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Cubierta

Entrevista

16 Abr 2021

Santiago Martínez-Magdalena, escritor

«Este es un país donde lo críptico es una posibilidad de resistencia»

Esther Peñas / Madrid

Imagen un libro desconcertante, divertido y desolador, lírico y sapiencial, ensayístico pero narrativamente contado, con tanta y profusas notas a pie de páginas que por momentos uno se adentra en territorios expresivos casi paralelos, escrito en un lenguaje hidalgo, vehemente, frondoso. Un libro tan distinto de todo lo que podría encontrar en una sección de novedades de una enorme superficie que, dichosos, no podrán por menos que hacerse con él. Ese libro existe: Paciencias miscegenagógicas del funcionario económetra Badà (Greylock)

Paciencias miscegenagógicas del funcionario económetra Badà. Como título, ¿no resulta un tanto disuasorio para el lector?

Totalmente, no puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, el libro trata precisamente, entre otras cosas, de esta disuasión. Es un libro contra el/a lector/a, configurándose como una coraza insecticida: pero, finalmente, como cuerpo vivo en descomposición, se rinde a él/la. Cuando digo contra- me refiero a la inexorable función censora del público lector, a la devoración de la materialidad del libro herido. La suficiencia pedante y excesiva de Badà es una investidura no sólo de mérito, sino cromosómica, para lo que (se) disimula en un mestizaje de crédito funcionarial que tiene que combatir cualquier sospecha. Hay que recordar que este es un país donde lo críptico es una posibilidad de resistencia. No se trata de simple retórica onanista (la claridad es siempre una estadística), sino de lidiar con los poderosos procedimientos de censura. Si la coraza es grande y deforme, es porque la censura la cría así: se trata de un proceso de inflamación reactiva a un aguijón neurotóxico. Badà explota algunos juegos metafóricos que tienen que ver con la, a mi juicio, estructura de dominio de la historia española. María Zambrano lo había definido con respecto al exilio, dando a entender, si no recuerdo mal, que España es una procesión en la que todos desfilan en sus distintos puestos de orden jerárquico. El privilegio es quizá observar estando a salvo. Claro, el/a lector/ra no (siempre) está a salvo viendo desfilar un orden preestablecido de lo que lee o se le da a leer. Sabe horadar, sabe escarbar y crear túneles de mina sobre la estructura ideológica y artefactual que es un libro. Recordemos en esto la pata de la silla presidencial del poder, roída por la carcoma milimétrica en su trabajo, descrita por Saramago. Pero Badà sabe que su obra-vida transciende en la diseminación de este trabajo de zapa y mina. Es pues un iluso-consciente, porque se sabe descubierto. La itinerancia de Badà es un fingimiento. Disimula (esto está en la tradición española) porque es observado por todos/as, y trata de alcanzar metas que supuestamente, debido a su casta (o falta de ella), no le corresponden. La lectura de Badá ha de ser entonces una lectura trabajosa, milimétrica, paciente, hasta romper algo, hasta quebrar la rigidez de lo dado. Hay aquí, quizá, una interpelación física al lector/a, incluida en ella la fatiga crónica, la irritación, etc. Diría que hay mucho por hacer en la lectura de Badà.       

Que el destino de la vida, como sucede en el caso de Badà, sea su trabajo, ¿es recomendable, terrible, cotidiano?

Esta cuestión es tremenda. Me parece tremenda. Pero tiene una realidad, una textura cierta, supone una entrega, y se encarniza de tal manera, que ciertamente espanta. Quien no tiene nada más que su cuerpo y su aliento hace palanca sobre su propio hueso. Es seguramente el sino de nuestro tiempo, el trabajar tanto y tan continuamente, hasta la extenuación; es el trabajo un dispositivo de agotamiento físico, biófago, consumidor de la vida de quienes nos entretenemos en alcanzar, no sueños, sino metas fundamentales de la vida cotidiana: respirar, calmar tantas hambres o tipos de hambres, ser-re-conocido entre iguales y distintos, a veces simplemente ser... Este padecimiento es una constante desde el mundo moderno, que habría que situar un poco antes, seguramente en el siglo XVI (con lo que este siglo significa -se nos ha olvidado- para las alteridades del nacionalismo); y en el neolítico para el caso de las mujeres. Ni tiene perdón, ni redención. Pero sí memoria. Algún día Badà, en ese lejano horizonte, dejará de disimular su doble o triple condición (Geiper en el libro) sin necesidad de aparentar bajo la mirada fiscal.

