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Virtudes Olvera

Entrevista

7 Feb 2024

Virtudes Olvera, escritora

«Somos aventureros a los que nos fascina el precipicio»

Esther Peñas / Madrid

Pájaros mojados en un cable de luz (Esdrújula ediciones) reúne un ramillete de relatos vibrantes, con un ritmo seguro de sí, concentrando altas dosis de autenticidad, tanto en lo que cuenta como en el cauce que escoge par discurrir. En las antípodas de lo afectado, su autora, Virtudes Olvera (Gerona, 1974), ofrece son su estilo una frescura de aurora y un punto canalla propio de la noche. 

¿En qué casos conviene acercar el agua a la electricidad?

Claramente, en el sexo. Que chisporroteen los cuerpos y nos hiervan las almas en una piscina a la que hemos arrojado una tostadora enchufada a la corriente.

¿Por qué cuesta tanto hacer literatura de personajes luminosos?

Porque el ser humano, al fin y al cabo, tiene hechuras de aventurero. Desde la comodidad del sillón, o con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, deseamos que los personajes pasen por su particular vía crucis. Nos encanta que sus desequilibrios, miedos, secretos, injusticias u obstáculos, les laceren el cuerpo. El camino hacia la felicidad tiene que resultarles tortuoso y, en ocasiones, imposible. La literatura tiene que devorarse a dentelladas, con furia, que cueste digerirla. Eso genera emociones, y nos gusta emocionarnos. Nadie pide leche tibia para comer en el restaurante.

Pienso en el relato de ‘Moscas’. ¿Cuánto de liturgia tiene el hecho de escribir?

Soy una madre que escribe, una trabajadora que escribe, una hija que escribe…mi liturgia es doméstica y errática, porque los momentos para escribir son los que voy conquistado al resto de mi vida. Escribo en la cocina, ahí me siento al mando de los controles de la nave, quizá porque también me gusta mucho cocinar y, para mí, escribir se parece mucho a servir una comida y sentar, con ese pretexto, a tu familia o amigos a compartir alimento y conversación. Gira la lavadora, pita la olla, y yo tecleo, rodeada de libros que necesito hojear. También la música es una forma de conectar con el tratamiento estético que cada relato exige.

En el relato de ‘La cabra’, se nos ofrece la diatriba de a quién pertenecen determinadas cosas. ¿Cuánto de lo escrito le pertenece a quien lo escribe y cuánto es de «los otros»?

En el momento en que un cuento, un libro, es parido, deja de pertenecernos. Somos los escritores gestantes ocasionales, con embarazos voluntarios de criaturas que ayudamos a nacer y luego entregamos a la comunidad. Desde mi punto de vista, escribir es mi forma de participar de ese tejer la urdimbre necesaria que nos sostenga como especie. Las historias, la narrativa, son lo que aportan el sentido. Y eso nos pertenece a todos, porque la otra mitad la pone el lector, al leer; con la lectura se acaba esa labor de bordado.

Para que un cuento funcione, ¿qué ha de tener?

Personajes verosímiles con los que podamos empatizar de alguna forma. Una acción que resulte interesante, el cuento no puede aburrir, la literatura en general no puede aburrir en ningún caso. Fundamental también, no tanto el tema —porque al hablar la literatura de la vida, cualquier cosa puede ser objeto literario— sino el tratamiento del mismo, el particular punto de vista que el autor o autora decide utilizar para mostrarnos algo conocido que, de repente, resulta extraordinario por ese otro ángulo en el que no habíamos reparado. Hay muchos más elementos, para mí un relato es trabajo de pasamanería; que no sobre, que no falte, que esté tan decantado que te llegue, sin rozamiento, como una bala al corazón. Y si el cuento funciona, el cuento se cuenta a otros. La oralidad es el bordado perfecto, la urdimbre por excelencia.

Sus personajes deambulan en la zona limítrofe entre el estupor y el desnortamiento. ¿De qué depende que salgan indemnes de ahí?

