que sea el lapso temporal así definido, el número de infortunios y de crímenes allí acumulado serán bastantes para que la añoranza sea algo muy parecido a un crimen, y quizá también a un infortunio. Cabe, desde luego, quedarse con lo bueno y quitar lo malo, pero entonces seguramente ninguna época es mejor que otra, porque esa criba puede hacerse con todas. Y cabe también decir —esto es lo más frecuente y lo más odioso, y lo más característicamente moderno—que la parte mala es el precio que hubo que pagar para que pudiera darse la buena.

La modernidad, como todo, es ambivalente, si bien la ambivalencia puede tratarse de muchas maneras. Por lo general, quien dice reconocer la ambivalencia de la modernidad lo hace sin creerlo realmente. Al final, a la modernidad se le perdona todo, y de este proceder indulgente no se libran ni las mejores cabezas. Mirar a la modernidad con asco y sin sentimiento de pertenencia es algo que está rigurosamente prohibido y que debe disimularse si uno quiere sobrevivir, sobre todo en los ambientes de lo que se llama cultura, aunque también ciertamente en la política. Ahora bien: si alguien proclama la ambivalencia de lo moderno, pero no rompe con ello, lo más probable es que la proclamación sea hipócrita. Dicha ambivalencia solo puede reconocerse a partir de un juicio adverso, porque, cuando el juicio es favorable, el reconocimiento de la ambigüedad es un mero gesto cultural.

Cuando se habla en términos parecidos a estos, no tardará en aparecer alguien que, cargado de toda clase de razones y agudezas, pregunte si acaso le gustaría a uno vivir en alguna edad distinta de la moderna, una pregunta que suele hacerse aludiendo a las incomodidades, a menudo insoportables, que uno padecería si se transportase a una época pasada. Pero esa idea de que uno puede imaginarse en una época o en otra o en otra, y de que, terminado ese ejercicio, puede decidirse en favor de alguna de ellas no es más que un pasatiempo pueril, solo posible en la modernidad, es decir, en una era en la que se supone que todo es objeto de elección y que uno elige (como elige un plato del menú o un lugar de vacaciones) quién quiere ser y de qué ambiente desea rodearse.

¿Una de las características de este periodo en el que ya estamos inmersos es que no hay progreso sin prosperidad económica?

En efecto, aunque eso me temo que es también característico de todos los periodos que aprecian el progreso o que se tienen a sí mismos por progresivos. Aquí ocurre algo semejante a lo que veíamos hace un momento. En principio, la prosperidad económica parece que es muy buena cosa, pero lo que quiere decirse con esto es que lo sería si no produjese la devastación del mundo, si no redujese a la miseria a cientos de millones de contemporáneos, si no universalizase la frivolidad y el mal gusto y si no crease en sus beneficiarios ese baboso sentimiento de que ellos son la expresión más alta de la humanidad y, por tanto, de la escala de los seres. Uno, sin embargo, no puede quedarse con lo bueno y despreciar lo malo, porque la dependencia recíproca entre todos los órdenes es esencial. Está el partidario más o menos realista y pragmático del progreso, que da por bueno todo lo malo en virtud del esquema de razonamiento que antes mencionaba, y luego está el progresista, alguien convencido de que, cuando el progreso sea genuino (es decir cuando se haya progresado lo suficiente), la parte mala desaparecerá o se reducirá al mínimo, mientras que la buena lo ocupará todo.

Fíjese en la facilidad con que se habla del «verdadero progreso» para denotar aquellos aspectos de este fenómeno que a uno le gustan o que considera buenos. Del resto se podrán decir muchas cosas, pero ese resto no se admite como progreso, como cuando se dice de alguien que es «falsamente progresista». No: hay cosas que son progreso y son espantosas y hay personas que son progresistas y no dicen más que cosas siniestras. Una vez me contaron (no se si será verdad) que Susan Sontag vino a algún lugar de España y fue presentada en un acto público por alguien que subrayó, naturalmente para bien, que se trataba de una persona que siempre había estado en posiciones progresistas. Al parecer, Sontag entendía algo de castellano y enseguida protestó: «No, no, yo siempre he estado en contra del progreso». Pero esto solo se le puede permitir a una vaca sagrada. A todos los demás se los tirará por el Viaducto si dicen una cosa así. ¿No querrá usted dar marcha atrás en la historia? ¿A qué época oscura quiere hacernos retroceder usted? ¿Está usted sugiriendo que los problemas del presente no ser resuelven progresando más, sino progresando menos? Me parece que sí: que esto último convendría sugerirlo de cuando en cuando.