Para que a uno no lo fosfatinen los insectos, ¿qué recomienda?

Probablemente lo mejor sea ser uno de ellos. Se dice que es una estrategia política (militar) legendaria. Pero Badá ensaya mejor otro camino: la maldición para aquellos que lo descuartizan en infinidad de elementos de recombinación proteica. Hay que recordar que un insecto es un vector, un portador de recombinaciones posibles. Roba algo de Badà, o a Badà, y lo transmite a otro receptáculo. En verdad, la función biológica del/a lector/a es maravillosa tras vencer a la jeringa insecticida.

Pienso en este sistema perverso en el que deambula Badà. ¿Es posible contrarrestar de algún modo sus nocivos efectos?

Queremos pensar que sí. Pero esto no es más que el resultado afectivo de una sociología. La desigualdad es producto de un cálculo en realidad muy poco sofisticado, podríamos decir. Viene explicada siempre como cosa naturalizada, y el recurso de poder que la produce trata de blanquearse, de hacerse indispensable. Eso pienso, sí. Como la Economía, sin ella nada funciona (bien), es fundadora del mundo e imprescindible; conclusión a la que llegó cierto economista con el que una vez coincidí en una tarea burocrática sin apenas trascendencia. Hablaba ufano en estos términos. Pero estos sistemas obvian, combaten, necrotizan la vida. Y sí, cambiamos aquí la sociología por una sociología crítica o una filosofía de la existencia digna. Sin embargo, lo importante es, con seguridad, algo que se inventó hace mucho tiempo: hacer visible el dispositivo de domesticación. Saber de él. Darse cuenta, estar en el mundo, acoger la herida (racial, de género, discapacitista) y construirse desde la negatividad. No garantiza nada. Pero trabajamos con lo que tenemos, diría. Y en ocasiones es suficiente. La burocratización de la vida, el responder con los cuños de la legitimidad y la legalidad (pensemos en los macrocurrícula) hace que la legalidad sea una Legitimidad, y está necrotizada.

Sustituye a la realidad mientras nuestra biología se agota. Pero nos diseminamos. En mi docencia universitaria, mi alumnado dice que mis clases parecen Matrix, porque tratamos de hacer visibles los hilos constructivos de nuestra sociedad, que por dar nos da hasta o precisamente la máscara, cosida al cráneo vacío. El mundo está habitado, y la carne se compra y se vende al peso y por partes. El economista cree que mueve esta sociología en un ejercicio responsable de miniaturización. En fin, Badà, bajando a las letrinas, explora estas antropologías en las existencias de su cajón ficcionarial (perdón, funcionarial). Allí habita gente, Badà puebla dominios y administra naciones. Esto se aprende del cuento de Julio Garmendia «El librero» (1927).

¿No hay nada que pueda sustituir a la burocracia, heredada del absolutismo?

Por no comprometerme, o haciéndolo, traería a Achille Mbembe. El poder es Real (monárquico, patriarcal), administra la vida y la muerte, decide quién vive y quién muere. El criterio de elección es la capacidad de demostrar hidalguía, y este procedimiento (burocrático donde los haya, origen y fundamento de la misma “racionalidad” o cálculo), lo sabemos bien, exige la moralización del cromosoma o la posesión de un cromosoma moral, estirpe de la estirpe. Badà es un mestizo, o un converso, y por eso depende aún de la meritocracia. Ha de demostrar su más valer (ya Julio Caro Baroja había notado esta necesidad del hidalgo esforzado de medio pelo, del hidalgo villano). Por todo esto es que considero que en España vivimos en un tardocostumbrismo, en un casticismo que nunca nos abandonó, y que viene con fuerza. Volvemos entonces a la sociología y la antropología que administra la ciencia económica y su estadística fascisto-descriptora. El problema es de magnitud trascendental, fundacional, da la vida y la quita (deslindar burocracia y economía como dos ámbitos separados es insostenible), y la única insurgencia seguramente es la itinerancia de cuerpos y máscaras, la masa, la multitud, el disimulo, la hidalguía villana.   

