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LIbros

23 Abr 2018

Día Mundial del Libro

Un cestillo de propuestas lectoras

Esther Peñas / Madrid

En 1995 la Unesco consagró el 23 de abril como Día Mundial del Libro. La justificación de la fecha: la muerte, en 1616, de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. La Unesco tuvo mejor intención que rigor histórico. Ni Cervantes murió un 23 de abril (sino veinticuatro horas antes), ni lo hico Shakespeare (cuyo deceso estaba regido por el calendario Juliano, que guarda once jornadas de diferencia con el que nos rige, el Gregoriano), ni mucho menos el Inca Garcilaso de la Vega (cuyo momento de defunción se desconoce con exactitud).

En 1995 la Unesco consagró el 23 de abril como Día Mundial del Libro. La justificación de la fecha: la muerte, en 1616, de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. La Unesco tuvo mejor intención que rigor histórico. Ni Cervantes murió un 23 de abril (sino veinticuatro horas antes), ni lo hico Shakespeare (cuyo deceso estaba regido por el calendario Juliano, que guarda once jornadas de diferencia con el que nos rige, el Gregoriano), ni mucho menos el Inca Garcilaso de la Vega (cuyo momento de defunción se desconoce con exactitud).


Pero celebremos, en cualquier caso, aquellos libros que hacen que la vida merezca la pena. Celebremos a pesar de los días mundiales, internacionales, patrios, autonómicos, locales. Celebremos los libros que aportan mundo al mundo, que nos transforman, que se nos quedan incorporados al cuerpo y que moldean el espíritu.


Las novedades de las librerías, tan exuberantes como angustiosas (solo en España se publican entre setenta y ochenta mil títulos), deparan algunos prodigios que, si bien son los menos y pocas veces irrumpen en las listas de los más vendidos, mantienen el pulso. Las que siguen son recomendaciones de quien suscribe estas líneas, entusiastas y vehementes, leídas en los últimos meses.

Acaso uno de los libros más fascinantes, por tono y contenido, sea e ensayo de Menchu Gutiérrez ‘Siete pasos más tarde’ (Siruela), una reflexión sobre el tiempo poético, su cadencia, su diálogo con las costumbres, con las estaciones del año, sus sonidos, con los oficios. Lo poético más allá del verso contado por los poetas  pespuntado de un modo único, el suyo, al que nos acostumbra Menchu Gutiérrez. Por seguir en este género, destacamos ‘Entusiasmo’ (Anagrama), de Remedios Zafra, un texto en el que se adentra en la feminización de la precariedad laboral focalizada en la cultura; ritmo resuelto, empleo de un alter ego que va conduciendo la exposición, lúcido, irónico. ‘Ética del desorden’ (Pre-textos), de Ignacio Castro, un frondoso ensayo trufado de citas de Clarice Lispector, luminoso, exigente, arriesgado. ‘La razón estética’ (Galaxia Gutenberg), de Chantal Maillard, una reedición de un texto que cumple 25 años y que nos vampiriza por lo lúcido de sus planteamientos, que reivindica la animalidad de las bestias, denuncia el hastío postmoderno, traza el gesto y habita la hendidura. ‘Feminismo y anarquismo. Emma Golgman’ (Enclave), una recopilación de los mejores texto de esta feminista indispensable. De esta misma editorial, ‘Capitalismo Big tech’, de Morozov, realiza una disección del uso de los datos personales que hacen las compañías, de cómo los gobiernos subvencionan aquello que después comprarán a precio desorbitado y, en definitiva, de que la vida moderna no es tan ética ni, acaso, tan deseable como pareciera.

Sin duda narrativa, ‘Los poderosos lo quieren todo’ (Siruela), de José María Guelbenzu, porque hay muy pocos escritores que practiquen esa prosa tan deliciosamente bella por exacta, con una trama-homenaje al humor más bizarro (Jardiel, García Hortelano, Berlanga, Valle-Inclán) y una propuesta metaliteraria (¿qué hacemos, qué podemos hacer a estas alturas con la figura del narrador?) impagable. ‘República Luminosa’ (Anagrama), de Andrés Barba, porque habita la infancia desde un ángulo –no exento de horror- insólito, y porque su estilo, austero pero lírico, nos saca a bailar esa canción triste para los momentos bajos. ‘Asesinato’ (La Navaja), de Danielle Collobert (traducción de Pablo Moíño), por lo pesadillesco de una historia que se expande en el paisaje mismo del lector, procaz y dulce, dolorosísima y liberadora. ‘El último gin tónic’ (Contrabando), de Rafael Soler, además de confirmar que su manera de narrar –tan madrastra, tan bíblica, tan llena de ironía- merece un redoble de tambor, construye una historia de siempre (familiar, en este caso) como nunca fue contada. ‘Quédate este día y esta noche conmigo’ (Randon House), de Belén Gopegui, por su compromiso ético y estético, por la delicadeza con la que es capaz de trazar diálogos, por la reivindicación del no-mérito, del vínculo y del cuidado mutuo. ‘Traspiés voluntarios’ (Adeshoras), de Julio Jurado, un libro extraño, de microrrelatos y ventanas que se abren al pensamiento, de aforismos y apotegmas, de reflexiones y collages, delirante, delicioso, surrealista, vallecano. 'Objetos frágiles' (Páginas de Espuma), de Inés Mendoza, por la fuerza arrolladora de su composición semántica, visual, por la apuesta política desde un romanticismo beligerante. Uno más, Hotel Madrepatria’ (Gallo Nero), de Yusuf Atilgan (traducción de Mario Grande), por la hondura psicológica de lo que en este libro acontece, por lo experimental de su concepción y por esa espera que va consumiendo a quien la ejerce.


