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Parra y la cubierta de la antología

Entrevista

26 Ene 2021

Jaime D. Parra, antólogo y poeta

«La poesía solo puede ser viva»

Esther Peñas / Madrid

Poesía bajo sospecha. Españolas nacidas entre 1976 y 1993 (Animal sospechoso) es una antología pespuntada por la libertad moral, la ruptura topográfica del poema y un reajuste del centro de la escena: ellas como mujeres. Su autor, Jaime D. Parra (Almería, 1952) destaca de ellas «una ruptura con la idea de línea poética, la atención al mundo digital, la fuerza de la oralidad, la búsqueda de una radicalidad, llevando el lenguaje al extremo, tensionando hasta los límites la forma y el fondo, su conciencia del nuevo modo de ser mujeres, y de entender el mundo». Atentos. 

Extraño lapso de tiempo, 1976 (se entiende, después de la muerte del dictador)-1993. ¿Por qué 1993 y no 1995, que sería un número más redondo?

Acotar o delimitar una antología es siempre algo fundamental, siempre que esa antología se considere necesaria. En caso contrario, mejor no hacerla. ¿Nacidas entre 1976 y 1993?  Sí, la primera fecha porque dejaba atrás la dictadura, pero sobre todo porque la primera poeta incluida, Begoña Callejón, respondía al mismo impulso y aliento que el grueso de las que venían después. ¿Por qué no 1995? Porque en 1993 había nacido la poeta más joven que iba incluir, María Lorente Becerra. Si hubiera habido alguna posterior nacida hasta 1995, también estaría. Además, teníamos 26 poetas ya representativas de la escritura más joven. 

¿Cuáles podríamos decir que son las grandes diferencias en cuanto a forma y fondo poéticos entre estas poetas y las de generaciones precedentes?

Aunque ya casi no se habla de generaciones, usamos el nombre para delimitar, de algún modo, personas que viven y se forman bajo unos mismos parámetros. Leyendo a poetas aparecidas entre 2000 y 2020 aprecié que las que empiezan a escribir en la primera década ya estaban bien antologadas, no así las surgidas en la segunda, y que unas y otras apenas se parecían a las anteriores, ni tampoco entre ellas. Con la antología de Luna Miguel, Tenían veinte años y estaban locos (2011), algo empieza a cambiar de nuevo. Es posible que en ella ya se anticipen algunos nombres de Poesía bajo sospecha (Laura Casielles, Ruth Llana, Laura Rosal están ya ahí), pero a poetas como Lola Nieto, Ángela Segovia, Sara Torres o María Sevilla (aparecidas después de 2013), hasta muy recientemente, no las anticipa nadie. Una ruptura con la idea de línea poética, la atención al mundo digital, la fuerza de la oralidad, la búsqueda de una radicalidad, llevando el lenguaje al extremo, tensionando hasta los límites la forma y el fondo, su conciencia del nuevo modo de ser mujeres, y de entender el mundo, entre otros, son algunos de los rasgos que yo veo que hace diferentes a estas poetas. Lo sabes porque empiezas a leer y sientes que lo que aprendiste ya no funciona, como si nunca hubieras leído, como si nunca te lo hubieran enseñado.

¿Qué tienen en común estas poetas?

Siempre es un riesgo hablar de otras personas, representarlas, cuando debieran hablar ellas. Pero, a mi modo de ver, los rasgos comunes, que las distinguen de las anteriores, son: ruptura con el marco tradicional del poema, disolución de las maneras previsibles, distinta expresividad oral (y escrita), cambio del sujeto poético (que ahora se focaliza más en sus experiencias de mujeres), puesta a punto acorde con ciertas escrituras norteamericanas y orientales, alejamiento de todo moralismo y autoritarismo: expresión libre. 

Viendo algunos documentales sobre poetas mujeres actuales (y jóvenes, Se dice poeta, por ejemplo) se advierte una falta de referencias enorme, como si no les interesara lo más mínimo el legado de sus predecesoras, no sé si está de acuerdo…

No estoy de acuerdo con este punto; al contrario: creo que ahora como nunca, los poetas jóvenes, están muy preparados, no sólo por los estudios universitarios realizados (a veces más de dos disciplinas, varias de ellas doctoradas o doctorándose), sino por su nivel de autoexigencia, que les lleva a indagar los rincones de diversas culturas, a comentar obras de aquí y de allá, tanto clásicas como modernas. Lo veo cada día, por ejemplo en facebook e instagram –en mi entorno–: cada día se comentan ahí o se sugieren más de doscientos libros de poesía (y no sólo poesía). La mayoría de los títulos que tengo en mi biblioteca los he visto sugeridos, recomendados, comentados en esos medios. La «actualización» que estas poetas hacen de sus antepasadas es impresionante. Se aprende más ahí que en muchas de las clases que nosotros recibimos en las aulas (donde la poesía de mujeres era la gran ausente). En las antologías que he hecho, singularmente, Poesía In-versa (2018) y Poéticas del origen (2019), he tratado de ver un hilo de conexión con las predecesoras, desde Enheduanna y Safo a las poetas actuales.
 