Tengo el recuerdo infantil de una portada de La Codorniz o del Hermano Lobo (no sé quién sería el autor; quizá fuera Chumy Chúmez) en donde aparecía un figurón cuyo aspecto era enteramente el del típico jerarca franquista y que se dirigía al auditorio proclamando «¡O nosotros o el caos!» El auditorio, que estaba muy bien dibujado y que ponía cara de estupor, respondía «¡El caos, el caos!», mientras que el prohombre apostillaba «No importa, también somos nosotros». Creo que este sarcasmo define adecuadamente la situación en que estamos. El progreso es repudiable, pero quien lo haga se encontrará con que cualquiera de las alternativas con que se cuenta forma parte también de aquello que es repudiable. Acaso deberíamos acostumbrarnos a dejar de pensar en términos de alternativas y falta de alternativas. Es un lenguaje de comida o reunión de negocios, que la gente ha asimilado de manera necia creyendo que hablando así se convierten en personas importantes. Y de la importancia ya hemos hablado.

Entre ser una cosa o su contraria y ser ambas al tiempo, ¿qué es más deseable?

Ambas al tiempo, sin duda ninguna, y, cuando digo «ambas al tiempo», no me refiero a la segunda de las opciones que propone usted, sino a la conjunción de la segunda y la primera. Recuerde que hace un momento surgía la cuestión de la ambivalencia. Fíjese en que, según una tradición inmemorial, pensar consiste en distinguir y, por tanto, en diferenciar y decidir. La indecisión, la confusión, la ambigüedad, la mezcla, la contradicción y la indiferencia son, entonces, enemigas del pensamiento, aunque al arte de hacer distinciones debe acompañarlo, según esa tradición, el arte de formar géneros cada vez más incluyentes y abarcantes. Pensar es, en suma, poner y quitar diferencias, juntando lo que estaba separado y separando lo que estaba junto. Pero una cosa es captar lo común y general y otra permanecer en la confusión y en la ambivalencia, lo cual se advierte muy bien allí donde no se trata de géneros y especies, sino de bienes y males. No solo el bien y el mal aparecen a menudo en compañía, sino que también lo hacen lo mejor y lo peor.

Hay una vieja concepción, explicitada por primera vez con claridad por Agustín de Hipona, según la cual todo lo que es, es bueno de por sí, puesto que el mal no tiene ser y constituye tan solo una privación, falta o deficiencia que sufre aquel o aquello a lo que se llama malo. El mal, por tanto, no existe y todo lo que existe es bueno, de modo que, cuando se dice que hay un mal, lo que quiere decirse es que a aquello que propiamente existe le falta algo que no está y que, si estuviera, haría que retirásemos ese juicio adverso. En un ojo ciego no hay, pues, mal alguno, y lo único que ocurre es que le faltan capacidades que no están presentes en él. Lo que el ojo tiene en sí es todo ello bueno, y el mal está en aquello que no está, es decir, fuera del ser. El platónico Agustín forjó esta ontología con el propósito o de rebatir a los maniqueos, gentes dualistas (a las que él había pertenecido) que afirmaban la igual existencia de dos principios, uno bueno y otro malo. Hay, naturalmente, una visión según la cual tanto el mal como el bien gozan de entidad por sí, de manera que cosas y personas son mezclas de bienes y males, pero en realidad no es necesario ser maniqueo ni gnóstico para hacer justicia a la radical ambivalencia de todo lo que hay.

De hecho, a lo que conduce el punto de vista de Agustín, si se lo toma en toda su radicalidad, es a algo bien terrible: dado que tropezamos constantemente con esas faltas y ausencias a las que llamamos males, hay que concluir que el no ser está infiltrado por todas partes: allí donde hay algo o algo se da, siempre está al lado la nada que le corresponde y que lo devora sin piedad, aunque sin terminar de ejecutar del todo su empresa aniquiladora. Así pues, parece que habría que elegir entre una inquietante mezcla de bienes y males y algo parecido a un queso que está agujereado por todas partes. La nada es irrepresentable, pero viene a la fantasía una materia carcomida que apenas puede adquirir consistencia porque está penetrada de vacío por todos lados, algo que, si se toma en serio hasta sus últimas consecuencias, seguramente resultará insoportable. Hacer justicia a la ambivalencia de cosas y personas es, sin duda, una tarea esforzada.

Las urgencias de la práctica (y la práctica es casi siempre urgente) nos exigen cortar por lo sano y resolver las ambigüedades en beneficio de uno de sus dos lados y en perjuicio del otro. En eso consiste, no en vano, decidirse. Si he estado pensándome mucho qué hacer (porque cada posibilidad tenía su lado malo y su lado bueno) y al final he tomado una decisión, lo habitual será que me convenza de que, en la opción elegida, el lado bueno supera al malo mucho más de lo que realmente lo hace. De hecho, lo más práctico será que me olvide de la parte mala, o, de manera semejante a lo que antes se denunciaba, que me persuada de que en realidad no es tan mala, lo cual suele ser el prólogo del convencimiento de que es buena o buenísima. Hasta las personas más lúcidas acometen a menudo este género de simplificaciones o resoluciones, y lo hacen por la cuenta que les trae. Si no lo hicieran, les ocurriría como al asno de Buridán, que murió de hambre por no decidirse entre dos montones de comida, ambos apetecibles.