¿Tiene más de delirante o de poético un mecanismo que legisle sobre la muerte?

Más de uno/a diría que ambas son la misma cosa, la misma expresión. Habría que estar de acuerdo. Se diría también que, en puridad sociológica (un tópico adornado con la retórica de la administración), ambas expresiones de cólera y amor son elitistas y ociosas. Como si, por delicadeza de cargo, los/as poetas racializados/as o generizados/as o dis-capacitados/as tuvieran prohibido maldecir.

Pero no pocas veces estos “mecanismos” descarnados se olvidan de que son humanos, “Reales”, también disimuladores de bastardías en su acceso y legitimidad, por lo que son administradores administrados. Este es Badá (perdida la tilde hacia la derecha). Se maneja con vísceras protésicas y experimentales, y se cree con vida. La verdad es que nos reímos y disfrutamos mucho con ellos: aunque hay que subvertir el carnaval y las parodias, no digamos los chistes (paradójicamente, todo lo cual era la subversión popular por antonomasia). La muerte iguala aún (poco, casi nada, cada vez menos), y la vida se pierde en proyectismos, estilizaciones personales, currícula, hipotecas, espectáculos, emprendimientos..., así que habrá que volver a la sociología sin fin habitando los campos como dato: sujeto/a encarnado-encarnizado. Es nuestro lugar (en el mundo de las cosas preordinadas). Es un mandato filial, y cumplimos bien: Deliramos porque vemos a Dios, y cantamos porque celebramos la risa, el amor, y la amistad. Cuando alcancemos la gloria hidalga, aquél/la que nos mira, el que nos conminó a la acción permanente, dirá de nosotros/as: triunfó, qué lástima que muriera antes de disfrutarlo.     

Pienso en este correctivo del que se nos habla en una extensa nota a pie de página, en el que se nos habla de quién (y quién no) vive. Trasladando el territorio, ¿quién (y quién no) debería escribir?

Es básicamente lo mismo. Todo el mundo escribe y, es un mandato, debería escribir si así lo decide y se le permite. Estoy seguro de que la mayoría de personas de este mundo (y no hay otro porque no nos llega escritura ninguna) escriben, de la forma en que lo hagan, sea cantando o delirando. El problema no es tanto este, sino el acceso a la escritura pública (muchas veces a la publicación). En muchos casos se niega o impide también la escritura privada sobre el sí mismo/a y lo que nos compete o interesa o desea, que es todo y sobre todo. La gramática, esa realeza, es con seguridad uno de los dispositivos más punitivos que despliegan los imperios idiomáticos.

Sé de algunos casos ilustrativos: en Argentina, tras la guerra de las Malvinas, se empezaron a escribir varias obras de todo tipo. En uno de estos intentos, el notable intelectual qom Juan Chico escribió una compilación memorial sobre el esfuerzo indígena en la guerra de las Malvinas. Aunque bilingüe, lo escribió también en lengua qom: Na Qom na LChacoso halaataxac ye MalvinasNque’emaxasaimiguiñe (Resistencia: Cospel, 2016). Fue criticado por que los indígenas, soldados argentinos, no debían ocuparse más que de las cosas que les competen a los indígenas, es decir, de sus cosas. Claro, ¿cuáles son éstas? En La risa de la Medusa Hélène Cixous exhorta a las mujeres a escribir rebelándose contra su histórica condición de musa inspiradora, en fin.

¿Cómo imagina el perfil de sus lectores?

No tendría una respuesta para componer (a) un/a imaginario/a lector/a. Creo que le corresponde a él/la encarnarse y publicar su existencia. En mi experiencia a veces ha acontecido que miran en silencio con una expresividad de cierto enfado. Sospecho que para Badà el lector/a adquiere la forma fantasmal (del que aparece y se hace desaparecer) de aquel pueblo administrado que habita las telas del viñedo textual. Piensa, creo yo, que es siempre contestatario/a, una entidad fiscal. Pero sin duda Badà tienen algo que decir(se). Nos preguntamos tanto el qué decir como a quiénes decírselo. Badà es un misterio, pero se clarifica cuando ejerce economías (Badá): entonces sabe qué decir aunque no diga apenas nada; y a quiénes dirige esa nadería.  

¿Cuál le gustaría que fuera el destino de esta rizomática escritura de Badà?