Partiendo del hecho de que toda antología es personal e intransferible y, por tanto válida, ¿cuáles han sido el criterio para escoger a estas poetas y no otras?

Me puse a leer y a seguir en diversas lecturas presenciales y recogí las que me llegaron más. Las más expresivas. Aquellas que sencillamente me atravesaron. Y pensé que si podían interesarme a mí, podrían interesar a otras personas. Quería recoger una treintena de poetas entre lo más representativo, para mí, de las nacidas sobre todo desde 1980, o mejor dicho, la expresión última, más o menos ya delineada. Otras también pudieron estar. 

Una poética, ¿debería de modificarse al tiempo que la obra poética avanza?

El poeta que no se transforma día a día, libro a libro, en lo que escribe, se estanca. Si quiere evolucionar tiene que seguir el ritmo de los tiempos. La autoexigencia, en poesía, como en todas las cosas, es fundamental. Se puede seguir siendo el mismo siempre variando, innovando, probando. Lorca, Pizarnik, Inger Christensen o Anne Carson se significan en sus libros al tiempo que son distintos: variaban en cada proyecto y se mantenían actuales en todo momento. Lo imperdonable es repetirse, aunque es lo más tentador, porque no implica riesgo. El poeta debiera dar el salto mortal, cada vez, como los trapecistas de circo, según nos recuerdan José Gorostiza u Olvido García Valdés.

Es la eterna pregunta, pero me interesa su respuesta. Para que un poema funcione, ¿qué ha de suceder en él?

El poema es un elemento vivo: como un organismo, quien lo lea debe sentir que algo cambia en él, que encuentra algo que no conocía. El poema nos da la dimensión de la capacidad de transformar y atravesar que tiene su autor. La poesía solo puede ser viva. Si no, es letra muerta. Un poema debe causarnos extrañeza, y esto ha sido percibido desde Aristóteles hasta los formalistas rusos y Harold Bloom. No sirve repetir esquemas. Además, mi experiencia me dice que cuando un poeta te anima a escribir al leerlo es que es bueno. Por el contrario, cuando no te dice nada, tiene muchas posibilidades de ser innecesario. A los buenos poetas casi todos los reconocemos; los malos: cada uno tiene los suyos. 

¿Se escribe para poner orden en el caos o para adentrarse en él?

Precisamente esto lo traté en mi libro Poéticas del caos (2020). La escritura ya es un caos. Quizás de ida y vuelta. La persona, a veces, también. Pero si el poema llega a algo es porque es un caos ordenado. El caos es el origen del mundo. El poema que comienza debe hacerse sitio en su propia claridad dejando atrás el orbe nebuloso donde se engendra. Y como el poeta trabaja con palabras debe discernir dos espacios: el de la creación y el de la reescritura. La palabra que surge se desvela, como el tigre en la oscuridad, de William Blake, o como las trompetas de Jericó, de Unica Zürn, pero luego debe pasar también por el puente de su lectura o su reescritura. 

Después de las vanguardias y del saqueo de algunas palabras que han quedado vacías y del desprestigio de la verdad (sea lo que sea la verdad), ¿hay espacio para la poesía aún?

La poesía siempre tiene espacio para sí misma. Diré como Bécquer: podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía. ¿Y si digo al revés? Toda aventura con el lenguaje es una aventura nueva, de riesgo: cada poeta emprende la suya. Mientras la humanidad avance sin saber a dónde camina…

La poesía era un territorio hasta ahora no dinamitado por el sistema. A día de hoy, uno mira los libros de poesía más vendidos y siente lo mismo que cuando comprueba que la saga de Torrente es lo más visto del cine español…

Lo que no creo es que en poesía lo más bueno sea lo más vendido. De todas formas, quiero ser optimista: hoy hay más gente interesada por la poesía. Lo auténtico o lo inauténtico lo elige cada uno. Tú y yo, por ejemplo, en este momento, con este libro, estamos eligiendo.