Pensar es, como digo, permanecer en la ambivalencia y no resolverla, lo cual puede adoptar la forma, paradójica desde luego, de no decidirse entre la ambivalencia y la falta de ambivalencia. Me dirá que la estoy enredando de mala manera, pero estas cosas son así. En realidad, usted me preguntaba por lo más deseable, y me parece que la respuesta tiene que ser muy vacilante y quizás ambivalente. Lo deseable sería poder vivir y salir adelante sin resolver las ambigüedades en que las cosas consisten y en que consistimos nosotros, aunque eso está reñido con lo que es vivir y salir adelante. Es cierto que a veces uno puede olvidarse de salir adelante, y entonces sí que podrá permanecer en la ambigüedad y, por tanto, pensar. Pero esto, necesariamente, tiene que ser poco duradero.

En esta «sociedad del conocimiento» en la que nunca fue tan fácil acceder al saber, ¿cuál es la mayor trampa para que seamos críticos?

Bueno: en la sociedad del conocimiento nadie es capaz de conocer nada. Lo único que en dicha sociedad conocemos es el hecho mismo de que ella se caracteriza, al parecer, por ser una sociedad del conocimiento. Y poco más. Si a usted la convencen de que vive en una sociedad de trapecistas en la que todos estamos constantemente subidos a un trapecio, será muy fácil encontrar razones para persuadirse de que eso es verdad; bastará con llamar trapecio a cualquier objeto que usted maneje.

Para jugar al juego de la sociedad del conocimiento tenemos que estar constantemente adquiriendo noticia de todo tipo de asuntos y, sobre todo, tenemos que dejar constancia de todo lo que hemos llegado a saber y tenemos que opinar compulsivamente sobre ello, valorándolo y evaluándolo. Nada de esto es muy inteligente, pero lo cierto es que suele suscitar toda clase de pasiones favorables. Usted me pregunta por las trampas que tal cosa tiende a una tarea crítica, y por la mayor trampa de todas. Quizá la mayor sea la crítica misma, una noción que probablemente deba abandonarse. Cuando alguien dice que va a expresar una crítica o cuando de alguien se dice que muestra un talante crítico, es facilísimo imaginar el género de banalidades que pueden salir de esa boca o de esa cabeza. La crítica es tan solo una de las casillas de ese trivial juego de la oca que es la sociedad del conocimiento. Hay que pasar por ella como por todas las demás, a menudo varias veces en una misma partida. La habilidad para ser críticos se aprende al igual que el uso del power-point o de la firma electrónica y, de hecho, es obligado ser críticos muchas veces, de la mañana a la noche. ¿Cuántas veces hay que evaluar, al cabo del día, los servicios que acaban de prestársenos? Si no eres crítico, no eres nadie, y, desde luego, no se trata de una crítica almibarada y protocolaria, no, no: se trata de la crítica propia de la persona exigente que está permanentemente en guardia y hace valer todos sus derechos, alguien que no está dispuesto a pasar una. ¡Menudo soy yo!, dirá a menudo a sus allegados, que, como él, se creerán también admirablemente únicos cada uno de ellos.

Este papagayo será el primero en proclamar que la sociedad del conocimiento está llena de imperfecciones y, sobre todo, de desafíos. Todo eso se tiene que superar con una atención constante y, sobre todo, siendo todos muy críticos. Los desafíos de nuestro tiempo exigen, sobre todo, la crítica, y, para aprender a ser críticos, necesitamos de las enseñanzas de distintas clases de intelectuales y de profesores, sobre todo de la rama de letras, aunque, eso sí, lo que deberán enseñarnos no será nada que guarde ninguna relación con lo que ellos saben, sino con lo que nosotros necesitamos saber para convencernos de que somos personas críticas y para sacar partido de ello, de modo que, cuanto más críticos seamos, más diestros seremos en manejar toda clase de aparatos y más necesidad tendremos de comprar uno nuevo lo antes posible. Alguien es crítico cuando ha aprendido a pronunciar como expresión de independencia y hasta de rebeldía aquello que en ese preciso instante estaba programado para declarar.

Es verdad que no todo el mundo deberá ejercer la crítica. Quizá los proxenetas y los personajes de la televisión basura estén exentos de ser críticos, y está muy bien que así sea porque eso permite que en otros ramos de la sociedad del conocimiento se critiquen con saña sus actitudes y gustos, creando la correspondiente conciencia de superioridad cultural y moral. En tal sociedad hay muchos papeles que representar y lo que importa es que cada cual represente el suyo con la mayor competencia, aunque también es apreciable que se produzcan mezclas afortunadas, frescas y sorprendentes. Eso permitirá, llegado el caso, que hasta las gentes más torvas puedan desempeñarse como personas muy críticas y muy disconformes con el statu quo.