‘Cielo’ (Vandalia), de Javier Lostalé, resulta un poemario que conmueve, una declaración de amor después del amor, encendida por la gratitud de quien está en paz consigo y con el otro, una ascesis poética bellísima. De la misma editorial ‘La luz de la dinamo’, de Nuria Barrios, un diván de la infancia con tres actos en desorden intencionado, donde muerte, vida, amor son tres momentos de un mismo orden. La fragilidad de algunos versos hace que todo movimiento quede en suspenso. ‘Las mudas soledades’ (Chamán), de Pedro Gascón, por su honesta –y necesaria- reivindicación de los clásicos para entendernos, por su homenaje a la paternidad (la suya, la de sus mayores) cargado de terneza. ‘Volver a brindar con extraños’ (Balduque), de Nolia Illán, por la fiereza y el erotismo, por el aroma clásico y el paso contemporáneo, por la corporeidad de la métrica y lo elegante de sus imágenes. 


Como libros objeto, ‘Vida amorosa de Charles Baudelaire’ (Wonderkrammer), de Camille Mauclair (Traducido por José Lorenzo), ‘Manual para seres vivos’ (pero también ‘Todo sobre usted’, ambos títulos en ‘Dos sardinas’), de Gregorio Apesteguía, y ‘La lámpara maravillosa’ (La Felguera), de Ramón María del Valle-Inclán.


A las exquisiteces literarias a veces llega uno en barco ajeno, que atraca en auténticos territorios anímicos. A estos regalos debo lecturas incontestables: a una de las mejores psicoanalistas lacanianas, ‘El pasado’ (Alfaguara), de Alan Pauls, que cuenta cómo la mujer que amamos nos destruye; a Isabel González, ‘Thérèse et Isabelle’ (Gallimard), una historia lésbica tan intensa como poética; a Natalia Carrero, ‘La galaxia caníbal’ (Mardulce), de Cynthia Ozick (traducida por Ernesto Montequín), una historia en la que la espiritualidad perdida resurge enfundada de desaliento; a Ígor-Muga, ‘Ya no es como antes’ (Anagrama), de Massimo Recalcati, una historia sobre el perdón a quien amamos; a Gustavo Dessal, 'El retorno del péndulo' (Fondo de Cultura Económica), sus conversaciones con Zygmunt Bauman; a Javier Lostalé, la relectura de la poesía completa de Vicente Alexandre (Lumen), a Lurdes Martínez los admirables poemarios ‘Salamandra’ (El Tucán de Virginia), de Alice Rahon, e Índice’ (Vaso roto), de Dorothea Tanning; a María-Enclave, ‘Sobre la idea de una pequeña comunidad de solitarios’ (Pre-Textos), de Pascal Quignard, una hermosísima reflexión sobre la soledad; a Alberto Cubero, ‘El respirar y el agujero’ (Sastre de Apollinaire), de José Luis de la fuente; a Julio Monteverde, ‘La cultura de las ciudades’ (Pepitas de calabaza), de Mumford; a Menchu Gutiérrez la relectura de la poesía completa del inmenso Celan, y a María Negroni ‘Relámpagos de lo invisible’ (Fondo de Cultura Económica), de la fascinante Olga Orozco.

Resta, para este día del libro, adelantarles los que están por venir. La segunda trilogía de Gabriela Llansol, ‘El litorial del mundo’ (Chamán), traducida por Atalaire; Llansol es un acontecimiento, en todo el esplendor del término, y saldrá en unas semanas, el mismo tiempo que tardará en publicarse ‘Archivo Dikinson’, de María Negroni, un personalísimo homenaje a la poeta norteamericana, con la elegancia, belleza y profundidad que estila la argentina, y ‘Luz de tormenta’ (Páginas de Espuma), de Ángel Zapata, un libro con una fuerza onírica y una hechura lírica desbordantes.


Feliz lectura.