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Inmaculada de la Fuente

Entrevista

24 Nov 2020

Inmaculada de la Fuente, escritora

«Carmen de Burgos es una precursora de casi todas las que vienen detrás»

Esther Peñas / Madrid

Nos tienes acostumbrados a itinerarios interiores que van dibujando al tiempo la geografía de distintos tiempos históricos. Con su último trabajo, Inspiración y talento. Dieciséis mujeres del siglo XX (Punto de vista editores) Inmaculada de la Fuente regresa a la mirada de un buen puñado de mujeres sin cuya trayectoria vital costaría más entendernos: Carmen de Burgos, Sofía Casanova, Victoria Kent, Clara Campoamor, Margarita Nelken, María Teresa León, Elena Fortún, Dora Maar, Gerda Taro, Tina Modotti, Carmen Laforet, Pilar Miró, Carmen Díez de Rivera, Montserrat Roig, Carmen Alborch y Soledad Puértolas.

¿Cuál ha sido el criterio para escoger a estas 16 vidas «llenas de fuego y vértigo» y no otras?

He hecho una selección de mujeres destacadas por razones por un lado objetivas (ser relevantes por sí mismas o por lo que representan en un momento histórico) y subjetivas (por haber trabajado ya en las trayectorias de algunas, o por interés hacia otras a las que me había acercado de forma tangencial). Hay ausencias, no es una selección exhaustiva, sino una forma de recorrer el siglo XX a partir de dieciséis biografías. María Moliner, por ejemplo, debería estar, pero ya tengo una biografía dedicada a ella.

Leyendo las memorias de Concha Méndez, Memorias habladas, memorias armadas, uno se da cuenta de la riqueza de afectos entre las sinsombrero, y de la estrecha relación literaria que había entre ellas, artistas mujeres. En estos retratos en ocasiones también se establecen vasos comunicantes. ¿Se echa en falta a día de hoy un mayor trabajo conjunto, un lugar en torno al que articular la creación de las mujeres, como el Lyceum Club?

Son épocas distintas. Entonces había una minoría de mujeres en torno al Lyceum Club, el Ateneo o la Residencia, y ahora hay más foros, por ejemplo, la Universidad y su área de influencia, además de organizaciones sectoriales para mujeres y hombres. Y además de vasos comunicantes también había desencuentros entre algunas, como narro en Inspiración y talento.

Pienso en Carmen de Burgos, corresponsal en Marruecos, separada de Arturo Álvarez, y capaz de remontar casi cualquier tropiezo. Todas ellas, estas 16, fueron mujeres que, utilizando el título de Carmen, quisieron vivir su vida. ¿Hasta qué punto les fue posible?

Carmen de Burgos es una precursora de casi todas las que vienen detrás. Es una mujer adelantada treinta o cuarenta años no solo en lo profesional sino en lo personal. A partir de un matrimonio precoz y desgraciado revierte la situación y se reinventa, hasta recrear y vivir su vida a su modo. No, todas no lo consiguieron, pero se aproximaron bastante o lo intentaron con valentía y audacia.

Me resulta especialmente interesante los tres nombres que usted reúne bajo la fascinación de la guerra civil (Dora Maar –los ojos de El Guernica, Gerda Taro y Tina Modotti). Más allá del contacto con Maria Teresa león en uno de los casos, ¿Hubo colaboración estrecha de ellas con otras artistas españolas?

He buscado una mirada exterior, pero muy próxima. Son fotógrafas extranjeras atrapadas por la Guerra Civil, pero desde diferentes perspectivas. Dora Maar, Gerda Taro y Tina Modotti tuvieron una relación intensa con España. Dora Maar siguió muy de cerca la génesis y desarrollo del Guernica, al fotografiar al minuto lo que iba pintando Picasso y publicar esas secuencias en publicaciones de arte. Hizo una labor documental pero también contribuyó a que el pintor elaborara un discurso sobre lo que pintaba y explicara cuál era su compromiso. Gerda Taro perdió la vida durante el repliegue republicano tras la batalla de Brunete unos días antes de cumplir 27 años. Fue la primera fotoperiodista que murió sobre el terreno y toda su carrera se sustenta en sus fotos sobre la guerra española. Era, además, la compañera sentimental de Robert Capa, una leyenda. Y Tina Modotti tuvo un comportamiento abnegado en la retaguardia republicana, pero vino a España en calidad de activista de Socorro Rojo Internacional en una etapa en la que había abandonado la fotografía por la militancia. En realidad, María Teresa León trató a las tres: a Dora Maar la conoció en París, durante un encuentro con Picasso, y a Gerda Taro y a Tina Modotti las trató en España. Dora Maar ya había estado en Barcelona al principio de los años treinta, haciendo fotos de barrios populares y de la playa. Gerda Taro dio alguna clase rápida de fotografía a Alberti y tuvo contacto con Kati Horma (otra gran fotógrafa de tendencia anarquista que cubrió la guerra) y Tina Modotti ocultaba su condición de fotógrafa. Se podría decir que si Dora Maar es la más enigmática de las tres por su carácter, Tina Modotti es puro misterio por la vida que llevó en sus años finales, llena de brumas. 