¿Cómo es posible que el nacionalismo (permítame poner como ejemplo el catalán) que es rancio, casi por definición, pase por ser progresista, liberal, modernísimo?

No resulta nada fácil contestar a esta pregunta. Es cierto que la mayor parte de los nacionalismos suelen ser bastante rancios y el catalán no se libra de esta condición. Sin embargo, hay aquí un aspecto al que quizá no se haya prestado todavía la atención debida. Si el nacionalismo catalán tiene éxito entre la población, y, en particular, entre una población urbana, joven y orgullosa de estar muy al día en todo, no lo es porque de pronto se haya suscitado un afán irracional de recuperación de un pasado más o menos arcaico ni por algún narcisismo colectivo como los que la mayor parte de los adversos al nacionalismo creen detectar. Ese nacionalismo de raíz campestre y xenófoba existe, pero no creo que tenga mucha importancia. En términos comparativos, el nacionalismo resulta, para muchos catalanes, más modernizador que la pertenencia a España, y esto es lo que cuenta. Vista desde gran número de ambientes, España es una nación de gitanos, guardias civiles, pasos de semana Santa, toros y toreros, conmemoraciones imperiales, fritanga, secano y monarquía, y, ante una descripción así, el independentismo gana muchos atractivos.

Ciertamente el catalán es una lengua tan medieval como todas las demás de Europa, pero poco o nada hay de retrógrado en su defensa. En la práctica, no se trata de elegir entre el catalán y el castellano, sino, más bien, entre dos bilingüismos: catalán-castellano y catalán-inglés, ¿y no es acaso más moderno el segundo? Permítaseme, por cierto, llamar la atención sobre las distintas varas de medir que usa la derecha española en relación con las lenguas. En Cataluña esos sectores defienden el castellano a muerte, aunque en Madrid la imposición del inglés en la enseñanza (en detrimento, claro está, de la lengua de la patria) ha resultado verdaderamente atroz, además de grotesca. Pero dejemos esto ahora. Para cualquier muchacho educado en un clima nacionalista catalán (y la mayoría de la juventud ha recibido esa educación), decirle que tiene que pertenecer a España es como venderle un producto de mala calidad a un precio exorbitante. Mucho más moderno y mucho más cosmopolita sería (y más ilustrado, qué duda cabe) pertenecer a un país pequeño, del tipo de Holanda, Bélgica o Dinamarca, con su lengua propia para uso privado y con vínculos internacionales directos, que no pasen por Madrid, por su caspa ni por sus Borbones (los países mencionados son monarquías, es verdad, pero en ellas la corona es como un teatro de ópera). Pudiendo tener como segunda lengua el inglés, ¿para qué tener que saber castellano, esa lengua de andaluces, de sudacas y de autos sacramentales? Todo esto funciona, y mucho. Y no son, repito, pulsiones propias de gentes reaccionarias, localistas y atadas a la Iglesia y al pasado. Son vicios impecablemente modernos y hasta modernizadores.

Creo que este es el verdadero clima mental del nacionalismo catalán, aunque es cierto que la mayoría de sus dirigentes parecen recién salidos de una caverna y solo pueden suscitar confianza a gentes muy proclives a la gresca permanente y a la visión conspirativa de la vida. Aquí la clave ha estado, y seguramente va a seguir estando, en que los amores cosmopolitas no son correspondidos. Los nacionalistas catalanes creían poder pertenecer directamente a la Cosmópolis, pero la Cosmópolis no tiene ningún interés en que Cataluña pertenezca directamente a ella. La verdad es que la humillación es grande, como ocurre con todos los amores que no encuentran correspondencia.

Como entusiasta de las novelas distópicas, ¿hemos perdido la capacidad de imaginar una alternativa al capitalismo?

Sí, sí hemos perdido esa capacidad, sin duda ninguna. Todo el mundo conoce la sentencia de Jameson: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero yo no creo que haya que tener mucha nostalgia de la época en la que sí se imaginaban alternativas al capitalismo. De hecho, algunas fueron mucho más que un objeto de la imaginación, y ya ve usted. En realidad, los términos «capitalismo» y «modernidad» designan lo mismo, descrito de distintas maneras. Quiero decir con esto que muchas personas que se proclaman anticapitalistas tienen una fascinación y hasta una adicción por el capitalismo verdaderamente formidables. Es lo mismo que ocurre con el antiamericanismo. Por regla general, la aversión política a los Estados Unidos (ese fenómeno intermitente, que de pronto cesa cuando gobiernan allí los demócratas) va acompañada de la entrega sin condiciones al colonialismo cultural más exagerado. La mayor parte de las referencias mentales de quien acude a una manifestación contra la política exterior de los Estados Unidos son genuinamente estadounidenses, y a menudo castizamente yanquis.