Del instinto de supervivencia con el que venimos equipados de fábrica. Somos aventureros a los que nos fascina el precipicio, pero también tenemos mucho apego a la tierra firme. A veces, nos subimos a las ramas más altas, con riesgo de caída, pero a diferencia de Cósimo Piovasco, el Barón Rampante, no nos quedamos allá arriba para siempre, solemos vivir más en el suelo, porque lo entendemos más. Y en nuestro suelo, los seres humanos estamos acostumbrados a enterrar a una buena amiga por la mañana y pasar la tarde en un cumpleaños infantil. Tragedia y disfrute, todo en el mismo día. La vida es un juego de contrapesos en el que intentamos no perder demasiado. A veces incluso ganamos, nos comemos la tarta y lo pasamos bien.

Hay quien muere escuchando un partido de fútbol. ¿Hay muertes épicas, miserables, heroicas? ¿Qué nos dice el modo de morir del finado?

La estética de la muerte tiene mucho de romanticismo y de cultura pop. ¿Qué sería de nosotros como sociedad sin el club de los 27? Los que nos quedamos nos entretenemos en buscarle una narrativa a los que se van. Es otra de las formas de entretener la vida. Pero por mucho adorno o falta de él, lo cierto es que nos morimos y al poco, nadie nos recuerda. 

Cubierta del libro«Su marido llega tarde del trabajo y se alegra de verla». ¿Hasta qué punto es una profesión la de escritor?

Yo me he preguntado en muchas ocasiones, ¿cuándo se convierte alguien en escritor? Por ejemplo, en mi caso. ¿Soy escritora desde que escribo, es decir, desde siempre, o sólo desde que algo de lo escrito se convierte en un objeto llamado «libro»? Un libro podemos definirlo de muchas maneras, pero qué duda cabe de que es un bien de consumo perfectamente integrado en la sociedad de mercado y, como tal, atravesado por el mismo orden que rige para una silla. Alguien la hace, otros la compran. Creo que la pregunta que planteas tendrá diferentes respuestas según a quién preguntemos, al escritor, al lector, al editor, al librero, al periodista, al gestor…

«Mi padre era un hombre con todas las letras…», ¿cuáles son los «padres literarios» de Virtudes?

Leí muy joven La colmena, de Cela. Ahí supe que la literatura y la vida eran realidades traspasables, por eso me han interesado siempre mucho los autores y autoras que hacen de lo cotidiano su coto de pesca. Carver, Aldecoa, Chéjov, Flannery O´Connor, Alice Munro, Bukowski, Lucía Berlín. Y El Quijote es transversal. Lo necesito cerca.

¿Qué canciones podrían funcionar como banda sonora de su libro?

Como decía antes, la música forma parte de mi liturgia para escribir. El segundo de los cuentos de Pájaros mojados en un cable de luz se llama “Bipedismo”. Habla de alguien que solo mantiene relaciones sexuales de pie. Parece que habla de sexo, pero es un cuento que realmente trata el tema del poder. Ese relato en concreto salió de una frase de la canción de “Eloise”, de Tino Casal, que dice “amar de pie, no sé por qué…”. El cuento se parió solo. También escuché de forma casi obsesiva a Franco Battiato. Cuando estaba terminando el volumen de cuentos, Battiato hizo “pluf” y nos dejó. Casi me salgo de la carretera cuando escuché la noticia por la radio. Había escrito diecisiete cuentos arropada por ese rollo cósmico que se traía Battiato, por esa energía perceptible e inexplicable, y de repente, no estaba, hasta me sentí un poco ofendida por haberme abandonado. Por eso salió el último de los cuentos, “Kaliningrado”, que empieza diciendo, «El dieciocho de mayo murió Franco Battiato. De madrugada, el Etna se activó por el lado opuesto a la ladera donde él vivía y el cielo de Milo se llenó de ceniza rosada».  Estas son algunas de las cosas que escuché para escribir, pero si el libro fuera acompañado de un disco, yo elegiría alguno de los primeros tiempos de “Los enemigos”.