En línea con lo anterior, no lo sé. Lo poco que se merezca. Es un libro escrito en 2011, viejo, impotente, depresivo. Macerado con la desesperación de la pobreza solemne en los tiempos del tardocostumbrismo español, tiene mucha barrica de pésima madera que lo avinagra un tanto. Esta tarea corresponde a la diseminación obrada por la voracidad de los insectos.  

Pienso en Vinicio Nonnato. ¿Cómo es la esclavitud del hombre postmoderno?

Vinicio Nonnato es carne de dato cuantitativo. No nace, no acaba de nacer porque es insumo de los estadígrafos. Hace parte del Empírico, es habitante del Campo etnográfico y sujeto sociológico. Es una creación del hombre-medio, de la medianía. Esta es la mayor esclavitud. Que pese a existir en algún lugar del mundo, no es un carnal, sino su sombra. En este sentido, trabaja para el Estado (es un contrafuncionarial, un administrado, a quien se persigue para recabar su existencia). Es una tragedia, pero no creo que sea post-moderna. Siempre me ha parecido harto moderna. Badà no es un libro postmoderno en absoluto. Es tardocostumbrista, aún trabaja el mérito, es barroco y casticista (bien que por obligación). Su obscuridad, la exacerbación de su retórica, su extravagancia son el resultado natural de su inflamación. Trajina con la censura y la autocensura, por lo que desarrolla muchas capas insecticidas para sostener un pequeño espacio defensivo de propiedad. Aquí donde la sociología (hidalguía de quienes se arrogan la potestad de describir a los/as demás) y la antropología (carne-dato de/como administrado/a) no llegan, es donde descansa un momento. Pero sólo un momento, no puede dormir, porque pronto se percatará de que esta vez se sostiene en la psicología.    

¿Tiene algo de esclavo la condición de escritor?

Podríamos decir que de sí mismo/a. Pero, en realidad, decirlo así disculpa descargos, ausencias y compromisos, creando deudas impagables. Hablar así, con hidalguía, es una traición. Porque quizá la mejor obra es facilitar la escritura de todos/as los/as que decidan mostrar su escritura.   

De los numerosos personajes que transitan el ensayo, ¿por cuál siente especial querencia?

Generacionalmente por Geiper. Pero es un personaje muy desconocido en el texto. El/a lector/a tendrá que ensayar una hipótesis.

¿Cómo surge la idea de componer un libro tan insólito como este?

Este libro nace de la experiencia personal y familiar en la crisis de 2008 que exigió atravesar España en la búsqueda de trabajo y méritos universitarios. Mucho kilometraje. La precariedad de la vida, el panorama costumbrista de carretera (por ejemplo, en viaje tan largo, formar parte, en una carretera secundaria, de un cortejo fúnebre entre dos pueblos aragoneses, durante mucho tiempo –tanto que nos vimos formando parte de la comitiva y pudimos rezar un responso por el finado-, debido a la imposibilidad de practicar un adelantamiento kilométrico), el folklore departamental universitario, la meritocracia en quiebra, la exclusión, el agotamiento, la ayuda de nadie, la desolación y la persistencia, el creer en la valía o la venganza y el amor de los/as demás. Es un libro de itinerancia, diaspórico, sin tema de tesis ni posibilidad de centrarse en nada que fuera una acumulación de datos, metodologías de tránsito, campos etnográficos y sectores sociológicos, lecturas fragmentarias, autoformación sin escuela ni maestros/as, escuchas radiofónicas y musicales de todo tipo. Es un libro que se encara con la censura desde los postulados censores. Por eso, Badà no es postmoderno, y no es un libro de ficción. No se proporciona contexto ni realidad porque constituyen una dignidad íntima y hacerlo sería traición. Nada más. Tampoco se salva a nadie. Cada cual está tratado y retratado como corresponde a sus méritos de vida. Tampoco trabaja el libro con la verosimilitud. Por poner un ejemplo ya traído, Vinnicio está vivo, existe, circula por ahí, fue conocido y tratado por mí, incluso se llama Vinicio en la realidad literal (es difícil tener que insistir tanto), perseguido eternamente por la violencia escrituraria de Badà. En Badà no hay nada que yo pudiera decir que es ficticio. Es todo.  
Es por eso que se implora al/a lector/a a que obre en su inacabable libación.