Con el capitalismo pasa algo parecido. Hannah Arendt dijo una vez que ella no compartía la fascinación por el capitalismo que tenía Marx. Yo tampoco. A mí el capitalismo me parece una verdadera pesadilla, pero lo cierto es que la mayor parte de sus alternativas conocidas han sido intentos de superarlo por medio de los recursos que él mismo ofrece. Apenas nadie que sea marxista se escandalizará por ello. Ha habido también alternativas al capitalismo de tipo más o menos antimoderno (y recuérdese que hace cincuenta años las universidades europeas estaban llenas de maoístas), aunque la historia de alternativas así no parece estimular mucho nuevos ejercicios de imaginación. La idea de que hay que buscar siempre alternativas a todo, para después poder usarlas o no, es fruto de un instinto muy propio de estrategas y comerciantes. Por el contrario, el hombre y la mujer sabios tienen muy bien aprendido que, en general, las cosas carecen de alternativas y que, cuando da la impresión de que las hay, más vale no echar mano de ellas. La capacidad que las cosas tienen de empeorar es infinita, y, cuando son malas, basta con hacer ejercicios de imaginación para que uno se encariñe con formas de empeoramiento en verdad muy siniestras. La lealtad a los productos de la imaginación propia causa un tipo especial de ceguera del que pueden resultar verdaderas barbaridades.

En el inconcebible caso de que fuese posible acabar con el capitalismo, su sustitución por otra cosa implicaría movilizar una conjunción de fuerzas dotadas de una envergadura colosal y gobernadas de un modo monstruosamente disciplinado. En caso de éxito de la empresa, el coloso que derribase el capitalismo habría cobrado una vida propia que de ninguna manera podría extinguirse al día siguiente de la victoria. La actividad de una fuerza así sería imposible de aplacar una vez desencadenada, y lo primero que haría es llevarse por delante a quienes en su día la tuvieron por algo deseable. Así ha ocurrido siempre que se han desencadenado fuerzas de este tipo, aunque nunca han alcanzado la magnitud que tendría que cobrar aquella en la que estamos pensando hoy día. Es como si imaginásemos una fuerza capaz de instaurar una alternativa a la modernidad. Ni siquiera aquellos para quienes la modernidad no es algo demasiado glorioso deberíamos dar rienda suelta a la imaginación buscando esta clase de alternativas. Al capitalismo ni siquiera cabe domarlo. Lo único que cabe es narcotizarlo a ratos.

Desde el punto de vista moral ¿cuál es la mayor atrocidad que se ha justificado?

Muchas. Sin duda ninguna, el punto de vista moral se inventó para condenar las atrocidades y cosas que no llegaban a tanto, e incluso los propósitos atroces o simplemente malévolos. Pero, cuando alguien se instala en el punto de vista moral para emprender sus repudios y para justificarlos, no suele contentarse con emitir juicios adversos. Ese punto de vista es, desde antiguo, muy proclive a la sobreactuación. Quien habla desde él, no se limitará nunca a decir de algo que está mal y, desde luego, no consentirá ambigüedades. No dirá que algo es malo, sino que es incalificable, inadmisible e inaceptable. La lista de adjetivos tiene que abarcar siempre un mínimo de tres. A partir de ahí, resulta muy fácil rematar la enumeración diciendo que lo juzgado atenta contra la humanidad, o algo por el estilo. Y, si algo lesiona a la humanidad entera, no parece que las personas de bien puedan quedarse quietas ni ser indulgentes. Cuando estos males se dan, cualquier respuesta se quedará corta. Sin embargo, es facilísimo atentar contra la humanidad entera. Todos los días ocurre sin cesar, y ocurre en todas partes. ¿Acaso puede negarse que abandonar un niño es un atentado contra la humanidad?

Lo que de hecho ocurre es que, a la hora de la verdad, se es inflexible con los enemigos e indulgente con los amigos y aliados. Por lo general, se juzga con el mayor candor que son los primeros quienes propiamente atentan contra la humanidad, mientras que los segundos obran en legítima defensa o acorralados por una injusticia a menudo inmemorial. Ahora que no nos oye nadie, yo le diría a usted que la moral no es un asunto de mucho fiar. De ordinario, es un procedimiento para dar lustre intelectual a juicios que ya se tenían tomados de antemano, y por motivos en general muy bárbaros y muy inconfesables. Con frecuencia es la manera de convencerse de que los odios y desprecios más sórdidos que uno puede llegar a tener están respaldados por razones de lo más noble y de lo más exquisito. Hay que guardarse mucho de la gente que está todo el tiempo diciendo que esto es ético y que esto otro no lo es.