¿De qué modo la dictadura socavó la capacidad artística de la mujer en España?

Se necesitaría un tratado para contestar en profundidad. La dictadura dio a la mujer un papel distinto, regresivo, al que tenía antes de 1939. Sus conquistas quedaron atrás, volvió a estar sometida legalmente al varón y circunscrita preferentemente a la casa y a la vida social (si la tenía), así que socavó la posibilidad de ejercer una actividad creativa o profesional y su capacidad de decisión, pero no su talento, puesto que algunas llegaron a hacerlo. Pero ahí tenemos el caso paradigmático de Ángeles Santos, que cambió radicalmente su forma de pintar tras la guerra, o de Matilde Ucelay, primera mujer con el título de arquitecto en 1936, que fue expedientada y no pudo ejercer ni firmar los proyectos que hacía durante años. Ambas aparecen en un libro mío anterior, Las republicanas «burguesas».

¿De quién se siente más cerca Inmaculada de la Fuente?

Cerca, cerca, de ninguna en especial, pero sí algo más de las escritoras y de las más coetáneas. Admiro y valoro a las históricas por su valentía y coherencia y a Carmen Laforet porque llevo años trabajando en ella y su obra. Pero me siento más próxima emocionalmente a mujeres que he conocido, como las dos Cármenes, Díez de Rivera y Alborch o a Montserrat Roig y, de forma especial, a Soledad Puértolas, escritora de la que he leído casi todo. Quiero aclarar que Inspiración y talento es un libro de mujeres del siglo XX, no del pasado. Abarca un periodo muy amplio. Por eso la última de las dieciséis es una escritora viva, por fortuna, y en plena creatividad. Me refiero a Soledad Puértolas.

Muchas de estas mujeres mantuvieron un fortísimo compromiso político y en otros casos, como Carmen Laforet (en esto recuerda a Rosa Chacel o Martín Gaite) que se sentían incómodas con la etiqueta de «feministas» sin embargo contribuyeron –y mucho- a la emancipación de la mujer. ¿El feminismo pasa por un buen momento?

En los años treinta casi todas las que destacaron eran feministas, aunque no lo sintieran o asumieran así, y las diferentes actitudes de Rosa Chacel y Carmen Martín Gaite ya las abordé en “Mujeres de la posguerra”. A Martín Gaite, por ejemplo, sus estudiosas de Estados Unidos sí la consideraban feminista. En este nuevo libro hay mujeres muy diversas e incluso de ideologías distintas, pero el feminismo es explícito en Carmen de Burgos, Clara Campoamor, Carmen Alborch, Montserrat Roig y en otras de forma implícita… Ante una pregunta tan general sobre el feminismo actual contesto que sí, que hay una creciente conciencia feminista, sobre todo tal como lo vivía Alborch, que defendía la igualdad y la complicidad entre mujeres y hombres. Pero el poder económico e institucional no es tan feminista, y hay trabas mentales y un machismo arraigado en la sociedad española.

Las circunstancias adversas, que conocieron, de una u otra manera, todas las mujeres citadas aquí (y que son muchísimas), espolea el ingenio y el talento?

Muchas de las biografiadas vivieron situaciones muy duras, sí, bien por las vicisitudes políticas (cinco se exiliaron y vivieron la guerra española y Sofía Casanova la Primera Guerra Mundial) o personales (desengaños vitales y amorosos, dificultades para llevar a buen puerto su vida), pero otras creo que fueron o han intentado ser felices, y vuelvo a Carmen Alborch, a Soledad Puértolas (con una vida personal y profesional equilibrada, además de una enorme capacidad de reírse de sí misma y de lo que la rodea) o a Montserrat Roig, a pesar de que la enfermedad la llevó a morir demasiado joven. Y otras que a pesar de vivir crisis personales inequívocas las remontaron. La felicidad y la desgracia no son realidades constantes, sino cambiantes, por suerte.

