Compartir en redes sociales

Wittkop

Libros

5 Mar 2021

Se publica 'Cada día es un árbol que cae', de Gabrielle Wittkop

La hija pequeña de Sade

Esther Peñas / Madrid

Cada día es un árbol que cae, una bruma espesándose que requiere tajo para que entre  algo de estímulo, cada día es un árbol que cae, una ciénaga estancada llena de putrefacción, y villanía, y abyección; cada día es un árbol que cae, y una muesca más en el sudario que se acerca, y un aire tan viciado como lírico, tan mortecino como hermoso.

«No hay que buscar la clave. No hay clave en el universo físico, no hay clave en el universo metafísico. Sólo hay traducciones, y el amor puede ser una de ellas. Vibrantes, las delicias del egoísmo pueden ser otra de ellas». 

Cada día es un árbol que cae, de Cabaret Voltaire, título salmódico, profético, título de una plasticidad casi angustiosa. Y su autora, Gabrielle Wittkop (Nantes, 1920- Franskurt, 2020) tiene bien leído a Sade, pero también a Goethe, y a Maturin, y a Lautréamont. Su escritura, amoral, macabra, de un finísimo olor a azufre y amoniaco, seduce por lo sublime al modo de Burke, por lo mismo que uno no puede dejar de acercarse hasta el precipicio mismo para mirarlo, porque se reconoce en lo que va contando, de alguna manera, y hacerlo produce el juego especular del descargo. Lo sacrílego como nobleza. Lo blasfemo como aniquilación. Cicuta. Como la que le ofreció ella misma, Wittkop, a su marido, un homosexual veinte años mayor que ella cuando empezó a notar que la enfermedad del párkinson le limitaba. De él, anarquista convencido, camarada no de amor pero sí de afecto, tomó su nom de plume.

Cubierta del libroWittkop, «la hija pequeña de Sade», como le gustaba rubricar sus cartas, se concedió el título de «libertina cosmopolita» y asumió el último calificativo posible: suicida. 

Cada día es un árbol que cae utiliza el género diarístico para trazar la sombra en descenso de Hippolyte, en un pesadillesco e imaginario devenir vital. Es la misma pericia que despliega la autora en El necrófilo, otra lúgubre y hermosa historia de deseo.

Uno respira ante libros tan provocativos y tan bellos como este en tiempos emboscados, tan correctos, tan vacantes, se agradece la osamenta, pero también el aroma de esta historia: «Milagro y pureza, la naturaleza es también un jeroglífico que nos enseña lo raro que es que coincida la esencia con la apariencia». Lleno de humedad, de ramas, árboles, desnudas, desnudos, asistimos a una ascesis invertida (en llamas purificadoras, acaso), propia de cuando el sacrilegio resulta «su lujo, su única nobleza».

Instintos asesinos, humillaciones, sadismo, profanaciones… Cada día es un árbol que cae es un texto que incomoda: nos coloca en el vórtice en el que lo bello y lo sepulcral se funden.