El juicio sabio de las cosas resulta, probablemente, más ácido y más destructivo que el que da de sí el punto de vista moral, pero también más indulgente. Comienza por desconfiar de sí mismo y de su inmensa capacidad de autoengaño. Y no olvida que el juzgar algo o a alguien consiste en colocarlo bajo un tipo o esquema que inevitablemente desfigura lo juzgado. Llamar bellaco a alguien consiste en subsumirlo bajo el tipo de El Bellaco, y con semejante tipo no hay piedad que valga. Una vez emitido el juicio, la inteligencia se detiene (aunque con frecuencia se había detenido mucho antes) y lo único que queda es encontrar motivos adicionales, que nunca faltan, para perseverar en el juicio y para admirarse a sí mismo como el hombre justo (e injustamente vilipendiado) que uno es. Quien tiene unos adarmes de sabiduría sabe que estas prácticas son vórtices muy violentos que se lo tragan a uno y le hacen perder toda capacidad de pensar, convenciéndolo, además, de que su pensamiento resplandece admirablemente.

Decía Lacan que una cosa es lo que uno cree haber dicho, otra la que dice, otra la que entiende nuestro interlocutor y otra la que cree haber entendido. ¿Está sobrevalorada la comunicación?

Y otras las que distintas gentes traducen a otras lenguas, parafrasean en la propia o recuerdan (de la manera más disparatada) haber oído. Sí: seguramente el concepto tan sagrado de la comunicación solo puede aplicarse a mensajes muy elementales, del tipo «Tengo fiebre», «Fulano ha salido de la cárcel» o «El plazo no vence dentro de quince días, sino pasado mañana». Una vez escribí cierto número de páginas sobre todo esto, que suscitaron, por cierto, algunos comentarios muy generosos y muy inteligentes. A un profesor de filosofía se le puede perdonar todo lo que diga porque nunca tendrá ninguna importancia (en el sentido de la importancia de que hace un rato hablábamos) ni se terminará de entender lo que ha dicho pero, si de pronto alguien influyente proclama que la comunicación es un concepto engañoso, lo más probable es que deje de ser influyente ese mismo día. ¿O es que acaso —se dirá con listeza— no está usted comunicando algo cuando dice que el lenguaje no es, esencialmente, comunicación? ¿Acaso no nos convertiríamos en seres bestiales, inmorales y depredadores si, de pronto, se nos ocurriera despreciar la comunicación? Y la lista de esta clase de preguntas es fácil de proseguir. Me parece que en esto debería procederse de manera análoga a la que he tratado de esbozar a propósito de la moral.

Si alguien no quiere abandonar la inteligencia, debería empezar por reconocer que en casi todos los trances de la vida está metido en una espantosa maraña de malentendidos, porque estos pertenecen a la esencia del lenguaje y hace falta engañarse a espuertas para no verlos rodeándonos por todas partes. Si los reconociéramos todos con claridad, no seríamos capaces de articular tres palabras seguidas, pero de lo que se trata es de seguir hablando (ciertamente no siempre) a sabiendas de que uno está pisando una mina de malentendidos. En general, vivir es pisar terrenos minados sin tenerlo del todo en cuenta, mientras que pensar consiste en espantarse de esa clase de omisiones. El malentendido es fácil de aceptar cuando está lejos o cuando afecta a otros, aunque no cuando es uno quien lo sufre o quien lo produce, y menos aún cuando el momento presente, es decir, aquel en el que se está hablando u oyendo, leyendo o escribiendo, se descubre inundado por los malentendidos. ¿Se imagina usted que toda esta entrevista se fundase en dos o tres malentendidos de gran envergadura y que además estuviese bajo los efectos de un par de docenas de malentendidos pequeños o medianos? Si uno se toma en serio semejante hipótesis, es bastante probable que ponga en duda la racionalidad y el sentido de todo lo que está diciendo y de todo lo que se le dice, pero la lucidez respecto del lenguaje consiste en darse cuenta de que todos esos malentendidos están, en efecto, desatados (y de que por lo general no coinciden con aquellos que uno pudiera sospechar que tienen vigencia), sin que eso impida seguir hablando.

Es verdad que a veces la respuesta adecuada es el silencio y el dejar de prestar ojos y oídos, algo que de ninguna manera resulta censurable siempre. De hecho, sin cierta cantidad de silencio y de desatención, tampoco cabe pensar, decir ni oír nada medianamente inteligente. Escuchar al otro es algo que muy a menudo se toma, no se sabe por qué, como un dechado de perfecciones morales: se supone que hay que estar abierto a lo que pueda llegar a oírse, y que hay que tratar de empatizar y todo eso que sabemos, pero con frecuencia la más alta expresión de respeto que cabe con la persona con que se está hablando es no prestar atención a lo que dice y correr un tupido velo sobre ello. Después de oídas ciertas cosas, es muy difícil seguir respetando a quien las dijo, de, modo que, si uno quiere seguir tratando con cierta humanidad a la persona en cuestión, lo mejor es haber evitado situaciones a partir de las cuales semejante trato tiene que convertirse en algo muy poco probable.