De la valentía de adentrarse en el terrero de la modernidad, con nombres que pueden ser más polémicos, usted destaca a Roig, Alborch y Puértolas, tres mujeres con perfiles muy distintos… ¿o no tanto?

El índice del libro sigue un orden y una perspectiva histórica. Y aun siendo muy distintas entre sí, las sitúo en la modernidad (tras la dictadura y los años concretos de la Transición) por una cuestión generacional. Roig y Alborch vivieron similitudes en su etapa universitaria, al militar ambas en el clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes en sus respectivos distritos y tras la carrera vivieron abocadas a la modernidad, rompieron los moldes en que fueron educadas. Se sintieron libres y ejercieron esa libertad. Carmen Alborch se sentía una mujer del 68. Soledad Puértolas nació el mismo año que Alborch y aunque no tiene un perfil político comparte muchas de las vivencias de aquella y de otras españolas de su edad. Al matricularse en Madrid en Ciencias Políticas, Puértolas se encontró de cara con la protesta universitaria y, aunque era precavida, se afilió a la FUDE (Federación Universitaria Democrática Española) y en las primeras manifestaciones a las que asistió la pillaron y la expedientaron. Tuvo que dejar la carrera y matricularse en Periodismo en la Escuela de la Iglesia, como sustitutivo. Se casó joven y ella y su marido se fueron a California a respirar otros aires a finales de los años sesenta. Allí, en la universidad de Santa Barbara, encontró de profesores al erudito exiliado Arturo Serrano Plaja y a José Luis López Aranguren, expedientado como ella, y bajo su magisterio retomó la carrera de Lengua y literatura y decidió dedicarse a la escritura. Es decir, Puértolas encontró en Serrano Plaja el sentido más hondo del castellano. Sus primeros relatos eran tan modernos y diferentes a sus antecesores que parecía una escritora extranjera.

Además de estas biografías (y retratos, de alguna manera psicológico que consigue en el libro), la narración está plagada de reconstrucciones históricas, tanto en España como de Europa y Latinoamérica, incluso. De nuestro país, ¿a su juicio cuál es el momento histórico más apasionante de este siglo?

Apasionantes los primeros años de la Segunda República, con cambios a favor de la modernización y la cultura e iniciativas llenas de entusiasmo como las Misiones Pedagógicas y también la recuperación de la democracia tras la nefasta dictadura.

El padre Llanos tenía un fuerte vínculo de Carmen Díez, al tiempo que la religión –Pasionaria incluida- ejercía una notable influencia en algunas de las mujeres que usted recoge. ¿Qué importancia tiene la espiritualidad en ellas?

Carmen Laforet y Carmen Díez de Rivera dieron una gran importancia a la espiritualidad y la religiosidad, cada una de acuerdo con su carácter. Elena Fortún se acercó a la religión católica en los años del exilio. Carmen de Burgos fue muy crítica con la hipocresía y doble moral eclesiástica y fue tachada de anticlerical y en la dictadura sus libros, todos, fueron prohibidos. Hay mucha variedad de credos y actitudes entre las dieciséis.

¿De qué huyó Laforet?

Buena pregunta.  Carmen Laforet huía de su sentimiento de orfandad (perdió a su madre a los 13 años) que la llevó al matrimonio de forma apresurada y a la maternidad, deseada, pero difícil de conciliar con su mundo. Acabó siendo madre de familia numerosa y su matrimonio no funcionó. Tampoco encajó o supo equilibrar el éxito generado por Nada y la presión posterior. Laforet era una soñadora con un registro romántico (en un sentido vital) a la que le gustaba escribir, viajar y deambular. Se vio atrapada en una existencia de escritora-madre y esposa y no sabía lidiar con la prensa ni era hábil ni disciplinada con la promoción. Creo que hubiera preferido ser una escritora «aficionada», a ráfagas. No sé si ella misma sabía de qué huía, pero sí era consciente de qué gente le interesaba y quiénes, por el contrario, eran prescindibles dentro de su universo particular.