¿Son devastadores los efectos del libro digital en las aulas y del libro electrónico como sustituyo del objeto libro?

Menos de lo que mucha gente quisiera. Y no porque no sean perniciosos de suyo, que lo son, sino porque, salvo que se ejecuten labores de propaganda muy sistemáticas, los alumnos (por lo menos los míos) no suelen mostrar mucha pasión por esta clase de aparatos. En general, si alguien decide estudiar filosofía, es raro que lo haga como consecuencia de su adicción a las nuevas tecnologías. La filosofía es una actividad inactual por esencia, y el cultivarla exige cierta clase de distanciamiento de la actualidad, e incluso de malhumorado desdén por sus obras, sus pompas y su culto. Contrariamente a lo que suele decirse, a mí me parece que todas estas tecnologías gustan más a los viejos que quieren hacerse pasar por jóvenes que a los jóvenes mismos. En algunas ocasiones es preciso echar mano de los dichosos libros electrónicos esos, porque son mucho más baratos y porque los de verdad no caben en casa, pero lo razonable es que tales usos sean excepcionales. Esto es, por lo menos, lo que hacen las personas sensatas que yo conozco.

Hace aproximadamente quince años, coincidí en una librería con una especie de energúmeno que, a voces y para que lo oyéramos todos, le decía a la librera (yo creo que era una manera disparatada de querer ligar con ella): «¿Cuándo dejaremos, de una vez, de venir a las librerías porque los libros los tendremos todos disponibles en el ordenador o en el móvil?» Esto se lo decía a una persona que trabajaba en una librería (que es como decirle al chef de un restaurante «a ver cuándo podemos dejar de venir a este asqueroso sitio y nos alimentamos con pastillas mientras estamos en el baño de casa») y que, la verdad, se puso un poco nerviosa con aquel alarde de desfachatez. Lo que este señor esperaba era una respuesta cómplice, porque seguramente estaba acostumbrado a leer periódicos de papel que se deleitaban vaticinando todos los días la muerte de la prensa de papel, y a leer declaraciones de intelectuales ávidos de sustituir los libros por los videojuegos. Cuando aquella chica logró vencer un poco el azoramiento, lo que le dijo al hombre fue: «Bueno, tenga usted en cuenta que los libros electrónicos acentúan a veces, según he leído, algunas deficiencias mentales». Entonces me animé a intervenir y dije algo así como «Me parece que ha querido decir ‘visuales’, pero mucho me temo que mentales también». Y, en efecto, la librera me dio la razón, advirtió el lapsus y se echó a reír, bastante nerviosa (yo también lo estaba). El tipo no se dio cuenta de que nos estábamos riendo de él y, tomando aquel sitio por una especie de manicomio, se fue enseguida. No creo que haya vuelto después a ninguna librería. No era un señor joven, ni mucho menos.

Se tiene la impresión de que con los libros no ha sucedido lo mismo que con los periódicos, los cuales están más bien perdidos y se han convertido ya en otra cosa. No todas las profecías se autocumplen por igual, pues se dijo que iban a morir los libros y los periódicos y ya ve: los primeros parecen haberse librado. También se dijo que iban a tener que cerrar las facultades de filosofía, que serían sustituidas por otra clase de establecimientos (y en algunos lugares la alternativa empezó a desarrollarse), pero lo cierto es que esas facultades que iban a cerrar tienen ahora más alumnos que nunca.

¿Hay antídoto para inmunizarse de la infantilización que provoca la tecnología digital?

Tengo mis dudas. En principio, quizá bastaría con que los cultivadores de ciertas profesiones evitásemos el síndrome de Estocolmo, una dolencia que en los últimos treinta años ha hecho estragos. Hoy todo el mundo reconoce que el modo de vida digital y, en particular, las llamadas redes sociales han destruido lo que en su día se llamó opinión pública y la han sustituido por la producción continua (ciertamente muy democrática, pero letal para la democracia misma) de banalidad, a menudo acompañada de una violencia verbal, de una mala fe y de una toxicidad propia de gente pervertida, casi endemoniada. El modo digital de vida produce un adocenamiento feroz, aunque no estoy tan seguro de que infantilice. Lo que sí hace, como antes decía, es entronizar el tipo humano del adulto tontorrón y pueril, ese hombre (suele ser varón), ya próximo a la senectud o entrado en ella, que luce ridículamente sus pantalones cortos y su espíritu deportivo y que habla como él cree que hablan los jóvenes. Semejante desenfado campechano, impúdico y chusco es lo que prevalece en la comunicación digital, la cual, por cierto, sí que suele ser comunicación en sentido estricto: lo único que hace es transmitir mensajes de una simplicidad extrema, que casi se podrían haber expresado por señas y que, no en vano, pueden sustituirse, de ordinario, por un emoticono. En realidad, lo que suele escribirse por vía digital no son más que emoticonos un poco desarrollados.

¿Hay antídoto? La cosa está peliaguda, sin duda ninguna. Yo recuerdo, en los primeros años noventa del siglo xx, las noticias y vaticinios que se difundían sobre lo que entonces recibía el nombre de «las autopistas de la información», las cuales solo eran conocidas de manera directa por gente muy enterada, pero producían toda esa lerda fascinación que producen las novedades cuando todavía no son conocidas del todo y se cree que se impondrán como algo inexorable. Emilio Lledó solía decir por entonces que él prefería ir tirando de un carro por los bordes de las mencionadas autopistas. Debo aclarar que, por lo que a mí respecta, no existía en aquel entonces el menor interés ni la menor curiosidad por todo ese tipo de asuntos. No sabía muy bien de qué se trataba y temía enterarme de los detalles. Era como si el médico te dice que padeces una enfermedad seria, la cual va a declararse del todo dentro de cierto tiempo. Seguramente habrá quien en esas circunstancias se documente compulsivamente sobre la dolencia en cuestión (ahora lo hará mirando en internet), pero en mi caso no había ninguna gana de hacerlo y prefería que el mal se retrasara todo lo posible.

Creo que, en efecto, se trata de una enfermedad. Cuando alguien tiene una enfermedad incurable, lo que corresponde es asumirla e intentar seguir viviendo de la mejor manera posible. Eso implica no pensar mucho en la dolencia y, en la medida de lo posible, ironizar con ella y tratarla con el mayor desdén posible. Pero resulta claro que la vida digital no se toma, en modo alguno, como una enfermedad, sino como un maravilloso repertorio de oportunidades y de promesas. Incluso cuando se lamentan sus peores vicios, es preceptivo acompañar el lamento aclarando que la digitalización de la vida es, en sí misma, algo bueno, aunque ciertamente suscite desafíos a los que hay que saber hacer frente. Si nos acostumbrásemos a convivir con la vida digital como se convive con las enfermedades y sin engañarse sobre ella, quizá podríamos aspirar a cierta lucidez, si bien me parece que ese camino no va a estar nunca muy transitado.

A la postre, ¿la vida trata, como decía Azorín, de «retozar y no empeñarse»?

Bueno, como programa no está mal. Lo peor es que, para lograr tales propósitos, son necesarios muchos trabajos y demasiados empeños. Fíjese en que, cuanto más desea uno apartarse de esta turbia corte y de este desabrido tumulto, más tareas hay que emprender para estar en condiciones de disfrutar del plan de vida propuesto. No quiero ni pensar en la cantidad de conspiraciones, enredos, proyectos, reuniones (las reuniones son muy perniciosas, aunque quizá no tanto como las asambleas), llamadas, viajes (en este rato no hemos hablado de los viajes, pero me sorprende el universal prestigio de que gozan), iniciativas, campañas, apuestas, compromisos y, sobre todo, retos, que habría que asumir para poder disfrutar de un buen retiro campestre en un locus amoenus mínimamente deleitable.

Los clásicos tenían muy fácil el retirarse porque todo estaba lleno de lugares donde poder hacerlo, mientras que hoy día esos reductos solo están al alcance de quien previamente ha quedado tarado para disfrutarlos. En cualquier caso, me parece pertinente aprovechar su pregunta para decir algo que resultará escandaloso, si bien me temo que las personas propensas a escandalizarse han abandonado la lectura de estos párrafos hace ya mucho rato. Lo que quería decir es algo muy viejo y que, según mis noticias, no sostiene en nuestros días apenas nadie, a saber, que la vida contemplativa es superior a la activa. Hace unos cuantos siglos que no sabemos muy bien en qué consistía la primera, pero eso no significa, de ninguna manera, que sea inferior a la segunda.

Pensar exige reconocer la superioridad de la contemplación sobre la acción, aunque al mismo tiempo se reconozca que uno (y, desde luego, su mundo) carece de las condiciones mínimas para entregarse a aquello que tiene por superior. Acaso sea preferible, en cualquier caso, tener consciencia de las propias incapacidades que persuadirse de que las cuatro tonterías que uno es capaz de hacer son un cúmulo de maravillas, tanto más maravillosas cuanto más tontas. Necesitamos una teoría de la estupidez y hasta una ciencia de la estupidez, las cuales tienen la ventaja de que están al alcance de cualquiera y de que el objeto de estudio es inmediatamente accesible. La visión del propio yo como lo más estúpido de este mundo sí que es una forma practicable de contemplación, y bien fecunda por cierto. Después se podría completar con otros objetos de examen, pero quizá no habría tiempo, porque lo tocante a uno mismo daría para llenar una vida entera. No sé por qué no se adiestra a los jóvenes en esto desde la enseñanza secundaria y por qué no se crean estudios especializados sobre el asunto. Sería muy fácil hacerlo y estoy convencido de que las consecuencias serían provechosas para todos. 

 

(Entrevista publicada en cermi.es)